Las puertas del ascensor terminaron de cerrarse.
No miré hacia atrás.
Si Gabriel había decidido quedarse inmóvil mientras sus tres hijos salían de su vida, yo no iba a regalarle una última oportunidad de parecer un buen padre.
Ethan sujetaba con fuerza el asa del coche donde dormían los gemelos.
—¿Mamá… papá no viene?
Lo abracé por los hombros.
—No, cariño.
Él bajó la cabeza.
No lloró.
Aquello dolía mucho más.
Esa misma noche llegamos a un pequeño apartamento amueblado que había alquilado semanas antes.
Era modesto.
Dos habitaciones.
Una cocina diminuta.
Y una ventana desde la que apenas se veía el edificio de enfrente.
Pero por primera vez en años respiré tranquila.
Acosté primero a Noah y Liam.
Después ayudé a Ethan a ponerse el pijama.
Cuando terminé de arroparlo, me hizo una pregunta que llevaba demasiado tiempo guardándose.
—¿Papá ya no nos quiere?
Sentí que el corazón se detenía.
Me senté junto a él.
—Hay personas que no saben querer como deberían.
Eso nunca será culpa tuya.
Ni de tus hermanos.
Ethan asintió lentamente.
—Entonces… ¿puedo seguir dibujándonos?
Sonreí entre lágrimas.
—Siempre.
A la mañana siguiente sonó mi teléfono.
Era un número desconocido.
—¿La señora Emily Foster?
—Ya no soy Foster.
Hubo un breve silencio.
—Disculpe… ¿la señora Emily Bennett?
—Sí.
—Mi nombre es Harold Whitmore. Soy el abogado del señor Arthur Laurent.
El apellido me hizo fruncir el ceño.
Laurent.
El mismo apellido de Isabella.
—Creo que se equivoca de persona.
—No.
Revisé personalmente el expediente antes de llamarla.
Necesito verla hoy mismo.
Es un asunto relacionado con la sucesión del señor Laurent.
Dos horas después entré en un antiguo despacho del centro de la ciudad.
El abogado debía rondar los setenta años.
Sacó una carpeta gruesa del archivador.
—¿Conoció usted al señor Arthur Laurent?
Negué.
—Nunca.
—Él sí la conocía a usted.
Mi sorpresa debió de reflejarse por completo en el rostro.
—No entiendo.
Whitmore deslizó una fotografía sobre la mesa.
En ella aparecía un hombre mayor sosteniendo a Ethan cuando apenas era un recién nacido.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Hace tres años.
—Eso es imposible.
Jamás lo había visto.
El abogado respiró despacio.
—Porque él pidió expresamente que usted nunca supiera quién era.
Emily permanecía inmóvil.
—Explíquese.
Whitmore abrió otra carpeta.
—Arthur Laurent era el abuelo paterno de Isabella.
También era fundador del Grupo Laurent, uno de los mayores consorcios inmobiliarios del país.
Emily frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
El abogado la miró fijamente.
—Mucho.
El señor Laurent investigó personalmente a Gabriel Foster antes de que iniciara su relación con su nieta.
Conocía perfectamente sus ambiciones.
Sabía que Gabriel estaba interesado en entrar en la familia por motivos económicos.
Emily sintió un nudo en el estómago.
—¿Isabella lo sabía?
—No.
Arthur Laurent jamás compartió esas investigaciones.
Prefería observar.
Esperar.
Y comprobar quién permanecía cuando desaparecía la posibilidad del dinero.
Whitmore sacó entonces un sobre sellado.
—Este documento solo podía entregarse después de que se produjera legalmente su divorcio.
Lo abrió delante de ella.
Dentro había una copia certificada de un testamento.
El abogado señaló un párrafo.
Emily comenzó a leer.
Las manos empezaron a temblarle.
—No…
Volvió a leerlo.
No podía haber entendido bien.
—¿Esto es auténtico?
—Completamente.
Whitmore asintió.
—Fue protocolizado hace dos años.
Emily levantó lentamente la vista.
—Aquí dice que…
El abogado terminó la frase por ella.
—Que los tres hijos nacidos de su matrimonio con Gabriel Foster fueron designados como beneficiarios principales de un fideicomiso familiar constituido por Arthur Laurent.
Emily apenas podía respirar.
—¿Por qué alguien que nunca conocí haría algo así?
Whitmore guardó unos segundos de silencio.
—Porque, según dejó escrito, fueron las únicas personas completamente inocentes en una guerra de intereses que destruyó a dos familias.
Emily volvió a mirar el documento.
La cifra aparecía claramente escrita en la última página.
No era una casa.
Ni una cuenta bancaria.
Era un patrimonio valorado en cientos de millones de dólares, administrado mediante un fideicomiso irrevocable hasta que los tres niños alcanzaran la mayoría de edad.
—Gabriel… nunca supo esto…
Whitmore negó con tranquilidad.
—No.
Y tampoco Isabella.
El señor Laurent fue extremadamente cuidadoso.
Solo había una condición para recibir la herencia.
Emily recorrió lentamente la última cláusula.
Su rostro perdió el color.
—¿Cuál es?
El abogado cerró la carpeta con delicadeza.
—Que el padre de los menores renunciara voluntariamente a cualquier derecho sobre ellos antes de que el fideicomiso pudiera hacerse efectivo.
Emily dejó caer el testamento sobre la mesa.
Recordó la noche anterior.
La firma rápida de Gabriel.

Su indiferencia.
Su alivio al verla marcharse con los tres niños.
Y comprendió que, al estampar aquella firma sin mirar siquiera a sus hijos, no solo había abandonado a su familia.
Acababa de cerrar para siempre la única puerta que le habría permitido formar parte de la mayor fortuna que llevaba años creyendo destinada a Isabella.