PARTE 2: LA PRIMERA PRUEBA

Mauricio sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

Solo se escuchaba el ruido de los árboles agitándose sobre la avenida y la respiración nerviosa de Emilia, que sujetaba con fuerza la mano de su hermano menor.

—Eso… eso es imposible —balbuceó Mauricio mientras intentaba recuperar la compostura—. Debe tratarse de un error administrativo.

Arturo Montes no respondió de inmediato.

Sacó una tableta electrónica y la colocó sobre el cofre de la camioneta negra.

—No existen errores aquí, señor Landa. Existen registros bancarios, autorizaciones digitales y cámaras de seguridad.

La pantalla mostró una transferencia realizada siete años atrás.

Cinco millones de pesos.

Después apareció otra.

Tres millones ochocientos mil.

Luego otra más.

Cada movimiento estaba vinculado al fideicomiso de Renata.

—No puede ser… —susurró ella.

Jamás había visto aquellas operaciones.

Durante años Mauricio insistió en que los estados financieros eran demasiado complejos y que él se encargaba de todo.

Ella confiaba.

Siempre confiaba.

Ximena comenzó a retroceder lentamente.

Miraba alternativamente a Mauricio y a los documentos con una expresión cada vez más pálida.

—Mauricio… dijiste que tu empresa generaba todas esas utilidades.

Él evitó mirarla.

Arturo continuó.

—Las transferencias se realizaron utilizando un certificado digital emitido a nombre de la señora Valdés.

—¡Ella lo autorizó!

Mauricio levantó la voz por primera vez.

—Firmó varios documentos hace años.

Renata cerró los ojos un instante.

Recordó aquellas noches interminables cuando Mauricio llegaba con carpetas completas.

—Solo son trámites fiscales.

—Firma aquí.

—Y aquí también.

Ella siempre firmaba mientras preparaba la cena o ayudaba a Emilia con la tarea.

Nunca imaginó que entre aquellas hojas hubiera solicitudes para crear certificados electrónicos.

Arturo deslizó otro documento.

—La solicitud lleva una firma manuscrita auténtica… pero el certificado fue activado desde una computadora ubicada en la oficina del despacho Landa Consultores.

Mauricio tragó saliva.

Los elementos de seguridad intercambiaron una mirada.

Arturo hizo una pausa antes de añadir:

—Y ese día la señora Valdés estaba hospitalizada después del nacimiento de Nicolás.

El silencio fue absoluto.

Renata sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Mientras ella sostenía por primera vez a su hijo recién nacido…

…alguien utilizaba su identidad para abrir la puerta al robo.

Emilia levantó la vista.

—¿Papá le robó a mamá?

Mauricio abrió la boca, pero ninguna explicación salió de ella.

Nicolás abrazó la pierna de Renata con fuerza.

—Mamá… ¿nos vamos a quedar contigo?

Renata acarició el cabello del pequeño sin apartar los ojos de Mauricio.

—Siempre.

Ximena dio dos pasos hacia atrás.

—No pienso quedarme aquí para esto.

Intentó marcharse.

Pero Arturo levantó la mano.

—Un momento, señora Córdova.

Ella se detuvo.

—¿Qué pasa ahora?

—Su firma también aparece en varias autorizaciones como directora financiera del despacho.

El rostro de Ximena perdió todo el color.

—Yo… yo solo firmaba lo que Mauricio me pedía.

Mauricio giró bruscamente hacia ella.

—¡Cállate!

—¿Que me calle? Me juraste que todo era legal.

—¡Lo era!

—Entonces explícales por qué usaste la identidad de tu esposa.

La discusión comenzó delante de todos.

Los vecinos salieron discretamente a observar desde las ventanas.

Los teléfonos móviles aparecieron uno tras otro.

Mauricio comprendió que el escándalo apenas empezaba.

Arturo recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos y luego sonrió con serenidad.

—Acaban de confirmar algo más.

Guardó el teléfono y miró directamente a Renata.

—La Comisión Nacional Bancaria acaba de congelar todas las cuentas relacionadas con esas transferencias.

Mauricio quedó inmóvil.

—¿Qué… qué significa eso?

Arturo cerró lentamente la carpeta roja.

—Que hace diez minutos dejó de tener acceso a todo el dinero que creyó suyo durante más de una década.

Y, por primera vez desde que inició aquella humillación, fue Mauricio quien sintió el verdadero miedo.

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