Parte 2: La mujer del pasillo

Contuve la respiración mientras miraba por la mirilla.

No era la policía.

Era una mujer alta, de unos cincuenta años, con el cabello revuelto y un abrigo oscuro cubierto de polvo, como si hubiera conducido durante horas sin detenerse. Tenía el rostro desencajado y los ojos llenos de desesperación.

—¡Sarah! —susurró con urgencia mientras seguía golpeando la puerta—. ¡Abre, por favor! No tenemos tiempo.

Mi primer impulso fue alejarme.

Después del video de Harrison, ya no confiaba en nadie.

—¿Quién es usted? —pregunté sin abrir.

La mujer apoyó la frente contra la puerta.

—Me llamo Margaret Collins… soy la madre de Rachel.

Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.

Rachel.

El verdadero nombre que aparecía en la licencia de conducir de Victoria.

Abrí apenas unos centímetros, manteniendo la cadena de seguridad puesta.

La mujer metió una fotografía por la rendija.

Era una imagen antigua.

Una adolescente sonreía junto a un granero de madera en Arkansas. Tenía el mismo rostro que Victoria… pero la expresión era completamente distinta: inocente, cálida, feliz.

—Esa era mi hija antes de conocer a los Sterling —dijo entre lágrimas—. Ahora todos la llaman Victoria, pero ese no es su verdadero nombre.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Qué quiere de mí?

Margaret miró nerviosa hacia el pasillo.

—Ellos ya saben que el paquete llegó.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Ellos?

—La familia Sterling.

En ese instante, el ascensor del edificio sonó.

Ding.

Las puertas se abrieron lentamente.

Dos hombres vestidos con elegantes trajes negros salieron sin decir una palabra.

No parecían vecinos.

Parecían escoltas.

Margaret palideció.

—¡Ciérrala! ¡Ahora!

Empujé la puerta justo cuando uno de los hombres levantó la vista y nos observó fijamente.

No gritó.

No corrió.

Simplemente sonrió.

Una sonrisa fría que me hizo comprender que sabían exactamente dónde estaba.

Eché el cerrojo mientras Chloe lloraba desde su habitación.

Los pasos comenzaron a acercarse lentamente por el pasillo.

Uno…

Dos…

Tres…

Después llamaron con absoluta calma.

—Señora Sarah Williams.

La voz era educada.

Demasiado educada.

—Venimos de parte de la señora Victoria Sterling. Solo queremos recuperar un paquete enviado por error.

Margaret negó con la cabeza frenéticamente.

—No respondas. Si descubren que tienes la memoria USB, estamos muertos.

Sentía el pulso retumbando en mis oídos.

El hombre volvió a hablar.

—Sabemos que su hija abrió la muñeca.

La sangre se congeló en mis venas.

¿Cómo podían saberlo?

Miré a Margaret.

Ella comprendió mi pregunta antes de que hablara.

—Porque Harrison nunca estuvo solo —susurró—. Cada movimiento suyo era vigilado.

Entonces sacó de su bolso un pequeño mapa doblado y lo colocó sobre mi mesa.

En él había una dirección rodeada con tinta roja.

—Aquí lo tienen encerrado.

Miré la dirección.

No era una mansión.

Era una antigua bodega vinícola abandonada en las colinas de Malibu.

Antes de que pudiera hacer una sola pregunta, mi computadora portátil emitió un sonido.

La memoria USB acababa de abrir un archivo automáticamente.

No lo había visto antes.

Era otro video.

Esta vez Harrison aparecía mucho más débil.

Tenía un hematoma reciente en el rostro.

Miró directamente a la cámara y habló casi sin voz.

—Sarah… si Margaret llegó hasta ti… significa que todavía estamos a tiempo.

Respiró con dificultad.

—Pero si estás viendo este segundo mensaje… significa que Victoria ya sabe quién eres.

Se oyó un golpe detrás de la cámara.

Harrison cerró los ojos un instante.

Luego pronunció una frase que hizo que todo cobrara un sentido aterrador.

—No quiere matarme por el dinero…

Hizo una pausa mientras las lágrimas resbalaban por su rostro.

—Quiere encontrar a Chloe. Porque… nuestra hija es la única heredera legítima de una fortuna que nadie conoce.

En ese mismo instante, la puerta del apartamento explotó hacia adentro con un estruendo ensordecedor. Dos hombres de traje irrumpieron en la sala mientras una voz femenina, elegante y helada, resonaba desde el pasillo:

—Registren todo… y tráiganme a la niña con vida.

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