PARTE 2: LA LIBRETA

Camila se quedó inmóvil.

Leyó aquella última frase una vez.

Luego otra.

Cada palabra parecía pesar más que la anterior.

“Hazlo llorar frente a la cámara. Julián tiene que convencerse de que ese niño sobra antes de que hablemos de vender la casa.”

No era una ocurrencia escrita en un momento de enojo.

Las páginas anteriores demostraban que aquello llevaba semanas.

Tal vez meses.

Respiró hondo para que Nicolás no notara cómo le temblaban las manos.

—¿Quién escribió esto?

El niño señaló la portada.

—La abuela siempre trae esa libreta. Anota todo. Dice que las personas inteligentes escriben para no olvidar.

—¿Y tú cómo la encontraste?

—Hoy la dejó en la cocina cuando sonó su teléfono. Yo iba por agua y vi mi nombre escrito muchas veces.

Camila cerró la libreta con cuidado.

No quería romper una sola hoja.

Aquello ya no era una discusión familiar.

Era una prueba.

Guardó la libreta dentro de su mochila y tomó varias fotografías con su teléfono.

También fotografió cada página donde aparecía el nombre de Nicolás.

Las fechas.

Las cantidades.

Las notas.

Incluso la tinta roja.

Justo cuando terminaba, alguien golpeó la puerta.

—¡Camila! —gritó doña Ofelia—. ¡Abre inmediatamente!

Ella no respondió.

Volvió a sonar el teléfono.

Era Julián.

Contestó y activó el altavoz mientras comenzaba a grabar la conversación.

—¿Qué está pasando? —preguntó él con evidente molestia—. Mi mamá está llorando.

—¿Ya te contó por qué?

—Dice que llegaste gritando y que quieres echarlas de la casa.

Camila miró a Nicolás, que permanecía abrazando un oso de peluche con la cabeza baja.

—Cuando llegué, tu hijo estaba comiendo una papa fría mientras los demás almorzaban pollo, puré y pastel.

Hubo unos segundos de silencio.

Después Julián suspiró.

—Seguro hizo alguna travesura.

Aquellas cinco palabras le dolieron más que cualquier otra cosa.

Ni siquiera había preguntado si Nicolás estaba bien.

Ni una sola vez.

—¿Eso es lo primero que piensas?

—Conozco a mi madre. Ella jamás haría daño a un niño.

Camila abrió lentamente la libreta.

—Entonces escucha esto.

Leyó una por una las anotaciones.

“Vaso de leche: 25.”

“Baño caliente: 40.”

“Cobija extra: 50.”

Del otro lado de la llamada no se escuchaba absolutamente nada.

Finalmente llegó a la última página.

—”Hazlo llorar frente a la cámara. Julián tiene que convencerse de que ese niño sobra antes de que hablemos de vender la casa.”

El silencio fue todavía más largo.

—Eso… eso no demuestra nada.

Camila sintió que el corazón se le endurecía.

—¿De verdad acabas de decir eso?

—Puede haber una explicación.

—Perfecto. Entonces ven y escúchala en persona.

Colgó.

Cinco minutos después oyó un ruido en la planta baja.

No era Julián.

Era Brenda.

—¡Mamá! ¡No encuentro la libreta!

Doña Ofelia dejó de llorar de inmediato.

—¿Qué dijiste?

—La libreta… la de las cuentas… desapareció.

Durante unos segundos reinó un silencio absoluto.

Luego Camila escuchó a su suegra pronunciar unas palabras que terminaron de confirmar todas sus sospechas.

—Que nadie salga de esta casa.

Tenemos que recuperar esa libreta… antes de que llegue Julián.

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