Ethan permaneció inmóvil con el teléfono todavía en la mano.
La llamada había durado menos de treinta segundos.
Pero algo en la voz de Claire lo había inquietado.
No había rabia.
No había tristeza.
Solo una calma que nunca antes le había escuchado.
Su secretaria entró apresuradamente.
—Señor Caldwell.
Él levantó la vista.
—¿Los documentos?
La mujer tragó saliva.
—La señora Sullivan confirmó que los tiene.
—Entonces que los envíe.
—Dice que el proyecto… no pertenece a la empresa.
Ethan dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.
—¿Qué significa eso?
La secretaria abrió una carpeta electrónica.
—El proyecto de la Región Sur nunca fue registrado como activo del Grupo Caldwell.
—Legalmente pertenece a la sociedad de desarrollo creada por la señora Sullivan hace cuatro años.
Por primera vez aquella tarde, Ethan frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—Todos los contratos llevan nuestro logotipo.
—Sí, señor.
—Pero los clientes estratégicos firmaron primero acuerdos de representación con la señora Sullivan como persona física.
—Después autorizaban trabajar conjuntamente con el grupo.
El despacho quedó completamente en silencio.
Ethan abrió inmediatamente el sistema jurídico interno.
Buscó el expediente.
No apareció.
Probó con otro código.
Nada.
Llamó al director legal.
—Quiero el contrato del proyecto Horizon.
Al otro lado hubo unos segundos de búsqueda.
Después llegó una respuesta que hizo que Ethan se pusiera lentamente de pie.
—Señor… nosotros nunca tuvimos el contrato original.
—Solo copias operativas.
—El documento matriz siempre permaneció bajo custodia directa de la vicepresidenta Sullivan.
Ethan sintió un nudo en el estómago.
Nunca había preguntado por qué.
Simplemente daba por hecho que Claire se ocupaba de todo.
Y ella siempre resolvía cada problema antes de que llegara hasta su despacho.
En ese momento, Vanessa entró sonriendo.
Llevaba una carpeta dorada entre las manos.
—Ethan, ya preparé al nuevo equipo para asumir la Región Sur.
Él ni siquiera respondió.
Seguía mirando la pantalla.
Vanessa se acercó.
—¿Qué ocurre?
La secretaria habló antes que él.
—El proyecto de seis mil millones no pertenece legalmente al grupo.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Vanessa.
—¿Cómo que no?
—Claire solo está intentando presionar.
Ethan levantó finalmente la cabeza.
—¿Estás segura?
Ella dudó apenas un instante.
—Claro.
—Sin la empresa ella no puede hacer nada.
Justo entonces sonó el teléfono de la sala de juntas.
Era el director de inversiones.
Ethan activó el altavoz.
—Habla.
La voz al otro lado sonaba visiblemente nerviosa.
—Señor Caldwell… acabamos de recibir una notificación oficial.
—Los tres principales inversionistas del proyecto Horizon solicitan suspender inmediatamente todas las negociaciones con nuestro grupo.
Vanessa abrió mucho los ojos.
—¿Por qué?
La respuesta llegó sin rodeos.
—Porque la señora Claire Sullivan dejó de representarnos esta mañana.
—Y los clientes han comunicado que únicamente continuarán el proyecto con ella.
Un silencio absoluto cayó sobre el despacho.
Ethan respiró lentamente.
—¿Los tres?
—No solo ellos.
—También los bancos internacionales y el consorcio constructor.
—Todos preguntan exactamente lo mismo.
—”¿Dónde está la señora Sullivan?”
Vanessa comenzó a ponerse pálida.
—Eso… eso no tiene sentido.
El director de inversiones continuó.
—Hay algo más.
—Acaba de registrarse una nueva empresa.
—Sullivan Strategic Development.
—Los mismos clientes ya solicitaron trasladar allí todas las negociaciones futuras.
Ethan sintió cómo el despacho parecía hacerse más pequeño.
Durante cinco años había pensado que Claire administraba proyectos.
Nunca imaginó que era ella quien había construido las relaciones que sostenían esos proyectos.
Vanessa intentó mantener la compostura.
—No pasa nada.
—Buscaremos otros clientes.
El director soltó una risa amarga.
—Señora Lane…
—Esos clientes representan casi el sesenta por ciento de la inversión prevista para los próximos tres años.
Nadie volvió a hablar.
Vanessa empezó a comprender, demasiado tarde, que había confundido un cargo con el verdadero poder.
Creyó que al despedir a Claire heredaría automáticamente todo lo que ella manejaba.
Pero los contratos podían copiarse.
La confianza, no.
Ethan caminó lentamente hasta el enorme ventanal de su despacho.
Desde allí podía verse toda la ciudad.
Cinco años atrás, él y Claire habían contemplado exactamente ese mismo paisaje.
Entonces solo tenían un pequeño despacho alquilado y un sueño enorme.
Claire le había dicho sonriendo:
—Las empresas no se construyen con edificios.
—Se construyen con personas que deciden confiar en ti.
Él había prometido no olvidarlo nunca.
Y, sin darse cuenta, terminó olvidando precisamente a la persona que había hecho posible aquella confianza.
En ese instante sonó otro teléfono.
Era el presidente del consejo.
Ethan respondió inmediatamente.
—¿Sí?
La voz del anciano sonaba mucho más seria de lo habitual.
—Acabo de hablar con dos miembros del fondo internacional.
—Quieren reunirse esta noche.
—¿Sobre el proyecto Horizon?
—No.
Hubo una pausa.

—Quieren saber una sola cosa.
Ethan apretó el teléfono con fuerza.
—¿Cuál?
La respuesta cayó como un golpe.
—Si el Grupo Caldwell todavía tiene alguna posibilidad de recuperar a Claire Sullivan.
Porque, según sus propias palabras…
—”Sin ella, nosotros tampoco seguiremos con ustedes.”—