Parte 2: La escritura escondida

Alejandro sintió que el estómago se le revolvía.

Se agachó junto a la cama y tomó la bolsa negra.

Dentro había más de veinte cajas de medicamentos perfectamente selladas. Algunas tenían fecha de hacía tres meses. Otras correspondían a la semana anterior. Ninguna había sido abierta.

Miró a Karina.

—¿Por qué mi mamá no se tomó nada de esto?

Ella intentó mantener la calma.

—El doctor cambió el tratamiento.

—¿Qué doctor?

Karina tardó unos segundos en responder.

—El… el que vino la semana pasada.

Alejandro frunció el ceño.

—La semana pasada yo acompañé a mi mamá al hospital. Ningún médico vino a la casa.

El silencio cayó como una losa.

Karina tragó saliva.

—Quizá me confundí de fechas.

Sin decir una palabra más, Alejandro sacó el teléfono y marcó al médico de cabecera de doña Elena.

—Doctor Salinas, necesito que venga ahora mismo. Es urgente.


Cuarenta minutos después, el médico examinaba cuidadosamente a la anciana.

Su expresión se volvió cada vez más seria.

—¿Quién ha estado a cargo de administrarle los medicamentos?

Alejandro señaló a Karina.

El doctor respiró hondo.

—La presión está completamente descontrolada. Además, estos anticoagulantes debieron administrarse diariamente. Suspenderlos pudo provocarle otro derrame.

Karina dio un paso atrás.

—Yo… ella los escupía.

El médico negó con firmeza.

—Estas cajas siguen selladas. Ni siquiera fueron abiertas.

Luego levantó con delicadeza la manga del camisón.

Los moretones aparecieron uno tras otro.

El doctor guardó silencio unos segundos antes de decir:

—Estas lesiones no son compatibles con caídas accidentales.

Alejandro sintió que la rabia le nublaba la vista.

Pero no gritó.

Solo abrió la galería de su teléfono.

Había grabado todo desde el momento en que entró a la habitación.

Cada insulto.

Cada amenaza.

Cada gesto de violencia.

El médico observó parte del video.

Su rostro cambió por completo.

—Esto debe denunciarse inmediatamente.

Karina perdió el color.

—¡Alejandro, por favor! Todo tiene una explicación.

Él ni siquiera la miró.

Mientras ayudaban a doña Elena a prepararse para trasladarla al hospital, la anciana tomó con dificultad la mano de su hijo.

—El clóset…

—¿Qué pasa, mamá?

—Arriba… en la caja azul…

Su voz apenas era un susurro.

—No dejes… que ella la encuentre.

Alejandro subió corriendo al segundo piso.

En la parte más alta del armario había una vieja caja metálica cubierta de polvo.

Dentro encontró fotografías familiares, cartas antiguas y una carpeta color vino.

Al abrirla, apareció una escritura pública.

La dirección le resultó conocida.

Era un enorme terreno en Valle de Bravo.

Valor aproximado: más de cuarenta millones de pesos.

El propietario registrado era…

Doña Elena Ruiz.

Alejandro abrió los ojos con sorpresa.

Su madre jamás le había hablado de esa propiedad.

Mientras seguía revisando la carpeta encontró algo aún más inquietante.

Un poder notarial.

Solo faltaba una firma para transferir todo el terreno.

La firma de doña Elena.

Y al final del documento ya aparecía escrito el nombre de la futura propietaria.

Karina Mendoza Ruiz.

Sintió un escalofrío.

En ese instante escuchó un ruido detrás de él.

Se dio la vuelta.

Karina estaba de pie en la puerta del dormitorio.

Su mirada ya no tenía miedo.

Solo desesperación.

Y en su mano sostenía un encendedor encendido.

—Si esos papeles salen de esta casa… —dijo con una sonrisa helada— nadie va a quedarse con ese terreno. Ni tu madre… ni tú.

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