PARTE 2: NUNCA DEJÓ DE BUSCARME

Me quedé mirando aquella fotografía durante varios segundos.

Podía recordar el vestido amarillo.

La corona de papel.

Incluso el árbol bajo el que habíamos jugado aquella tarde.

Pero no recordaba esa frase.

“Todavía estoy esperando.”

Levanté lentamente la vista.

—¿Guardaste esto… diecinueve años?

Julian sonrió con tranquilidad.

—Veintidós.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—La escribí tres años después de mudarnos.

Cuando tenía nueve.

No sabía dónde estabas, pero seguía creyendo que algún día volveríamos a encontrarnos.

No supe qué responder.

Él deslizó la fotografía hacia su lado y, por primera vez desde que entró en la sala, dejó de bromear.

—Emma.

Esta sí será una entrevista normal.

Respiré con alivio.

—Gracias.

—Porque no pienso contratarte solo por conocerte.

Asentí.

—Eso espero.

Durante la siguiente hora me hizo preguntas sobre estrategia, análisis financiero, gestión de proyectos y resolución de conflictos.

No fue amable.

Tampoco intentó ayudarme.

Cada respuesta era seguida por otra pregunta aún más difícil.

Cuando terminamos, cerró mi expediente.

—Eso es todo.

Me puse de pie.

—Gracias por su tiempo.

Él también se levantó.

—Recursos Humanos te llamará.

Nada más.

Ni una palabra sobre aquella promesa.

Ni una insinuación.

Salí convencida de que había arruinado la entrevista.

Tres días después sonó mi teléfono.

—¿Señorita Emma Collins?

—Sí.

—La llamamos de Parker Global.

Queremos ofrecerle el puesto de gerente de proyectos.

Sonreí por primera vez en semanas.

—Acepto.

Mi primer día fue exactamente como esperaba.

Mucho trabajo.

Muchas reuniones.

Y ninguna atención especial.

De hecho, apenas vi a Julian.

Los empleados hablaban de él con una mezcla de respeto y miedo.

—Llega antes que todos.

—Se sabe el nombre de casi toda la plantilla.

—Nunca levanta la voz.

Pero cuando dice “no”, la discusión termina.

Durante dos meses nuestra relación fue estrictamente profesional.

Hasta que una tarde, al salir de la oficina, encontré una pequeña caja sobre mi escritorio.

Dentro había una corona de papel.

Perfectamente doblada.

Y una nota.

“La primera ya no existe. Tuve que hacer otra.”

No tenía firma.

No hacía falta.

Aquella noche llamé a mi madre.

—Mamá…

—¿Cómo va el nuevo trabajo?

—¿Recuerdas al chico de al lado?

Al otro lado de la línea hubo un largo silencio.

—¿Julian Parker?

—Sí.

—¿Qué pasa con él?

Respiré hondo.

—Es mi director.

Mi madre soltó una carcajada.

—¡No puede ser!

Después dejó de reír.

—Espera…

No me digas…

¿Todavía recuerda aquella promesa?

Miré la corona de papel que seguía sobre mi mesa.

—Creo que nunca la olvidó.

Mi madre guardó silencio unos segundos.

Luego dijo algo que jamás me había contado.

—Emma…

El día que se mudó, Julian lloró toda la noche.

Su madre me llamó.

Pensé que estaba triste por cambiar de ciudad.

Pero ella me dijo otra cosa.

“Mi hijo insiste en que volverá para casarse con Emma.”

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque eras una niña.

Y porque pensé que los dos lo olvidarían.

Una semana después tuve que presentar un proyecto frente al consejo de administración.

Era la reunión más importante de mi carrera.

Cuando terminé, uno de los consejeros hizo una pregunta especialmente complicada.

Respondí con calma.

Después otra.

Y otra más.

Al finalizar, la sala quedó en silencio.

Julian fue el primero en hablar.

—Queda aprobado.

Los demás consejeros asintieron.

La reunión terminó.

Cuando todos salieron, él permaneció sentado.

Yo también.

Entonces abrió lentamente un cajón de su escritorio.

Sacó una carpeta muy gastada.

La dejó frente a mí.

—Antes de que te vayas…

Hay algo que quiero enseñarte.

Dentro había copias impresas de correos electrónicos, antiguos anuncios, fotografías de reuniones de antiguos alumnos y búsquedas en redes sociales.

Todos tenían algo en común.

Mi nombre.

Lo miré, completamente desconcertada.

Julian sonrió con una mezcla de timidez y resignación.

—No dejé de buscarte cuando nos mudamos.

Hizo una breve pausa.

—Solo tardé diecinueve años en encontrarte.

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