PARTE 2: EL HEREDERO QUE NADIE DEBÍA ENCONTRAR

La persiana terminó de bajar con un estruendo metálico.

El sonido pareció dividir el establecimiento en dos mundos: afuera seguía existiendo una calle llena de coches, personas y escaparates iluminados; dentro, solo quedábamos el vendedor, el señor Ramírez y yo.

Y acababa de convertirme en propietario de una empresa que ni siquiera sabía que existía.

—Abra la puerta —ordené.

El vendedor permaneció junto al interruptor de la persiana.

Ya no sonreía.

—No puedo hacerlo.

—¿Por qué?

Miró a Ramírez, esperando instrucciones.

Mi jefe se llevó una mano a la frente.

—Porque la alerta de transferencia no solo llegó a este dispositivo.

—¿A quién más?

—A todos los miembros del consejo de administración.

Solté una risa nerviosa.

—Esto es absurdo. Trabajo revisando facturas y archivando contratos. No soy el heredero de ninguna empresa.

Ramírez sacó nuevamente el teléfono.

En la pantalla apareció mi nombre completo junto a una fotografía tomada cuando tenía aproximadamente cinco años.

Debajo se leía:

PROPIETARIO PRINCIPAL: 51 % DE LAS ACCIONES.

Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.

—¿Qué empresa?

Ramírez guardó silencio.

—Dígamelo.

—Asteria Technologies.

Conocía ese nombre.

Todo el mundo lo conocía.

Asteria fabricaba sistemas de identificación biométrica utilizados en bancos, aeropuertos y hospitales. Su valor se contaba en miles de millones, pero nadie sabía con certeza quién controlaba realmente la compañía.

Durante años, los medios habían presentado a Ramírez como uno de sus asesores externos.

Nunca como su dueño.

—Mi padre fundó Asteria —dije lentamente.

—Junto conmigo.

—Entonces, ¿por qué trabaja como director de una oficina corriente?

—Porque esa oficina fue creada para vigilarte.

La confesión me dejó sin aire.

Recordé mi entrevista laboral.

Ramírez apenas había revisado mi currículum. Me contrató aquella misma tarde, aunque yo no tenía experiencia suficiente.

También recordé las veces que insistió en acompañarme a comer, las revisiones médicas gratuitas organizadas por la empresa y aquella ocasión en que me pidió actualizar mis datos personales.

—Lleva años recopilando información sobre mí.

—Necesitábamos confirmar que eras tú.

—Tenía mis documentos.

—Los documentos pueden falsificarse. El sistema de tu padre necesitaba algo más: tu rostro adulto, tu voz y una muestra de comportamiento.

—¿Comportamiento?

Ramírez señaló el teléfono.

—No bastaba con demostrar que eras su hijo. Tu padre quería saber en qué clase de persona te habías convertido.

Me quedé mirándolo.

—¿El teléfono me evaluaba?

—Cada decisión tomada durante los últimos seis meses formaba parte de la prueba.

Recordé las fotografías frente a mi casa, los registros de mis recorridos y las ubicaciones almacenadas en la carpeta.

—Me siguieron.

—Te protegimos.

—Eso no es protección. Es vigilancia.

El vendedor se alejó de la persiana.

—Señor Ramírez, tenemos un problema.

Le mostró una tableta instalada detrás del mostrador.

En la pantalla aparecía la cámara exterior. Dos vehículos negros acababan de detenerse frente al local.

Varias personas descendieron de ellos.

Ramírez maldijo en voz baja.

—Han llegado demasiado pronto.

—¿Quiénes son?

—Miembros de seguridad del consejo.

—¿Vienen a protegerme?

El vendedor soltó una risa amarga.

—Vienen a impedir que la transferencia se consolide.

La pantalla del teléfono volvió a encenderse.

PROCESO DE VALIDACIÓN FINAL: 18 MINUTOS RESTANTES.

—¿Qué ocurre cuando termine ese tiempo? —pregunté.

Ramírez se acercó a mí.

—Tu control de Asteria será irreversible. Podrás destituir al consejo, acceder a los servidores centrales y descubrir qué sucedió realmente con tus padres.

—Mi padre acaba de decir que usted lo mantuvo encerrado.

El rostro de Ramírez se tensó.

—Esa llamada puede no haber sido real.

—Reconocí su voz.

—Precisamente por eso debes desconfiar. Tu padre creó una tecnología capaz de reproducir rostros y voces antes de que el mundo supiera que era posible.

La duda comenzó a crecer dentro de mí.

—¿Está diciendo que era una grabación falsa?

—Estoy diciendo que alguien quería que desconfiaras de mí justo después de recibir el control de la empresa.

Desde la calle llegó un golpe contra la persiana.

—¡Seguridad corporativa! —gritó una voz—. Abran inmediatamente.

El vendedor apagó las luces del local.

Solo permanecieron encendidas las pantallas de los dispositivos.

—Hay una salida trasera —dijo—. Conecta con el aparcamiento del edificio.

Ramírez me agarró del brazo.

—Tenemos que irnos.

Me aparté.

—No me moveré hasta que me diga la verdad.

—No tenemos tiempo.

—He vivido veinte años creyendo que mis padres estaban muertos. Lleva meses siguiéndome, ha utilizado mi rostro para activar una herencia y ahora quiere que confíe ciegamente en usted.

Otro golpe sacudió la persiana.

Esta vez el metal se dobló ligeramente.

Ramírez respiró hondo.

—Tu padre descubrió que varios socios utilizaban Asteria para localizar personas sin autorización judicial. Querían vender el sistema a gobiernos y compañías privadas.

—¿Y usted?

—Yo intenté detenerlos.

—Mi padre dijo lo contrario.

—Tu padre dejó de confiar en todos. Incluso en mí.

El teléfono emitió otra alerta.

ARCHIVO TESTAMENTARIO DISPONIBLE.
REQUIERE AUTENTICACIÓN DEL HEREDERO.

La pantalla mostró un botón rojo.

Ramírez intentó quitarme el dispositivo.

—No lo abras aquí.

Me alejé.

—¿Por qué?

—Porque puede contener información que active un protocolo de emergencia.

—¿Qué clase de protocolo?

No respondió.

Presioné el botón.

La cámara se encendió y escaneó mi rostro.

Después apareció un video.

Mi padre estaba sentado en una oficina iluminada. Se veía más joven que el hombre de la videollamada, pero cansado y preocupado.

—Si estás viendo esto —comenzó—, significa que el sistema te ha encontrado y que Asteria ya está a tu nombre.

Ramírez cerró los ojos.

Mi padre continuó:

—No sé quién estará contigo cuando recibas este mensaje. Quizá sea alguien que afirme haberte protegido. No confíes en sus palabras. Confía en las pruebas.

En la pantalla apareció una lista de archivos.

Grabaciones.

Contratos.

Informes médicos.

Y un documento titulado:

OPERACIÓN ORFEO: SIMULACIÓN DEL ACCIDENTE.

Sentí que se me helaban las manos.

—El accidente fue preparado —susurré.

—Sigue mirando —dijo Ramírez.

El video cambió.

Aparecieron imágenes de una carretera bajo la lluvia. El coche de mis padres estaba detenido junto a una barrera.

No había sufrido ningún choque.

Dos hombres ayudaban a mi madre a subir a otro vehículo.

Mi padre caminaba detrás de ella.

Ambos estaban vivos.

Entonces apareció Ramírez.

Se acercó a mi padre, discutieron durante unos segundos y después le entregó un maletín.

—Usted estaba allí —dije.

—Sí.

—Ayudó a fingir sus muertes.

—Era la única forma de mantenerlos con vida.

—¿Dónde fueron?

Ramírez miró el temporizador.

Quedaban catorce minutos.

—Tu madre fue llevada a una casa segura. Tu padre debía reunirse con ella dos días después.

—¿Debía?

—Nunca llegó.

Un nuevo golpe abrió una pequeña separación en la persiana.

Una mano enguantada apareció entre el metal.

El vendedor retrocedió.

—Van a entrar.

Ramírez abrió una puerta detrás del mostrador.

—Debemos irnos ahora.

El video de mi padre seguía reproduciéndose.

—Ramírez conoce la ubicación inicial de tu madre —decía la grabación—. Pero no sabe lo que sucedió después. Yo escondí la única copia completa de Orfeo dentro del sistema que lleva tu nombre.

La imagen parpadeó.

—Para acceder a ella tendrás que tomar una decisión. Puedes reclamar la empresa y convertirte en el hombre más poderoso de Asteria, o puedes destruir el sistema para impedir que vuelva a utilizarse contra personas inocentes.

En la pantalla aparecieron dos opciones:

ACEPTAR CONTROL TOTAL.

BORRAR ASTERIA.

Me quedé paralizado.

—¿Borrar Asteria? —pregunté—. ¿Eso es posible?

Ramírez observó las opciones.

—Tu padre diseñó un mecanismo capaz de eliminar los servidores, las copias de seguridad y las claves biométricas.

—¿Y qué ocurrirá con la empresa?

—Desaparecerá.

—¿Y los empleados?

—Miles de personas perderían su trabajo.

—¿Y si acepto el control?

—Tendrías acceso a todo.

—Incluida la ubicación de mi padre.

Ramírez negó lentamente.

—O a la trampa de quien está utilizando su rostro.

La persiana cedió con un fuerte crujido.

Las personas del exterior comenzaron a levantarla.

El vendedor abrió la salida trasera.

—¡Ahora!

Corrimos por un corredor estrecho hasta llegar al aparcamiento subterráneo.

Ramírez avanzaba delante de mí, pero se detuvo al ver un coche negro bloqueando la salida.

Una mujer descendió del asiento trasero.

Vestía un traje blanco y llevaba el cabello recogido. Su rostro me resultaba familiar, aunque estaba seguro de no haberla visto nunca.

Ella sonrió.

—Por fin nos conocemos.

Ramírez se colocó delante de mí.

—No lo escuches, Gabriel.

La mujer levantó las manos para demostrar que no llevaba nada.

—Ramírez te ha contado que protegió a tus padres, ¿verdad?

—¿Quién es usted?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Me llamo Helena Vega.

Aquel nombre aparecía en mi partida de nacimiento.

Era el nombre de mi madre.

La mujer sacó una pulsera de plata y la sostuvo frente a mí.

La reconocí por las fotografías de mi infancia.

—No puede ser —murmuré.

—Sé que tienes preguntas, hijo.

Ramírez negó con desesperación.

—Esa mujer no es tu madre.

Helena lo miró con desprecio.

—Claro que lo soy. Y tú sabes perfectamente por qué mi rostro no ha envejecido como debería.

Yo miré a ambos.

—¿Qué significa eso?

Mi supuesto jefe señaló el teléfono.

—Pregúntale por qué el sistema de reconocimiento facial no la identifica.

Levanté el dispositivo hacia ella.

La cámara escaneó su rostro.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después apareció una advertencia:

IDENTIDAD NO HUMANA.
ROSTRO SINTÉTICO DETECTADO.

Helena dejó de sonreír.

Su expresión permaneció inmóvil de una forma inquietante.

—Ese resultado no demuestra nada —dijo.

Pero su voz cambió ligeramente.

Ya no sonaba completamente natural.

Desde los altavoces del aparcamiento surgió la voz de mi padre:

—Gabriel, no mires su rostro. Escucha sus palabras. La máquina que tienes delante fue creada utilizando los recuerdos de tu madre.

Retrocedí horrorizado.

La mujer dio un paso hacia mí.

—No soy una máquina.

—No te acerques —ordenó Ramírez.

—Tengo sus recuerdos —continuó ella—. Recuerdo la primera vez que Gabriel caminó. Recuerdo la canción que le cantaba para dormir. Recuerdo cómo lloró la noche de la tormenta.

Me miró directamente.

—Aunque mi cuerpo no sea el suyo, soy lo único que queda de tu madre.

El teléfono vibró.

Quedaban diez segundos para elegir.

ACEPTAR CONTROL TOTAL.

BORRAR ASTERIA.

Ramírez me agarró por los hombros.

—Si borras el sistema, también la destruirás a ella y perderás cualquier posibilidad de encontrar a tu padre.

Helena extendió una mano.

—Si aceptas el control, podrás devolverme todos los recuerdos que me quitaron.

Cinco segundos.

Por primera vez comprendí la verdadera prueba que mi padre había preparado.

No consistía en descubrir si yo merecía su fortuna.

Consistía en saber qué estaba dispuesto a sacrificar para obtenerla.

Levanté el dedo hacia la pantalla.

Y justo antes de tocar una de las opciones, apareció un tercer mensaje oculto:

HEREDERO ADVERTIDO.
EL SEÑOR RAMÍREZ NO ES QUIEN AFIRMA SER.

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