Adrián cerró la maleta con un golpe seco y ni siquiera intentó disimular la incomodidad cuando me vio sosteniendo la mía.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Empacando. Dijiste que iban a Cancún.
Él suspiró, como si la que estuviera siendo irracional fuera yo.
—Marisol… este viaje es solo para mi mamá, Daniela y yo. Rodrigo también va con sus padres. Es un viaje para que las familias se conozcan mejor antes de la boda.
Lo miré fijamente.
—Yo soy tu esposa.
Hubo un silencio breve.
Después respondió con una frialdad que jamás le había conocido.
—Ellos no te consideran parte de la familia.
Las palabras me atravesaron como un cuchillo.
Esperé.
Esperé que sonriera y dijera que era una broma.
Esperé que me abrazara.
Esperé cualquier cosa.
Pero solo siguió doblando una camisa.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Y tú? —pregunté casi en un susurro—. ¿Tú tampoco?
Adrián evitó mirarme.
—No hagas esto más difícil.
En ese instante comprendí que llevaba cuatro años luchando sola.
No contra mi suegra.
No contra Daniela.
Contra el silencio del hombre que prometió protegerme.
No lloré.
Simplemente asentí.
—Está bien.
Él pareció aliviado.
Como si acabara de ganar una discusión.
Dos horas después salió de casa con su maleta.
Ni siquiera me dio un beso antes de cerrar la puerta.
El apartamento quedó en un silencio insoportable.
Me senté frente a la ventana.
Durante mucho tiempo observé la calle sin pensar en nada.
Hasta que mi teléfono vibró.
Era una notificación bancaria.
“Transferencia realizada: 186,400 pesos.”
Fruncí el ceño.
Yo no había autorizado ningún movimiento.
Abrí inmediatamente la aplicación.
El dinero había salido de la cuenta empresarial.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Revisé el historial.
No era una sola transferencia.
Había cinco.
Todas hechas esa misma mañana.
Todas dirigidas a la misma cuenta.
El titular apareció en la pantalla.
Daniela Rivas.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
¿Cómo era posible?
Solo había una persona que conocía las claves secundarias de esa cuenta.
Adrián.
Abrí el cajón donde guardaba los documentos del negocio.
La carpeta azul donde estaban los contratos con el banco no estaba.
También faltaba el token físico de seguridad que casi nunca utilizaba.
Las manos comenzaron a temblarme.
Marqué el número de Adrián.
Contestó después del tercer tono.
Se escuchaban risas, música y el ruido del aeropuerto.
—¿Qué pasa?
—¿Transferiste dinero de mi empresa?
Hubo un silencio demasiado largo.
Después respondió con absoluta tranquilidad.
—Solo fue un préstamo.
—¿Qué?
—Daniela necesitaba pagar el anticipo del salón. Luego lo devolveremos.
Sentí que el mundo entero se detenía.
—¡Sacaste dinero de mi empresa sin preguntarme!
—No exageres.
—¡Es un delito!
Él soltó una risa breve.
—Somos marido y mujer. Todo es de los dos.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
—Ese dinero pertenece a la empresa.
—Ya lo recuperarás. Tu boutique vende muchísimo.
Escuché la voz de Daniela al fondo.
—¿Todavía sigue haciendo drama?
Después la de doña Lidia.
—Dile que aprenda a compartir con la familia.
Adrián volvió a hablar.
—No me arruines las vacaciones por esto.
La llamada terminó.
Me quedé inmóvil unos segundos.
Después respiré profundamente.
Por primera vez en cuatro años…
No lloré.
Abrí mi computadora.
Entré al sistema administrativo de la boutique.
Revisé los accesos.
Encontré algo que me dejó completamente helada.
Durante los últimos ocho meses alguien había ingresado varias veces con las credenciales de administrador desde un dispositivo diferente al mío.
Descargué el registro completo.
Las fechas coincidían exactamente con cada ocasión en que Adrián decía quedarse “trabajando hasta tarde”.
Entonces apareció un documento escaneado.
Una solicitud de crédito empresarial.
Mi firma estaba allí.
Perfecta.

Demasiado perfecta.
Porque yo jamás había firmado ese documento.
Al pie de la hoja había una cantidad que hizo que la sangre se me congelara.
Tres millones de pesos.
Y el préstamo…
Ya había sido aprobado.