Clara permaneció inmóvil detrás de la cortina del hotel, sosteniendo los binoculares con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos.
Daniel abrió la carpeta azul sobre la mesa del balcón.
La mujer del camisón rojo tomó una fotografía tras otra con su teléfono. No hojeaban aquellos documentos por curiosidad. Buscaban algo concreto.
Entonces Daniel señaló una hoja.
Ella sonrió.
Y ambos chocaron las copas de vino como si acabaran de cerrar un negocio.
No una aventura.
Un negocio.
El teléfono volvió a vibrar.
—Amor, ¿me escuchas? —preguntó Daniel durante la videollamada.
Clara aceptó la llamada.
Él apareció exactamente como todas las noches.
Sentado frente a la elegante estantería de su despacho.
La misma lámpara.
Los mismos libros.
La misma sonrisa.
—Te extraño muchísimo.
Clara observó la pantalla del teléfono.
Después levantó lentamente los binoculares.
En el balcón del apartamento, Daniel seguía sosteniendo la copa de vino.
No llevaba auriculares.
No tenía ningún teléfono en las manos.
La imagen de la videollamada no era en tiempo real.
Era una grabación.
Durante diez días completos la había engañado utilizando el mismo video una y otra vez.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Cuánto tiempo llevaba preparando aquello?
Colgó sin decir una palabra.
Abrió inmediatamente la aplicación donde se almacenaban las llamadas.
Todas tenían exactamente la misma duración.
El mismo ángulo.
La misma iluminación.
Incluso el reloj de pared marcaba siempre las 9:18.
Jamás lo había notado.
Hasta esa noche.
A las nueve y cuarenta, Daniel y la mujer desaparecieron del balcón.
Minutos después comenzaron a sacar cajas.
No eran cajas de ropa.
Ni de decoración.
Cada una estaba cuidadosamente etiquetada.
“Documentos”.
“Archivo”.
“Personal”.
El anciano que permanecía sentado frente al edificio levantó discretamente la vista.
Al cruzar la mirada con Clara, hizo un gesto muy leve.
Como si le pidiera que siguiera observando.
Ella grabó todo.
Cada caja.
Cada viaje al elevador.
Cada matrícula del BMW blanco.
Cuando el último vehículo se marchó, Clara bajó al vestíbulo del hotel.
El anciano seguía allí.
Le ofreció un café caliente.
Él aceptó en silencio.
Después de unos minutos, habló.
—No soy un mendigo de este barrio.
Clara lo miró sorprendida.
—Entonces, ¿por qué está aquí todos los días?
El hombre sonrió con tristeza.
—Porque hace tres meses también vi salir cajas del apartamento de otra mujer.
Clara sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué mujer?
—La señora Evelyn Parker.
Vivía en el piso veinte.
También confiaba ciegamente en su marido.
También desaparecieron primero sus documentos.
Y dos semanas después…
Murió en un supuesto accidente automovilístico.
El café dejó de temblar únicamente porque Clara ya no sentía las manos.
—¿Qué está diciendo?
El anciano sacó lentamente un pequeño cuaderno del bolsillo de su abrigo.
Cada página estaba llena de fechas.
Horas.
Placas de automóviles.
Nombres.
—Llevo meses anotándolo todo.
Porque la historia comenzó a repetirse.
Primero una mujer viaja.
Luego llegan las cajas.
Después aparecen documentos.
Y al final…
Siempre ocurre una desgracia.
Clara abrió lentamente el cuaderno.
En la última página había una anotación escrita aquella misma tarde.
“Apartamento 1802. Esposa fuera por trabajo. Mismo BMW blanco. Mismo hombre.”
Levantó la vista.
—¿Por qué nadie fue a la policía?
El anciano suspiró.
—Porque nadie creyó a un viejo que duerme en la calle.
En ese instante, el teléfono de Clara vibró de nuevo.
Era un mensaje de Daniel.
“Cariño, mañana paso por la notaría. Solo necesito una firma tuya cuando regreses. Es un trámite sin importancia.”

Clara volvió a mirar la carpeta azul.
Luego el cuaderno.
Y comprendió que el objetivo nunca había sido únicamente robarle el apartamento.
Lo que Daniel necesitaba…
Era que ella firmara el último documento antes de que su nombre se convirtiera en el siguiente de la lista.