Siete días después, el laboratorio entregó el primer informe.
La sala de reuniones del bufete estaba en silencio.
Adrian llegó primero.
Natalie entró diez minutos más tarde con el bebé en brazos.
Yo fui la última.
Mi abogado, el señor Walker, dejó un sobre sellado sobre la mesa.
—Este corresponde a la prueba de paternidad solicitada por orden judicial.
Nadie habló.
Walker rompió el sello.
Leyó el informe durante unos segundos.
Después levantó lentamente la vista.
—El señor Adrian Hale queda excluido como padre biológico del menor.
Natalie dejó de respirar.
Adrian permaneció inmóvil.
—Eso es imposible.
Walker deslizó el documento hacia él.
—La probabilidad de paternidad es del cero por ciento.
El bebé comenzó a llorar.
Pero nadie intentó consolarlo.
Adrian giró lentamente hacia Natalie.
—¿Me mentiste?
Ella abrió la boca.
No salió ningún sonido.
Las lágrimas aparecieron casi de inmediato.
—Yo…
—¿Quién es el padre?
Natalie negó una y otra vez.
—No quería perderte.
Adrian golpeó la mesa con tanta fuerza que el vaso de agua cayó al suelo.
—¡¿Quién es?!
Esperé en silencio.
No había pedido aquella prueba para salvar mi matrimonio.
Ese matrimonio llevaba años muerto.
La había pedido porque necesitaba abrir la primera puerta.
Todavía quedaban muchas más.
Mi abogado colocó entonces un segundo sobre sobre la mesa.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—La segunda muestra que mi clienta mencionó hace una semana.
Natalie perdió completamente el color.
—No…
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Por favor…
No la abra.
Walker la observó con serenidad.
—Esta prueba no fue solicitada por el señor Hale.
Fue solicitada por la señorita Bennett hace tres meses.
Adrian me miró desconcertado.
—¿Tres meses?
Asentí.
—Empecé a investigar mucho antes de llegar al hospital.
Natalie retrocedió un paso.
—Emma…
No hagas esto.
Abrí lentamente la carpeta.
Dentro no había un informe de ADN infantil.
Había otro estudio genético completamente distinto.
Realizado entre dos adultos.
Walker leyó la conclusión.
—La señorita Emma Bennett y la señora Natalie Brooks no presentan ningún vínculo biológico.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Respiré profundamente.
—Significa que Natalie no se acercó a mí porque el destino nos hizo amigas.
La miré directamente.
—Ahora puedes contarles por qué apareciste en mi universidad hace diez años exactamente una semana después de que muriera mi padre.
Natalie comenzó a llorar.
Esta vez de verdad.
Nadie habló durante casi un minuto.
Finalmente fue ella quien rompió el silencio.
—Yo…
No fue casualidad.
Adrian la observaba sin comprender.
Natalie bajó la cabeza.
—Mi madre trabajaba para una empresa de inversiones.
Allí conoció a un hombre.
Un hombre que llevaba meses intentando comprar los terrenos que pertenecían a la familia Bennett.
Mi abogado deslizó otra carpeta sobre la mesa.
—Tenemos los contratos.
Natalie cerró los ojos.
Sabía exactamente lo que había dentro.
Walker continuó.
—Hace diez años, varias sociedades intentaron adquirir las propiedades heredadas por la familia Bennett.
Todas recibieron la misma respuesta.
No estaban en venta.
Después de eso…
Abrió la siguiente página.
—Alguien decidió utilizar otro método.
Adrian comenzó a comprender que aquello ya no tenía relación con una infidelidad.
Era mucho más antiguo.
Mucho más grande.
Saqué una fotografía antigua.
Aparecíamos Natalie y yo el primer día de universidad.
Las dos sonriendo.
Las dos abrazadas.
La dejé frente a ella.
—¿Recuerdas ese día?
Natalie rompió a llorar.
—Sí.
—Fue el mismo día en que recibiste tu primer pago.
Adrian levantó bruscamente la cabeza.
—¿Pago?
Walker colocó un extracto bancario junto a la fotografía.
Una transferencia.
Fecha exacta.
Mismo día.
Mismo banco.
Beneficiaria:
Natalie Brooks.
Concepto:
Honorarios iniciales.
Adrian comenzó a mirar a Natalie como si no la conociera.
—¿Quién te pagó?
Ella permanecía inmóvil.
Walker abrió la última carpeta.
—Eso nos lleva al verdadero motivo por el que esta amistad comenzó.
Sacó una fotografía tomada once años atrás.
En ella aparecía un hombre estrechando la mano del padre de Emma durante una reunión empresarial.
Después otra fotografía.
El mismo hombre.
Diez años más tarde.
Sentado junto a Natalie en una cafetería.
Walker dejó ambas imágenes sobre la mesa.
—El nombre de ese hombre aparece en todos los documentos relacionados con esta investigación.
Adrian tomó la fotografía con manos temblorosas.
Leyó lentamente el nombre escrito al reverso.
Su rostro perdió todo el color.
—No…
Eso no puede ser.

Emma lo observó sin emoción.
—Sí puede.
Porque el hombre que pagó para que Natalie entrara en mi vida hace diez años…
Era la misma persona que financió tu empresa cuando estabas a punto de declararte en quiebra.