PARTE 2: EL ANILLO QUE NO DEBÍA EXISTIR

El mundo quedó en silencio.

No porque la habitación estuviera vacía.

Sino porque, durante un instante, dejé de escuchar cualquier cosa.

Solo veía aquel diamante.

Brillaba exactamente igual que el anillo que Nathaniel había colocado en mi mano cinco años atrás, bajo un roble enorme, mientras prometía que nunca permitiría que nadie nos separara.

Ahora otra mujer llevaba una promesa parecida.

Y yo estaba allí.

Con uniforme de cuidadora.

Con un nombre que no era mío.

Con un rostro que él ya no podía reconocer.

Respiré despacio.

—¿Dónde dejo el informe, señor?

Mi voz salió sorprendentemente estable.

Nathaniel ni siquiera miró el anillo de la mujer.

—Sobre el escritorio.

Obedecí.

Cuando pasé junto a ellos, la mujer me observó con descarada curiosidad.

—¿Cómo te llamas?

—Nora.

—¿Hace mucho trabajas aquí?

—Pocas semanas.

Ella sonrió con amabilidad perfectamente ensayada.

—Nathan necesita paciencia. Tiene muy mal carácter.

Miré un segundo a Nathaniel.

Él seguía leyendo el informe.

Ni la corrigió.

Ni confirmó sus palabras.

Simplemente permaneció en silencio.

Aquello dolió más de lo que esperaba.

Salí del despacho cerrando la puerta con suavidad.

Solo cuando llegué al pasillo me apoyé contra la pared.

Las piernas dejaron de sostenerme.


El mayordomo apareció unos minutos después.

Llevaba cuarenta años trabajando para los Blackwood.

Era el único hombre de aquella casa capaz de hablarle a Nathaniel sin bajar completamente la cabeza.

Me encontró respirando con dificultad.

—¿La vio?

Asentí.

—¿Es… su prometida?

El anciano tardó varios segundos en responder.

—Eso desea la señora Blackwood.

Fruncí el ceño.

—¿Y él?

El mayordomo dejó escapar un largo suspiro.

—Él nunca ha dicho que sí.

Levanté lentamente la cabeza.

—Pero lleva un anillo.

—Ella lo compró sola.

Parpadeé.

—¿Qué?

—La señorita Vanessa anunció el compromiso antes de que el señor Blackwood pudiera desmentirlo.

Sentí que el corazón volvía a latir.

Muy despacio.

—Entonces…

—Nunca ha habido pedida de mano.

Miré hacia la puerta del despacho.

El anciano continuó hablando.

—La señora Blackwood insiste porque cree que un matrimonio devolverá estabilidad a la familia y mejorará la imagen de la empresa.

—¿Y Nathaniel?

El mayordomo sonrió con tristeza.

—Desde que la señorita Emily desapareció…

Hizo una pausa.

—…nunca volvió a mirar realmente a ninguna mujer.

Aquellas palabras me dejaron sin aire.


Aquella noche preparé la medicación como siempre.

Llamé a la puerta.

—Adelante.

Nathaniel seguía trabajando.

Las luces del despacho permanecían encendidas.

Había varias fotografías antiguas sobre el escritorio.

Mientras dejaba la bandeja, una de ellas llamó mi atención.

Era una imagen de nuestra universidad.

Él aparecía sonriendo.

A su lado…

Yo.

La Emily de antes del incendio.

Mi cabello largo.

Mi rostro intacto.

Mi sonrisa.

Nathaniel siguió escribiendo sin levantar la vista.

—¿Qué mira?

Bajé inmediatamente los ojos.

—Perdón.

Él dejó el bolígrafo.

—Acérquese.

Obedecí.

Señaló la fotografía.

—¿Qué le parece esa mujer?

Sentí un nudo en la garganta.

—Parece… feliz.

Nathaniel observó la imagen durante largo rato.

—Lo era.

Su voz había cambiado.

Ya no era fría.

Solo cansada.

—Todos dicen que me abandonó.

No respondí.

—Pero yo nunca lo creí.

El corazón empezó a golpearme el pecho.

Él continuó hablando sin mirarme.

—Emily jamás se habría marchado sin una razón.

Noté que mis manos comenzaban a temblar.

Nathaniel acarició con un dedo el borde de la fotografía.

—Durante tres años me dijeron que dejara de buscarla.

Que seguramente conoció a otro hombre.

Que huyó porque dejó de amarme.

Negó lentamente con la cabeza.

—Nunca les creí.

Mis ojos comenzaron a arder.

—¿Por qué?

Él sonrió por primera vez desde que llegué a aquella casa.

Fue una sonrisa pequeña.

Rota.

Pero seguía siendo la suya.

—Porque la mujer que amé era incapaz de hacerme eso.

Las lágrimas amenazaban con caer.

Me giré rápidamente para marcharme.

Entonces Nathaniel habló otra vez.

—Nora.

Me detuve.

—Sí, señor.

Hubo un largo silencio.

Después preguntó algo que hizo que todo mi cuerpo se paralizara.

—¿Nos habíamos conocido antes?

Sentí que el mundo entero contenía la respiración.

Porque aquella no era una pregunta casual.

Era la primera vez, en tres años, que Nathaniel Blackwood dudaba de lo que veían sus propios ojos.

Y yo ya no estaba segura de cuánto tiempo más podría seguir mintiéndole.

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