Jacinta pasó la yema de los dedos sobre las letras grabadas en la piedra.
R. M.
No podía ser.
Aquellas iniciales pertenecían a Ramón Mendoza, el viejo ingeniero hidráulico que había llegado a San Isidro del Monte cuarenta años atrás para ayudar a construir los canales comunitarios.
Ramón había muerto hacía más de una década.
Pero antes de morir repitió una frase que casi nadie entendió.
—El agua nunca desaparece. Solo cambia de dueño cuando alguien roba su camino.
En aquel tiempo todos pensaron que deliraba por la fiebre.
Ahora, frente a aquella roca húmeda, Jacinta comprendió que hablaba completamente en serio.
El burro dio un pequeño rebuzno.
Después golpeó el suelo tres veces con una pata.
—¿Aquí, viejo?
El animal volvió a hacerlo.
Jacinta buscó una rama seca y comenzó a retirar tierra y hojas.
Apenas habían pasado unos minutos cuando apareció una vieja losa de concreto.
Tenía una tapa metálica oxidada.
Con enorme esfuerzo logró moverla unos centímetros.
Un chorro de aire frío salió desde abajo.
Luego escuchó el sonido.
Agua.
No un hilo.
No un charco.
Un caudal completo corriendo bajo tierra.
Jacinta sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Aquello no era un nacimiento natural.
Era parte de una obra hidráulica.
Entonces recordó algo que su esposo Ignacio le había contado muchos años antes.
Cuando ayudó a abrir los primeros canales del ejido, Ramón Mendoza insistió en construir un conducto alterno para emergencias.
—Si algún día alguien intenta adueñarse del arroyo —decía—, el pueblo siempre tendrá otra salida.
Nadie volvió a hablar de ese conducto.
Con los años, quedó cubierto por maleza.
Hasta que desapareció de la memoria de todos.
De todos…
Menos del burro.
Jacinta observó con atención las profundas marcas del lomo del animal.
No eran heridas recientes.
Eran cicatrices antiguas.
De cargar peso.
Mucho peso.
Entonces entendió.
—Tú trabajabas con Ramón…
El burro levantó lentamente las orejas.
Las lágrimas llenaron los ojos de la anciana.
Aquel animal había recorrido ese sendero cientos de veces transportando herramientas, tubos y cemento durante la construcción del canal secreto.
Cuando lo abandonaron años después, nadie imaginó que todavía recordaba el camino.
Pero él nunca lo olvidó.
Al amanecer siguiente, Jacinta caminó hasta la casa del profesor Esteban.
Era el único vecino que todavía conservaba mapas antiguos del ejido.
Cuando desplegaron un plano amarillento fechado en 1983, ambos guardaron silencio.
En la esquina inferior aparecía una anotación escrita a mano.
“Canal auxiliar de emergencia. Solo podrá modificarse mediante acuerdo unánime de la asamblea ejidal.”
Jacinta respiró hondo.
—Nunca hubo esa asamblea.
El profesor negó con la cabeza.
—Jamás.
Si ese canal existe, nadie podía apropiarse legalmente del agua.
Esa misma tarde comenzaron a correr los rumores.
Varios vecinos acompañaron a Jacinta hasta la montaña.
Todos vieron el conducto.
Todos escucharon el agua.
Y todos recordaron, casi al mismo tiempo, que Evaristo llevaba años diciendo que aquel canal nunca había existido.
El pueblo empezó a hacer preguntas.
Demasiadas preguntas.
Cuando Evaristo recibió la noticia, golpeó el escritorio con tanta fuerza que tiró un vaso al suelo.
—¿Quién la llevó hasta ahí?
Uno de sus peones tragó saliva.
—Dicen que… el burro.
Evaristo permaneció inmóvil.
Después palideció.
Porque conocía perfectamente a ese animal.
Lo había visto trabajar junto a Ramón Mendoza durante meses.
Y creyó que había muerto hacía muchos años.
Ahora comprendía el desastre.
Si el canal auxiliar era localizado oficialmente, también saldrían a la luz los planos originales.
Y con ellos podrían descubrirse todas las modificaciones realizadas durante las últimas décadas.
Modificaciones que nunca fueron autorizadas.
Al día siguiente llegaron ingenieros de la Comisión Estatal del Agua para inspeccionar el lugar.
Mientras medían el antiguo conducto, uno de ellos encontró algo inesperado.
Empotrada en el muro de concreto había una pequeña caja metálica sellada.
El técnico llamó inmediatamente a sus compañeros.
Jacinta observó desde unos metros de distancia.
La caja estaba oxidada.
Pero seguía cerrada.
Cuando finalmente lograron abrirla, apareció un grueso sobre envuelto en plástico impermeable.

En la portada podía leerse una sola frase escrita con la letra de Ramón Mendoza.
“Abrir únicamente si alguien intenta robar el agua del pueblo.”
El ingeniero levantó lentamente la vista.
Todos los presentes quedaron en absoluto silencio.
Incluso Evaristo, que acababa de llegar acompañado por sus abogados, sintió que el rostro se le quedaba sin color.
Porque comprendió que aquel sobre llevaba décadas esperando exactamente ese momento.