Zhou Yan regresó a casa a las once y veinte de la noche.
Abrió la puerta con tanta fuerza que chocó contra la pared.
—¡Gu Nian!
Nadie respondió.
Encendió la luz del salón y vio los tres objetos sobre la mesa.
El anillo de boda.
Los documentos del divorcio.
Y la fotografía de su hijo en brazos de Shen Yao.
Debajo, la frase escrita por Gu Nian:
“Feliz viaje. Si conseguís asiento.”
Zhou Yan tomó la fotografía y la arrugó entre los dedos.
—¡Gu Nian, sal ahora mismo!
Revisó el dormitorio.
El baño.
El despacho.
El armario de ella estaba casi vacío. Faltaban sus documentos, el ordenador, algunas prendas y la pequeña caja donde guardaba las cosas que habían pertenecido a su madre.
Zhou Yan llamó de inmediato.
El teléfono estaba apagado.
Abrió WeChat.
Gu Nian lo había bloqueado.
Entonces llamó a su madre.
—Mamá, lo sabe todo.
La voz de la señora Zhou se volvió aguda.
—¿Qué significa que lo sabe todo?
—Las transferencias, el apartamento, el bebé… incluso encontró fotografías.
Hubo un silencio.
—¿Cómo pudo encontrarlas?
—No lo sé. También canceló los billetes.
—¿Qué?
—Ya no quedan asientos.
La señora Zhou tardó varios segundos en responder.
—No pienses ahora en París. Tienes que impedir el divorcio.
—Ya dejó los documentos.
—Los papeles no significan nada mientras tú no firmes.
—Ha contratado a una abogada.
La respiración de su madre cambió.
—¿Qué pruebas tiene?
Zhou Yan miró la carpeta colocada sobre la mesa.
La abrió.
Solo contenía copias.
En la primera página aparecía una lista:
- Transferencias mensuales a Shen Yao.
- Gastos médicos y controles prenatales.
- Fotografías del nacimiento y celebraciones del bebé.
- Conversaciones familiares.
- Modificación no autorizada de los billetes.
- Uso de fondos comunes para mantener una segunda vivienda.
Al final había una advertencia:
“Los originales están en poder de mi representación legal.”
Zhou Yan sintió un escalofrío.
—Tiene todo.
Su madre reaccionó con rapidez.
—Escúchame. Mañana ve a buscarla. Llora si hace falta. Dile que Shen Yao te presionó, que el niño podría no ser tuyo y que solo enviaste dinero por responsabilidad.
—El niño es mío.
—¡Eso no tienes que decírselo!
—Ya tiene los registros del hospital.
—Entonces di que no querías hacerla sufrir después de que perdió el embarazo.
Zhou Yan se dejó caer en el sofá.
—Estaba conmigo cuando perdió al bebé.
—Precisamente. Dile que estabas confundido.
—Mamá, pagué el control prenatal de Shen Yao el mismo día.
La señora Zhou guardó silencio.
—¿También descubrió eso?
—Sí.
—Entonces no admitas nada por escrito. No le envíes mensajes. No respondas preguntas de la abogada.
Zhou Yan miró el anillo de boda.
Durante tres años había estado seguro de que Gu Nian jamás se marcharía.
Ella siempre cedía.
Siempre escuchaba sus explicaciones.
Siempre intentaba comprenderlo.
Cuando él llegaba tarde, ella calentaba la cena.
Cuando su madre la criticaba, Gu Nian guardaba silencio.
Cuando perdieron al bebé, ella incluso lo consoló a él.
Zhou Yan había confundido su bondad con debilidad.
Y ahora, por primera vez, tenía miedo.
—¿Dónde puede estar? —preguntó.
—Seguramente en casa de una amiga. Mañana se le pasará.
—No creo.
—Todas las mujeres amenazan con divorciarse cuando están enfadadas.
—Gu Nian no estaba enfadada.
Zhou Yan miró la carpeta.
—Estaba tranquila.
La señora Zhou respondió con desprecio:
—Entonces todavía es peor. Encuéntrala antes de que haga una estupidez.
Pero Gu Nian no estaba en casa de ninguna amiga.
Había reservado una habitación en un hotel cercano a la oficina de su abogada. No quería regresar con sus padres todavía. Su madre sufría problemas de presión y su padre tenía el corazón delicado.
Necesitaba reunir fuerzas antes de contarles que el yerno al que habían tratado como a un hijo llevaba tres años manteniendo otra familia.
A las ocho de la mañana, Gu Nian se presentó en el despacho de la abogada Lin.
Llevaba una camisa blanca, pantalones oscuros y el cabello recogido.
Parecía serena.
Solo las ojeras revelaban que no había dormido.
La abogada Lin revisó cada documento.
—Las transferencias comenzaron cuatro meses después de vuestra boda —dijo—. ¿Sabías que tenía esa segunda cuenta?
—Sabía que existía, pero pensé que era una cuenta antigua que apenas utilizaba.
—¿El dinero transferido procedía de sus ingresos personales o de fondos comunes?
—De ambos. En varios meses ingresó dinero desde nuestra cuenta familiar antes de transferirlo a Shen Yao.
La abogada señaló una serie de movimientos.
—Aquí retiró cincuenta mil yuanes de un depósito que estaba a nombre de los dos.
Gu Nian lo reconoció.
—Dijo que los necesitaba para invertir con un amigo.
—¿Firmaste alguna autorización?
—No.
—Entonces solicitaremos información completa al banco.
La abogada abrió las fotografías sincronizadas desde el iPad.
—Esto demuestra que la madre de Zhou Yan conocía la relación y al niño.
—Ella ayudó a ocultarlo.
—También existen mensajes donde habla de tu matrimonio como una herramienta para beneficiar profesionalmente a su hijo.
Gu Nian apretó las manos sobre las rodillas.
—Mi padre presentó a Zhou Yan a uno de sus primeros clientes importantes.
—¿Ese cliente sigue trabajando con él?
—Sí. Gracias a ese contrato consiguió el ascenso.
La abogada Lin la observó.
—Necesito preguntarte algo delicado. ¿Crees que Zhou Yan se casó contigo para mejorar su carrera?
Gu Nian recordó la conversación de su suegra:
“Mi hijo se casó con ella solo porque su familia podía ayudarlo profesionalmente.”
Antes habría buscado una explicación menos dolorosa.
Ahora ya no quería protegerlo ni siquiera dentro de sus propios recuerdos.
—Sí —respondió—. Creo que al principio me eligió por eso.
—¿Y después?
Gu Nian miró la fotografía del bebé.
—Después descubrió que podía tenerlo todo. Mi familia, mi dinero y a la mujer que realmente quería.
La abogada cerró la carpeta.
—Presentaremos la demanda hoy. También solicitaremos medidas para evitar que mueva el dinero o venda bienes comunes.
—Quiero recuperar lo que transfirió.
—Intentaremos demostrar que utilizó patrimonio matrimonial para mantener una relación extramatrimonial y una segunda familia. Los mensajes, los movimientos y los pagos médicos son importantes.
—¿Qué ocurrirá con el niño?
—El niño no tiene culpa de nada. Tus reclamaciones serán contra Zhou Yan y, según lo que permita el proceso, contra quien haya recibido fondos sabiendo que pertenecían al matrimonio.
Gu Nian asintió.
No sentía odio hacia aquel bebé.
Cuando vio sus fotografías, lo único que pensó fue que mientras ella lloraba por el hijo perdido, otro niño nacía dentro de una mentira construida por adultos.
—Hay algo más —dijo la abogada—. ¿Quieres denunciar el acceso y la modificación de los billetes?
—Sí.
—Aunque el cambio se realizó desde la cuenta de tu esposo, tú eras la titular de la compra. Pediremos a la aerolínea el registro completo.
Gu Nian respiró hondo.
—Haga todo lo necesario.
La abogada Lin la miró con atención.
—Zhou Yan probablemente intentará hablar contigo. No te reúnas con él a solas.
—No lo haré.
—También podría intentar hacerte sentir culpable por el niño, por la familia o por el dinero.
—Ya no puede.
El teléfono de la abogada vibró.
Acababa de llegar un correo del banco.
Lin abrió el archivo y frunció el ceño.
—Gu Nian, tenemos otro problema.
—¿Qué ocurrió?
—Anoche, después de hablar contigo, Zhou Yan intentó transferir doscientos mil yuanes desde vuestra cuenta común.
Gu Nian se quedó inmóvil.
—¿Lo consiguió?
—No. La operación fue bloqueada porque superaba el límite y requería tu autorización.
La abogada giró la pantalla.
El destinatario era Shen Yao.
Concepto:
“Gastos de emergencia.”
Gu Nian soltó una risa breve, sin alegría.
—Ni siquiera esperó al divorcio.
—Intentaba proteger el dinero antes de que pudiéramos congelar los movimientos.
—Entonces ya sabe que no voy a perdonarlo.
—Sí. Y eso lo vuelve más peligroso económicamente.
Una hora después, la demanda quedó presentada.
A las once, Zhou Yan recibió la notificación.
A las once y tres llamó desde un número desconocido.
Gu Nian reconoció su voz en cuanto contestó.
—No cuelgues.
—Habla con mi abogada.
—Tenemos que resolver esto como marido y mujer.
—Dejamos de ser marido y mujer cuando usaste nuestros ahorros para mantener a Shen Yao.
—No fue así.
—Trescientos movimientos bancarios dicen lo contrario.
—Ella estaba sola.
—Yo también estaba sola cuando perdí a nuestro hijo.
Zhou Yan guardó silencio.
Gu Nian continuó:
—Tú estabas en el tercer piso escuchando el latido del suyo.
—Gu Nian…
—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho a sentir ternura.
—Yo quería contártelo.
—¿Cuándo? ¿Después de París?
—El viaje era para aclarar las cosas.
—Cambiaste mi nombre por el suyo.
—Shen Yao estaba pasando por una crisis.
—¿Y necesitaba mi asiento de primera clase para superarla?
—No entiendes la situación.
—La entiendo perfectamente. Querías regalarle un viaje comprado con mi sacrificio.
—Puedo devolverte el dinero.
—Ya intentaste transferir otros doscientos mil yuanes.
La respiración de Zhou Yan se volvió irregular.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque la cuenta también es mía.
—Ese dinero era para los gastos del niño.
—Entonces págalo con tu parte después de repartir los bienes. No con la mía.
—Es mi hijo.
—Lo sé. Deberías haber pensado en él antes de construir su vida sobre una traición.
Zhou Yan bajó la voz.
—Mi madre te está buscando. Quiere pedirte perdón.
—Tu madre escribió que yo era demasiado ingenua y que terminaría perdonándote.
Al otro lado no hubo respuesta.
—También guardó fotografías —continuó Gu Nian—. “El verdadero nieto de la familia Zhou”. ¿Recuerdas esa frase?
—Ella estaba emocionada.
—Mientras yo creía que nunca podría volver a ser madre.
—No sabíamos cómo decírtelo.
—No queríais decírmelo. Queríais seguir utilizándome.
—Yo te quise.
Gu Nian cerró los ojos.
Aquella frase habría sido suficiente semanas atrás.
Ahora sonaba vacía.
—Quizá me quisiste de la única manera en que sabes querer —respondió—. Mientras no te costara renunciar a nada.
Colgó.
El viernes por la mañana, Zhou Yan y Shen Yao acudieron al aeropuerto.
Habían comprado dos billetes en clase económica para un vuelo con escala en Doha. Costaban casi el doble del precio habitual y los asientos no estaban juntos.
Shen Yao llegó con una maleta blanca y un abrigo nuevo.
—Esto es humillante —dijo al mirar las largas filas—. Me prometiste primera clase.
—Gu Nian canceló la reserva.
—Podías haber comprado otros billetes.
—El vuelo directo estaba completo.
—Entonces deberíamos viajar otro día.
—Ya pedimos vacaciones.
Shen Yao lo miró con disgusto.
—Tú pediste vacaciones. Yo organicé a mi madre para que cuidara al niño porque dijiste que en París hablaríamos de nuestra boda.
Zhou Yan miró alrededor.
—Baja la voz.
—¿Por qué? Gu Nian ya lo sabe.
—Ha pedido el divorcio.
Los ojos de Shen Yao se iluminaron.
—¿De verdad?
No preguntó si estaba preocupado.
Sonrió.
—Entonces ya no tendremos que escondernos.
Zhou Yan no respondió.
—¿Cuándo estará listo? —preguntó ella—. Cuando venda el apartamento, podremos comprar uno más grande.
—No voy a venderlo.
—Dijiste que era para mí y para el niño.
—Está registrado a mi nombre.
La sonrisa de Shen Yao desapareció.
—Pero yo elegí la vivienda.
—Y yo la pagué.
—La pagaste porque es la casa de tu hijo.
—Ahora tengo problemas legales. Gu Nian quiere recuperar el dinero que te transferí.
—Ese dinero me lo regalaste.
—Parte salió de la cuenta matrimonial.
Shen Yao sujetó la maleta con fuerza.
—Tu madre dijo que Gu Nian nunca podría demostrarlo.
—Lo demostró.
—Entonces habla con ella. Haz que retire la demanda.
—No quiere verme.
—Eso es culpa tuya.
Zhou Yan la miró, sorprendido.
—¿Culpa mía?
—Sí. Tenías que mantenerla tranquila hasta que resolviéramos todo.
—¿Mantenerla tranquila?
—Tú mismo dijiste que era fácil de engañar.
Zhou Yan sintió por primera vez la brutalidad de sus propias palabras al escucharlas en la voz de otra persona.
Antes de que pudiera responder, una empleada de la aerolínea se acercó.
—Señor Zhou, hay un problema con su documentación.
—¿Qué problema?
—La tarjeta utilizada para comprar estos nuevos billetes ha sido bloqueada.
Zhou Yan sacó el teléfono.
La compra aparecía rechazada.
Había utilizado la tarjeta vinculada a la cuenta común.
La abogada de Gu Nian ya había solicitado restricciones temporales sobre los movimientos extraordinarios.
—Puedo pagar con otra —dijo.
Probó la segunda tarjeta.
También fue rechazada.
En ella apenas quedaba saldo después del intento de transferencia a Shen Yao.
La empleada esperó con paciencia.
Detrás de ellos, la fila comenzó a protestar.
Shen Yao cruzó los brazos.
—Usa tu tarjeta empresarial.
—No puedo pagar un viaje personal con ella.
—Entonces llama a tu madre.
La señora Zhou respondió al tercer intento.
—Mamá, necesito que pagues los billetes.
—¿Cuánto cuestan?
Cuando escuchó la cifra, comenzó a gritar.
—¿Has perdido la cabeza? ¡Con ese dinero podríais viajar el mes próximo!
—Ya estamos en el aeropuerto.
—Regresa a casa. Ahora no es momento de ir a París.
Shen Yao oyó la conversación.
—Dile que prometió pagar parte del viaje.
La señora Zhou escuchó su voz.
—¿Shen Yao está contigo?
—Sí.
—Entonces que pague ella.
Shen Yao le arrebató el teléfono.
—Señora Zhou, yo he criado sola a su nieto durante un año.
—Mi hijo te ha enviado casi trescientos mil yuanes.
—Ese dinero era para el bebé.
—También pagó el apartamento, la reforma y tus compras.
—Usted dijo que cuando se divorciara yo formaría parte de la familia.
—Primero tiene que conservar sus bienes.
Las dos comenzaron a discutir.
Los pasajeros las miraban.
La empleada de la aerolínea extendió la mano.
—Necesito que abandonen la fila si no pueden realizar el pago.
El viaje terminó antes de empezar.
Zhou Yan regresó a Pekín con la maleta cerrada y una discusión que duró todo el trayecto.
Esa misma tarde, Shen Yao recibió una notificación legal.
Debía declarar sobre los fondos que había recibido.
Su primera reacción fue llamar a Zhou Yan.
—Tienes que protegerme.
—¿Cómo?
—Di que el dinero era exclusivamente tuyo.
—Hay transferencias desde la cuenta común.
—Entonces di que Gu Nian lo sabía.
—Tiene pruebas de que lo ocultamos.
—¡Haz algo!
—Mi abogada dice que no debo mentir.
—¿Tu abogada?
—He contratado a una.
—¿Y yo?
—Tú tendrás que buscar la tuya.
La voz de Shen Yao se volvió fría.
—Durante tres años prometiste que cuidarías de nosotros.
—Lo hice.
—No. Nos escondiste en un apartamento mientras vivías con ella.
—Tú aceptaste.
—Porque dijiste que terminarías divorciándote.
—No podía hacerlo antes.
—¿Por qué? ¿Porque necesitabas a su padre para conseguir contratos?
Zhou Yan miró la puerta de su despacho.
Dos compañeros estaban al otro lado.
—No hables de eso por teléfono.
—Todo este tiempo dijiste que ella era inútil, pero ahora tiemblas porque se marchó.
Zhou Yan colgó.
No sabía que Shen Yao estaba grabando la conversación.
Una semana más tarde, su empresa abrió una investigación interna.
Gu Nian no había contactado con ellos.
El escándalo comenzó por el viaje.
Un empleado de la aerolínea contó en una red social que un hombre había intentado viajar con su amante utilizando billetes pagados por su esposa y después no pudo pagar los nuevos asientos.
La publicación no mencionaba nombres.
Pero Shen Yao, enfadada, respondió desde su cuenta personal.
Escribió:
“Algunas esposas creen que comprar billetes les da derecho a controlar la vida de sus maridos.”
El comentario permaneció publicado diecisiete minutos.
Fue suficiente.
Alguien relacionó las fotografías de su perfil con Zhou Yan.
Después encontraron imágenes antiguas de su boda con Gu Nian.
En pocas horas, las capturas circulaban por todas partes.
Los compañeros de Zhou Yan reconocieron su rostro.
También reconocieron a Shen Yao, que había asistido a varias cenas de empresa presentada como “una amiga de la familia”.
La dirección revisó sus gastos profesionales.
Descubrieron que Zhou Yan había utilizado taxis pagados por la empresa para visitar el Residencial Cuiting.
También había presentado como comidas con clientes varias cenas realizadas con Shen Yao.
Su tarjeta corporativa quedó suspendida.
El cliente más importante de Zhou Yan llamó al padre de Gu Nian.
—¿Sabías lo que estaba haciendo tu yerno?
El señor Gu no sabía nada.
Aquella noche llamó a su hija.
—Nian Nian, dime la verdad.
Gu Nian cerró los ojos.
Había querido protegerlos.
Pero ya no podía seguir sosteniendo sola una mentira que otros habían construido.
—Papá, estoy divorciándome.
Su padre tardó varios segundos en hablar.
—¿Te hizo daño?
—Sí.
—¿Estás segura de tu decisión?
—Completamente.
—Entonces vuelve a casa.
—No quiero que mamá se preocupe.
—Tu madre lleva tres días preocupada porque no respondes como siempre. Cree que trabajas demasiado.
Gu Nian sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte. El que debe hacerlo es él.
Sus padres llegaron al hotel esa misma noche.
Su madre la abrazó sin preguntas.
Gu Nian apoyó la cabeza en su hombro y, por primera vez desde que había descubierto el cambio de los billetes, comenzó a llorar.
No lloró por Zhou Yan.
Lloró por la mujer que había sido.
Por los tres meses llevando comida preparada para ahorrar.
Por el abrigo que no compró.
Por el bebé que perdió creyendo que su esposo compartía su dolor.
Por todas las noches en las que él regresó del apartamento de Shen Yao y se acostó a su lado como si nada hubiera ocurrido.
Su madre le acarició el cabello.
—No tienes que ser fuerte delante de nosotros.
—Me siento estúpida.
—Confiar en tu esposo no te convierte en estúpida.
—Todos lo sabían menos yo.
—Eso los convierte a ellos en crueles. No a ti en ingenua.
Su padre permaneció junto a la ventana.
—Zhou Yan utilizó mi nombre para obtener contratos.
—Lo sé.
—Mañana hablaré con esas empresas.
Gu Nian levantó la cabeza.
—No quiero que te vengues por mí.
—No es venganza. Si alguien obtuvo oportunidades utilizando una relación familiar mientras engañaba a esa misma familia, sus socios deben conocer el riesgo.
El proceso avanzó durante varios meses.
Zhou Yan negó al principio que hubiera desviado fondos.
Después aseguró que Gu Nian conocía la existencia de Shen Yao.
Cuando las conversaciones demostraron lo contrario, cambió su declaración.
Dijo que las transferencias eran préstamos.
Shen Yao presentó mensajes donde él prometía mantenerla “hasta que pudiera divorciarse”.
La alianza entre ellos se rompió en cuanto comprendieron que ambos podían perder dinero.
La señora Zhou culpó a Shen Yao.
—Sedujiste a mi hijo.
Shen Yao respondió entregando a la abogada de Gu Nian todas sus conversaciones.
En ellas, la señora Zhou le había prometido:
“Cuando Gu Nian nos ayude a conseguir el nuevo contrato, Zhou Yan se divorciará.”
Otro mensaje decía:
“Primero necesitamos que su padre recomiende a mi hijo para el puesto. Después resolveremos el matrimonio.”
Gu Nian leyó aquellas palabras sin llorar.
Ya no quedaba nada que pudieran romper.
Durante la audiencia final, Zhou Yan parecía haber envejecido diez años.
Había perdido su puesto directivo.
La empresa no pudo despedirlo únicamente por su infidelidad, pero sí por el uso indebido de gastos corporativos y las irregularidades encontradas en varios informes.

El apartamento del Residencial Cuiting fue incluido en la revisión patrimonial.
Zhou Yan había utilizado una parte importante de los ahorros matrimoniales para pagar la entrada y la reforma.
El tribunal ordenó que Gu Nian recibiera la compensación correspondiente.
También reconoció su derecho a recuperar una parte de los fondos transferidos sin su conocimiento.
Las cuentas de Shen Yao fueron revisadas.
La señora Zhou tuvo que devolver varias cantidades que su hijo le había enviado para ocultarlas.
Al salir de la audiencia, Zhou Yan alcanzó a Gu Nian en las escaleras.
—Espera.
Ella se detuvo, pero no se volvió de inmediato.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo por última vez.
La abogada Lin permaneció a unos pasos.
Gu Nian asintió.
Zhou Yan la miró.
—He perdido el trabajo.
—Lo sé.
—Tendré que vender el apartamento.
—Lo sé.
—Shen Yao no me permite ver al niño si no le entrego dinero.
—Eso deberás resolverlo legalmente.
—Mi madre está enferma por todo lo ocurrido.
—Tu madre estaba sana cuando celebró el nacimiento del “verdadero nieto”.
Zhou Yan bajó la mirada.
—No vine a discutir.
—Entonces habla.
—Quiero pedirte perdón.
Gu Nian esperó.
—Fui un cobarde —continuó—. Al principio pensé que podía cerrar mi historia con Shen Yao. Después nació el niño. No sabía qué hacer.
—Podías decir la verdad.
—Tenía miedo de perderte.
—Querías conservarme mientras vivías con ella.
—Sí.
Aquella admisión llegó demasiado tarde, pero al menos era la primera verdad completa que él pronunciaba.
—Cuando compraste los billetes —dijo Zhou Yan—, pensé que podía llevarla a París, hablar con ella y terminar la relación.
Gu Nian lo miró con incredulidad.
—¿Esperas que crea eso?
—No lo sé. Quizá yo mismo lo creía.
—Cambiaste mi nombre.
—Sí.
—Preparaste una maleta con sus cosas.
—Sí.
—Permitiste que ella te llamara “esposo mío”.
Zhou Yan cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces no ibas a terminar nada. Solo estabas intentando convencerte de que seguías siendo una buena persona.
Él no respondió.
—¿Alguna vez me amaste? —preguntó Gu Nian.
Zhou Yan levantó la cabeza.
—Sí.
—¿Más que a ti mismo?
La pregunta lo dejó en silencio.
Gu Nian asintió lentamente.
—Eso pensaba.
Se giró para marcharse.
—Gu Nian.
Ella se detuvo.
—¿Qué harás ahora?
Por primera vez, la pregunta no sonó como un intento de controlarla.
Sonó como la duda de un hombre que ya no formaría parte de su futuro.
—Vivir.
—¿Viajarás a París?
Gu Nian miró el cielo claro sobre las escaleras del tribunal.
—Tal vez.
—Siempre quisiste conocerlo.
—Sí.
—Lo siento por haber arruinado el viaje.
Ella sonrió levemente.
—No lo arruinaste. Solo me ayudaste a comprender con quién no debía hacerlo.
Un mes después, Gu Nian recibió el reembolso definitivo de los billetes.
No volvió a guardarlo.
Compró un único asiento de primera clase.
De Pekín a París.
Esta vez el nombre de la reserva decía:
Gu Nian.
Nadie podía modificarlo.
Antes del viaje, su madre le entregó una pequeña caja.
Dentro estaba el abrigo que Gu Nian había querido comprar el invierno anterior.
—Mamá, no tenías que hacerlo.
—Sí tenía.
—Es demasiado caro.
—Has pasado años diciendo que no necesitabas nada. Ahora tendrás que aprender a aceptar cosas buenas.
Su padre la acompañó al aeropuerto.
Antes de entrar al control de seguridad, Gu Nian recibió un mensaje desde un número desconocido.
Era una fotografía.
Zhou Yan estaba sentado en una sala de espera abarrotada, con su madre a un lado y varias maletas en el suelo.
Debajo había un texto de Shen Yao:
“Tu exmarido intentó llevarse al niño sin mi permiso. Ya llamé a la policía. Toda su familia está destruida por tu culpa.”
Gu Nian leyó el mensaje.
Después bloqueó el número.
No era su problema.
En la puerta de embarque, una empleada comprobó su tarjeta.
—Señora Gu, su asiento está preparado. Puede pasar cuando lo desee.
Gu Nian miró por los ventanales.
El avión esperaba bajo la luz de la mañana.
Durante meses había imaginado aquel viaje junto a Zhou Yan. Había pensado en brindar durante el vuelo, caminar junto al Sena y celebrar tres años de matrimonio.
Ahora viajaría sola.
Pero no se sentía sola.
Llevaba consigo la verdad.
Su apellido.
El dinero que había recuperado.
Y una vida que ya no necesitaba compartir con alguien que la consideraba fácil de engañar.
Subió al avión.
Guardó el abrigo.
Se sentó junto a la ventana.
Cuando la aeronave comenzó a moverse, abrió la aplicación de la aerolínea.
La antigua reserva cancelada todavía aparecía en el historial.
Dos pasajeros:
Zhou Yan.
Shen Yao.
Estado:
Cancelado por la titular de la compra.
Gu Nian eliminó el itinerario.
Después abrió su nueva reserva.
Un solo pasajero.
Un solo nombre.
Confirmado.
Sonrió.
Zhou Yan había creído que sustituir su nombre en un billete significaba que también podía sustituirla en su vida.
Nunca imaginó que Gu Nian no lucharía por recuperar aquel asiento.
Compraría uno nuevo.
Y dejaría que él descubriera, demasiado tarde, que en el futuro de ella tampoco quedaban plazas disponibles para él.