—Entonces… ¿puedo agregarte como amiga en WeChat?
Recordar aquella escena me hizo sonreír sin darme cuenta.
Chen Yue siempre había sido así.
Torpe.
Sincero.
Inofensivo.
O al menos… eso creía yo.
—¿En qué piensas? —preguntó él de repente.
Levanté la vista.
—Nada —respondí—. Solo recordaba la universidad.
Él rió suavemente.
—En esa época eras muy difícil de conquistar.
—¿Difícil? —arqueé una ceja—. Fuiste tú quien tardó tres días en atreverse a hablarme.
—Eso es porque me gustabas demasiado.
Su respuesta fue natural.
Sin pausa.
Sin duda.
Como siempre.
Pero esta vez…
No supe por qué…
Sentí algo extraño.
Después de cenar, Chen Yue fue al baño a ducharse.
Yo me quedé en la sala recogiendo la mesa.
El sonido del agua cayendo llenaba el espacio.
Rítmico.
Constante.
Hipnótico.
Entonces…
Su teléfono vibró.
Estaba sobre la mesa.
La pantalla se iluminó.
No tenía intención de mirar.
De verdad que no.
Pero…
La notificación apareció justo frente a mis ojos.
“¿Ya lo comprobaste?”
Mi mano se detuvo en el aire.
El corazón me dio un golpe seco.
Miré hacia el baño.
El agua seguía corriendo.
Bajé lentamente la mirada hacia el teléfono.
La pantalla aún encendida.
El nombre del contacto…
No tenía nota guardada.
Solo un número.
Dudé.
Un segundo.
Dos.
Y entonces…
Lo tomé.
Deslicé la pantalla.
El historial de conversación se abrió.
“No seas impaciente.”
“Ese dinero no se va a mover solo.”
“Primero asegúrate de dónde lo guarda.”
Sentí que la sangre se me helaba.
Seguí leyendo.
Mis dedos temblaban.
“¿Y si ya lo gastó?”
“Imposible. Ese viejo era extremadamente ahorrador.”
“Entonces, ¿cuándo actuamos?”
“Dale tiempo. Un año como máximo.”
Mi respiración se detuvo.
Un año.
Las palabras de mi padre…
Resonaron en mi mente como un eco.
“Un año después, lo entenderás por ti misma.”
El teléfono casi se me cae de las manos.
Pasé el dedo hacia arriba.
Había más mensajes.
“Mientras tanto, compórtate bien.”
“Hazle creer que eres el marido perfecto.”
“Cuando confíe completamente en ti, será mucho más fácil.”
Mi vista se nubló.
El sonido del agua en el baño se detuvo.
Mi corazón empezó a latir con violencia.
Bloqueé el teléfono de golpe.
Lo dejé exactamente en el mismo lugar.
Tomé un plato.
Luego otro.
Como si nada hubiera pasado.
La puerta del baño se abrió.
—¿Terminaste? —pregunté sin girarme.
—Sí —respondió él—. ¿Qué haces?
—Recogiendo.
Sentí sus pasos acercarse por detrás.
—Déjalo, yo te ayudo.
Su voz…
Seguía siendo la misma.
Cálida.
Familiar.
Pero ahora…
Cada palabra me sonaba extraña.
—No hace falta —dije con calma—. Ve a descansar.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Te pasa algo?
Esa pregunta…
Casi me hizo reír.
Me giré lentamente.
Lo miré.
A los ojos.
Ese rostro que había amado durante diez años.
Ese hombre al que había confiado todo.
Y de repente…
Me di cuenta de algo.
No sabía quién era.
—No —respondí con una leve sonrisa—. Estoy bien.
Él me observó unos segundos.
Como si intentara descifrar algo.

Pero luego…
Simplemente asintió.
—Entonces me voy al cuarto.
Se dio la vuelta.
Y se fue.
Yo me quedé allí.
De pie.
En medio de la cocina.
El plato en mis manos…
Se sentía increíblemente pesado.
Bajé la cabeza.
Y susurré apenas audible:
—Papá…
Ahora lo entendía.
Pero…
Ojalá no lo hubiera entendido nunca.
Esa noche…
No dormí.
Y por primera vez…
Cerré la puerta de la habitación con llave.