La noche de la boda llegó.
El Grupo Shen había reservado el hotel más lujoso de la ciudad.
Miles de luces iluminaban el salón principal.
Flores blancas importadas.
Copas de cristal.
Empresarios.
Familiares.
Periodistas.
Todos estaban allí para presenciar el matrimonio del hombre más poderoso del mundo empresarial.
Shen Yanbai estaba de pie frente al altar con un traje negro perfectamente ajustado.
Era el mismo hombre que tres días antes había enviado a su antigua asistente a un centro de detención.
El mismo hombre que pensaba que, después de quince días, yo volvería arrepentida.
Porque en su mente…
yo no tenía a dónde ir.
No tenía familia.
No tenía dinero.
No tenía poder.
Solo tenía un lugar al lado de él.
Y ese lugar acababa de desaparecer.
—Presidente Shen, la novia está lista.
La voz del organizador interrumpió sus pensamientos.
Shen Yanbai levantó la mirada.
Xu Ruoqing apareció al final del pasillo.
El salón entero se puso de pie.
Ella llevaba un vestido de novia diseñado exclusivamente para ella.
Todos sonreían.
Todos aplaudían.
Pero en ese momento, el teléfono de Shen Yanbai vibró.
Una llamada de su asistente personal.
Frunció el ceño.
No quería responder.
Pero algo dentro de él le dijo que debía hacerlo.
—Habla.
Al otro lado hubo un silencio extraño.
—Presidente Shen…
La voz del asistente sonaba nerviosa.
—Tenemos un problema.
Shen Yanbai miró a Xu Ruoqing, que caminaba lentamente hacia él.
—¿Qué problema puede ser más importante que mi boda?
La respuesta llegó en voz baja.
—Es sobre la señorita Jiang.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Qué pasó?
—Fuimos al centro de detención para confirmar su liberación anticipada.
Pausa.
—Pero nos dijeron que ella ya no está allí.
Shen Yanbai frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—La señorita Jiang salió hace tres días.
El ruido del salón desapareció de repente.
Por primera vez en mucho tiempo…
Shen Yanbai perdió la calma.
—Eso es imposible.
—Presidente Shen, lo comprobamos varias veces.
—Los documentos están correctos.
—Ella salió legalmente.
Sus dedos apretaron el teléfono.
—¿Quién la sacó?
El asistente dudó.
—Nadie.
—Ella misma presentó la solicitud.
Silencio.
Una sensación extraña recorrió el pecho de Shen Yanbai.
Por primera vez se dio cuenta de algo:
Durante cuatro años había creído conocerme.
Pero quizá nunca había sabido quién era realmente.
Tres días antes.
Dentro del centro de detención.
Mientras todas dormían, yo estaba sentada en la pequeña mesa de metal.
Frente a mí había un único documento.
Un contrato de transferencia accionaria.
Mi verdadera identidad estaba escrita en la parte superior.
Jiang Tang.
No.
Ese era el nombre que todos conocían.
Mi verdadero nombre era:
Shen Tang.
La hija mayor del fundador original del Grupo Shen.
La persona que poseía el 62% de las acciones de la compañía.
La heredera que desapareció diez años atrás.
La misma persona que Shen Yanbai creía que era una simple empleada sin pasado.
Qué irónico.
Durante cuatro años trabajé junto a él.
Escuché cómo hablaba de negocios.
Vi cómo crecía usando contactos que yo había construido.
Vi cómo firmaba contratos con empresas que pertenecían a mi familia.
Y nunca imaginó que la mujer que servía café en su oficina…
era la verdadera dueña de todo.
Cuando mi padre murió, decidí desaparecer.
Quería saber si alguien me quería por mí.
No por mi apellido.
Y Shen Yanbai fue la respuesta.
Me enamoré de un hombre que, cuando apareció su primer amor, decidió destruirme sin escuchar una explicación.
Así que ya no tenía nada que demostrar.
Volvamos al día de la boda.
Shen Yanbai dejó de escuchar los murmullos del salón.
—Encuéntrenla.
Su asistente se quedó en silencio.
—Presidente…
—Dije que la encuentren.
Su voz era fría.
Pero sus ojos ya no.
Porque había algo que empezaba a entender.
Yo no había escapado.
Yo había elegido irme.
Mientras tanto, a miles de kilómetros de allí…
Yo estaba sentada en primera clase.
Una copa de vino descansaba frente a mí.
En la pantalla del avión aparecía mi destino:
París.
Mi teléfono estaba lleno de mensajes.
Decenas.
Cientos.
Todos de Shen Yanbai.
“¿Dónde estás?”
“Jiang Tang, contesta.”
“Necesitamos hablar.”
Sonreí ligeramente.
Necesitamos hablar.
Qué frase tan conveniente.
Cuando yo necesitaba respuestas…
él me encerró.
Ahora que él necesitaba respuestas…
quería encontrarme.
Bloqueé la pantalla.
Luego abrí un correo recién recibido.
El remitente era la junta directiva del Grupo Shen.
El mensaje era corto:
“Señorita Shen, los accionistas esperan su regreso. La transferencia del 62% de las acciones ha sido confirmada.”
Miré por la ventana del avión.
Las nubes cubrían la ciudad que dejaba atrás.
La ciudad donde Shen Yanbai pensó que podía borrar mi existencia.
Pero olvidó algo importante:
Puedes expulsar a una mujer de tu oficina.
Puedes encerrarla durante quince días.
Puedes intentar quitarle su lugar.
Pero nunca puedes destruir a alguien que ya decidió levantarse.
Esa misma noche, Shen Yanbai recibió otro golpe.

El abogado principal del Grupo Shen apareció en plena boda.
Frente a todos los invitados.
Frente a Xu Ruoqing.
Y dijo:
—Presidente Shen, debemos informarle de algo urgente.
Todos miraron hacia ellos.
El abogado abrió una carpeta.
—La mayor accionista del Grupo Shen ha solicitado una reunión extraordinaria.
Shen Yanbai respiró profundamente.
—¿Quién?
El abogado levantó la vista.
Y pronunció el nombre que nadie esperaba.
—Shen Tang.
El rostro de Shen Yanbai quedó completamente pálido.
Porque ese apellido…
era el mismo que aparecía en los documentos que él firmaba todos los días.
El apellido del dueño del imperio.
El apellido de la mujer que acababa de perder.
Y entonces entendió:
La mujer que él mandó a prisión…
era la mujer que podía destruir todo lo que había construido.
Y por primera vez…
Shen Yanbai sintió miedo de perderme.