PARTE 2: EL PLANO QUE NUNCA DEBIÓ DESAPARECER

Mariana no durmió.

Lucía despertó dos veces para comer y volvió a quedarse dormida sobre su pecho, ajena al torbellino que acababa de cambiar la vida de su madre.

A las ocho y media de la mañana, Mariana ya estaba sentada frente al escritorio de Claudia Rivas.

La abogada colocó tres carpetas sobre la mesa.

—Anoche revisé todo el historial registral de la propiedad.

Mariana frunció el ceño.

—¿Y?

Claudia abrió la primera carpeta.

—El comprador privado que preguntó por la casa hace dos años no buscaba cualquier residencia.

Deslizó una hoja.

—Buscaba específicamente este terreno.

Daniela se inclinó para leer.

La oferta estaba fechada veintiséis meses atrás.

Mucho antes del embarazo.

Mucho antes del matrimonio empezara a deteriorarse.

—¿Quién hizo la oferta? —preguntó Mariana.

Claudia negó lentamente.

—La presentó una empresa inmobiliaria.

Pero la sociedad cambió de nombre tres veces.

Los representantes también.

Todo parece diseñado para ocultar al verdadero interesado.


En ese momento sonó el teléfono de Claudia.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Después activó el altavoz.

Era Eugenio, el corredor inmobiliario.

—Encontré algo raro.

Todos guardaron silencio.

—El supuesto comprador acaba de llamar otra vez.

Dice que sigue dispuesto a pagar incluso por encima del valor comercial.

Pero hizo una condición muy extraña.

Mariana sintió un nudo en el estómago.

—¿Cuál?

—Quiere la propiedad exactamente como está.

Sin remodelaciones.

Sin retirar pisos.

Sin hacer excavaciones antes de la venta.

Daniela levantó la vista.

—¿Por qué alguien pediría eso?

Nadie respondió.


Claudia abrió una segunda carpeta.

—Anoche también revisé los planos originales de construcción.

Sacó varias láminas amarillentas.

Las extendió sobre la mesa.

Mariana las reconoció enseguida.

Había supervisado personalmente la remodelación años atrás.

Pero algo llamó su atención.

—Ese cuarto no existe.

Señaló un pequeño rectángulo dibujado debajo del ala norte de la casa.

Claudia asintió.

—Exacto.

En los planos originales aparece un sótano técnico.

Cuando tú compraste la propiedad ya no figuraba.

—¿Lo eliminaron?

—No.

Simplemente dejó de aparecer en las versiones posteriores.

Daniela observó los documentos.

—¿Y físicamente?

Claudia respiró hondo.

—No lo sabemos.


Mariana recordó de pronto una conversación ocurrida meses antes.

Durante el embarazo.

Esteban había insistido varias veces en remodelar la bodega.

—Ese cuarto viejo ocupa espacio inútil.

Ella se negó.

—Prefiero dejar la casa como está.

Él insistió durante semanas.

Incluso había llevado a un arquitecto sin consultarla.

Ahora todo adquiría otro significado.


A media mañana volvió a vibrar el teléfono.

Era Esteban.

Mariana respondió.

—¿Cómo está mi hija? —preguntó él con una tranquilidad irritante.

—Bien.

—Mamá dice que ya se te pasará el enojo.

Mariana guardó silencio.

Entonces escuchó otra voz al fondo.

La de doña Beatriz.

—Pregúntale si ya habló con el corredor.

Esteban creyó haber tapado el micrófono.

No lo consiguió.

Mariana no dijo nada.

Solo escuchó.

—Si acepta vender esta semana, el problema desaparece.

La llamada terminó segundos después.

Claudia anotó la hora.

—No mencionaron la casa por casualidad.


Esa misma tarde solicitaron copia del expediente municipal de la construcción.

El funcionario tardó varios minutos en regresar.

Traía el ceño fruncido.

—Hay un problema.

—¿Cuál? —preguntó Claudia.

—Falta una parte del archivo.

—¿Qué parte?

El empleado dudó.

—Precisamente los planos correspondientes al sótano original.

Mariana sintió un escalofrío.

—¿Se perdieron?

El hombre negó lentamente.

—No aparecen como extraviados.

Aparecen retirados hace dieciocho meses.

Claudia tomó aire.

—¿Quién los retiró?

El funcionario consultó nuevamente la pantalla.

Después leyó el registro.

—La autorización fue firmada por el propietario autorizado para realizar gestiones técnicas de la vivienda.

Mariana frunció el ceño.

—Yo nunca vine.

El empleado terminó de leer el nombre.

Y toda la oficina quedó en silencio.

—La solicitud fue presentada por… Esteban Sandoval.

Mariana comprendió entonces que cambiar la clave de la puerta nunca había sido el verdadero objetivo.

Alguien llevaba al menos año y medio intentando ocultar lo que existía bajo aquella mansión.

Y la llamada de esa mañana confirmó algo aún más inquietante:

Había personas dispuestas a pagar millones por la casa… sin importar quién viviera en ella, siempre que nadie descubriera primero lo que permanecía enterrado bajo sus cimientos.

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