Los golpes volvieron a escucharse.
Más fuertes.
Más insistentes.
Mi madre respiró hondo antes de caminar hacia la puerta.
—Qué pesados…
Pero yo ya había salido de mi habitación.
Sabía perfectamente quién estaba al otro lado.
En mi primera vida nunca llegué a verlo.
Mi madre me había encerrado en el dormitorio mientras le decía a aquella persona que yo no quería volver a verla.
Durante quince años creí esa mentira.
Cuando abrió la puerta apareció un hombre de unos cincuenta años, vestido con una camisa blanca sencilla y una carpeta de cuero bajo el brazo.
Tenía el cabello ligeramente canoso y los ojos cansados.
En cuanto me vio, sonrió con alivio.
—Emily…
Mi madre dio un paso para bloquearle el paso.
—Ya le dije que no necesitamos su ayuda.
El hombre no apartó la mirada de mí.
—Eso debería decidirlo ella.
Lo reconocí de inmediato.
El profesor Samuel Carter.
El director de la preparatoria que ofrecía la beca.
En mi vida anterior nunca entendí por qué había insistido tanto en encontrarme.
Ahora sí.
Llevaba la carpeta que contenía mi expediente completo.
Mi madre intentó cerrar la puerta.
—Mi hija ya no va a estudiar.
Pero antes de que pudiera hacerlo, apoyé la mano contra la madera.
—Sí voy a estudiar.
Los ojos del profesor se iluminaron.
Mi madre giró bruscamente hacia mí.
—¡Cállate!
Respiré despacio.
Ya no era la adolescente asustada que recordaba.
—No vuelvas a decidir por mí.
El profesor abrió lentamente la carpeta.
—Emily obtuvo el primer lugar del distrito en los exámenes de ingreso.
Mi madre abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—La escuela aprobó una beca completa. Matrícula, alojamiento, libros y alimentación durante toda la preparatoria.
El silencio llenó la casa.
Mi hermano, que acababa de salir de su habitación, dejó de mascar el pan que tenía en la boca.
—¿Todo gratis?
—Todo.
Mi madre recuperó rápidamente la compostura.
—Aunque sea gratis, en esta casa necesitamos que trabaje.
El profesor la observó fijamente.
—Señora, impedir que continúe sus estudios sería una decisión muy difícil de justificar.
Ella sonrió con falsedad.
—Solo somos una familia humilde.
No entendía.
Pensaba que aún podía manipular la situación.
Entonces dije algo que nunca me había atrevido a pronunciar.
—No somos pobres.
Mi madre quedó inmóvil.
Miré directamente al profesor.
—Durante años mi padre dejó dinero para mis estudios.
La carpeta casi resbaló de sus manos.
—¿Cómo sabes eso?
Claro que lo sabía.
Quince años después había encontrado los documentos escondidos entre las pertenencias de mi difunta abuela.
Mi padre había abierto una cuenta exclusiva para financiar mi educación antes de morir.
El único adulto autorizado para administrarla era mi madre.
Pero jamás utilizó ese dinero para mí.
Lo destinó por completo a mi hermano.
Vi cómo el color desaparecía lentamente del rostro de mi madre.
—¿Quién… quién te contó eso?
No respondí.
Solo mantuve la mirada fija en ella.
El profesor cerró despacio la carpeta.
—Señora, creo que tendremos que revisar algunos asuntos antes de hablar de la beca.

Mi madre dio un paso hacia atrás por primera vez.
Su seguridad comenzaba a desmoronarse.
Y yo comprendí que regresar quince años al pasado no solo me daba la oportunidad de escapar del hombre que terminaría matándome.
También me permitía descubrir todos los secretos que mi propia madre había enterrado para controlar mi vida.
Lee la Parte 3 a continuación.