Victor no dudó ni un segundo.
—Diez minutos.
La llamada terminó.
Rachel permaneció inmóvil, con el teléfono todavía pegado a la oreja. Diez minutos. Parecía una eternidad cuando cada golpe hacía temblar la puerta del baño y cada respiración le recordaba el dolor insoportable de su brazo destrozado.
—¿Ya terminaste de pedir ayuda? —se burló su marido al otro lado—. Nadie va a venir por ti.
Otro impacto.
Las bisagras chirriaron con un sonido metálico.
Rachel cerró los ojos. Durante cinco años había vivido aterrorizada por aquel hombre. Cinco años creyendo que el mundo jamás vería los moretones escondidos bajo la manga de sus camisas, ni escucharía las disculpas que él pronunciaba después de cada ataque.
Pero esa noche algo era distinto.
El miedo había cambiado de dueño.
Su marido volvió a golpear la puerta con toda la fuerza de su cuerpo.
—¡Cuando salga de aquí vas a suplicar de rodillas!
El cerrojo empezó a desprenderse.
Entonces, un sonido completamente inesperado atravesó el edificio.
Neumáticos frenando con violencia frente al complejo de apartamentos.
Después, varias puertas de vehículos abriéndose al mismo tiempo.
Silencio.
Un silencio extraño, pesado.
Incluso el marido de Rachel dejó de golpear.
—¿Qué demonios…?
Se acercó lentamente a la ventana del salón. Rachel podía escuchar sus pasos alejándose del baño.
Un segundo después sonó el timbre.
Una sola vez.
Sin prisas.
Sin insistencia.
El hombre soltó una carcajada.
—Será algún vecino idiota.
Abrió la puerta de entrada sin imaginar quién esperaba detrás.
Rachel solo alcanzó a oír una voz profunda y perfectamente tranquila.
—¿Eres Daniel Harper?
Su marido respondió con arrogancia.
—¿Y tú quién demonios eres?
Hubo apenas dos segundos de silencio.
—Victor Romano.
Todo el apartamento quedó inmóvil.
Rachel jamás olvidaría el sonido que vino después.
No fue un disparo.
No fue un grito.
Fue el vaso de bourbon cayendo al suelo y haciéndose añicos cuando Daniel comprendió quién estaba frente a él.
—Debe haber un error…
Victor dio un paso al interior sin pedir permiso. Vestía un abrigo negro impecable. Detrás de él permanecían seis hombres igual de silenciosos, inmóviles como estatuas.
Sus ojos recorrieron el apartamento.
La mesa volcaba por una discusión.
La lámpara rota.
Las manchas de sangre que llevaban hasta la puerta del baño.
No necesitó hacer ninguna pregunta más.
Su expresión se volvió todavía más fría.
—¿Dónde está mi camarera?
Daniel tragó saliva.
—Ella… ella es mi esposa. Es un asunto familiar.
Victor levantó lentamente la mirada.
—Acabas de convertir un asunto familiar… en un asunto mío.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
Rachel escuchó cómo alguien giraba con suavidad el pomo del baño.
—Rachel —dijo Victor con una calma inesperada—. Soy yo. Ya puedes abrir.
Con la mano sana retiró el pestillo.
La puerta se abrió lentamente.
Cuando Victor vio el brazo deformado, el rostro cubierto de lágrimas y la sangre seca sobre el suelo de los azulejos, permaneció inmóvil durante varios segundos.
No levantó la voz.
No hizo ningún gesto violento.
Simplemente se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros de Rachel.
Después habló sin apartar la vista de Daniel.
—Lleven a la señorita al hospital.
Dos hombres obedecieron de inmediato.
Victor esperó hasta verla salir del apartamento antes de volver a mirar al agresor.
Daniel intentó retroceder.
—Podemos hablar… fue un accidente…
Victor dio un paso hacia él.
—No.

Su voz era tan baja que resultaba más aterradora que cualquier grito.
—Los accidentes no sonríen… después de romperle el brazo a una mujer.
Daniel comprendió demasiado tarde que los diez minutos prometidos por Victor no eran un tiempo de espera.
Eran el tiempo que le quedaba antes de que toda su vida cambiara para siempre.