El murmullo en la cafetería ya no era disimulado.
Era denso.
Pesado.
Como si todos supieran que algo estaba a punto de estallar… pero nadie quisiera ser el primero en decirlo en voz alta.
—¿Quién no lo sabe? —repitió Su Yalin, con una sonrisa de autosuficiencia—. Esta mesa es del jefe Fang.
Asentí lentamente.
Como si acabara de entender algo muy importante.
—Entonces… —dije con calma—, ¿también sabes quién soy yo?
Su Yalin frunció ligeramente el ceño.
Esa pregunta no encajaba en su guion.
—No me interesa —respondió con frialdad—. Y tampoco es necesario.
—Claro.
Tomé los palillos.
Por fin.
—Porque en este hospital… parece que lo único que importa es a quién pertenecen las cosas.
Hice una pausa.
—Las mesas.
—Los espacios.
—Incluso las personas.
El silencio volvió a caer.
Más pesado que antes.
Su Yalin golpeó la mesa con los dedos.
—Deja de hablar en acertijos. Levántate.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces llamaré a seguridad.
—Hazlo.
Dos palabras.
Tranquilas.
Firmes.
Por primera vez…
vaciló.
No esperaba resistencia.
Mucho menos… calma.
En ese momento—
un ruido apresurado rompió la tensión.
Pasos.
Rápidos.
Desordenados.
Varias personas se giraron hacia la entrada de la cafetería.
Y entonces apareció él.
Fang Zhiyuan.
Su bata blanca estaba ligeramente abierta.
El cabello, desordenado.
La respiración… agitada.
No parecía un jefe.
Parecía alguien que había corrido contra el tiempo.
Sus ojos recorrieron la sala.
Pasaron por Su Yalin.
Y se detuvieron en mí.
En ese instante—
su rostro perdió todo color.
—¡No digas una palabra más!
Su voz fue más alta de lo habitual.
Más… urgente.
Su Yalin se sobresaltó.
Nunca lo había visto así.
Él dio dos pasos rápidos.
La sujetó del brazo.
—¡Basta!
—Jefe Fang… yo solo estaba—
—¡Cállate!
El tono cortó el aire como un bisturí.
Toda la cafetería quedó en silencio absoluto.
Entonces—
dijo la frase que nadie esperaba.
—Ella es la nueva directora del hospital.
Silencio.
Total.
Una bandeja cayó al suelo en algún lugar.
El sonido metálico resonó como un eco lejano.
Los rostros cambiaron.
Uno por uno.
Sorpresa.
Incredulidad.
Miedo.
Su Yalin se quedó completamente rígida.
Sus dedos aún aferraban el borde de la mesa.
Pero ahora…
temblaban.
—¿…qué?
Su voz apenas salió.
La miré.
Directamente.
—Directora del Primer Hospital Popular de Haicheng.
Hice una pequeña pausa.
—Encantada.
Su rostro palideció al instante.
—No… eso no puede…
Miró a Fang Zhiyuan.
Buscando negación.
Una salida.
Pero él no la miró.
No podía.
Porque sabía…
que esto apenas comenzaba.
Me levanté lentamente.
La silla hizo un leve ruido al moverse.
Tomé la bandeja.
La dejé a un lado.
—Así que…
miré alrededor de la cafetería.
A todos.
—en este hospital hay mesas reservadas.
Nadie respondió.
—Y reglas no escritas.
Mis ojos volvieron a posarse en Su Yalin.
—Y personas que creen que pueden decidir quién merece sentarse… y quién no.
Di un paso adelante.
—Interesante.
El aire estaba completamente congelado.

Fang Zhiyuan finalmente habló.
Con voz baja.
Casi suplicante.
—Podemos hablar en privado.
Lo miré.
Durante unos segundos.
Luego sonreí.
—No.
Giré ligeramente el cuerpo.
Señalé toda la cafetería.
—Creo que este es el mejor lugar.
Pausa.
—Después de todo…
Mis ojos se clavaron en él.
—aquí es donde realmente funciona el hospital.
Su expresión se tensó.
Porque entendió.
Esto no era solo una escena incómoda.
Era—
una auditoría.
Y él…
acababa de fallar
en la primera prueba.