PARTE 2: LA MUJER QUE ABANDONÓ NO ERA UNA EXTRAÑA

El silencio cayó sobre el salón principal de la hacienda.

Las copas quedaron suspendidas en el aire.

Los tres empresarios dejaron de hablar.

Ramiro dio un paso hacia atrás.

—¿Qué dijiste?

Tomasa se sostuvo del brazo de don Julián. El cansancio era evidente, pero su voz salió firme.

—No soy una desconocida, Ramiro.

Él negó con la cabeza.

—Mi madre murió hace treinta años.

—Eso fue lo que tu padre te hizo creer.

Nadie respiraba.

Marisela, todavía temblando por el frío y el agotamiento, observó a su esposo. Era la primera vez desde que lo conocía que lo veía completamente descompuesto.

—Estás mintiendo —murmuró Ramiro.

Tomasa metió la mano en el bolsillo de su viejo chal.

Sacó un pequeño medallón de plata.

Lo abrió lentamente.

Dentro había una fotografía antigua.

Un niño de unos cinco años abrazaba a una mujer joven.

Don Julián dio un paso adelante.

—Ese eres tú, patrón.

Ramiro tomó el medallón con manos temblorosas.

Era él.

No había duda.

La cicatriz sobre la ceja izquierda aparecía exactamente igual que la conservaba hasta el día de hoy.

Su respiración empezó a acelerarse.

—¿Cómo…?

Tomasa cerró los ojos unos segundos.

—Tu padre me echó de la hacienda cuando enfermó el ganado. Dijo que yo traía mala suerte y que un niño heredero necesitaba crecer lejos de una mujer débil.

Los empresarios comenzaron a intercambiar miradas incómodas.

Ramiro permanecía inmóvil.

Toda su vida había crecido creyendo que su madre había muerto.

Ahora aquella mujer estaba delante de él.

Viva.

Y con una historia completamente distinta.

Tomasa continuó.

—Intenté volver muchas veces.

Miró a Cenizo, que yacía sobre una manta mientras un veterinario improvisado limpiaba sus heridas.

—Pero siempre me cerraron las puertas.

Don Julián bajó la cabeza.

—Yo era muy joven entonces.

No pude hacer nada.

Ramiro sintió un nudo en la garganta.

Por primera vez empezaba a comprender que gran parte de su vida estaba construida sobre mentiras.

Entonces uno de los empresarios rompió el silencio.

—Señor Ramiro…

Todos giraron hacia él.

—¿Es cierto que abandonó a su esposa embarazada en la sierra esta misma tarde?

Nadie respondió.

Marisela levantó lentamente la vista.

No necesitaba decir una palabra.

El estado de su ropa, el barro en sus zapatos y las heridas de Cenizo hablaban por sí solos.

Otro de los inversionistas dejó su copa sobre la mesa.

—Nos dijeron que usted era un hombre de palabra.

Miró al perro herido.

—Pero parece que el único leal en esta hacienda es ese animal.

Las palabras cayeron como piedras.

Ramiro quiso explicarse.

—Fue un malentendido…

—¿También es un malentendido que un perro haya recorrido la montaña tres veces mientras usted seguía brindando?

Nadie salió en su defensa.

Ni siquiera sus propios empleados.

Don Julián dio un paso al frente.

—Yo vi la tela del vestido desde la primera vez que Cenizo volvió.

Le advertí.

Usted decidió quedarse.

El salón quedó completamente en silencio.

Los compradores comenzaron a recoger lentamente sus carpetas.

—Señor Ramiro —dijo el mayor de ellos—, nuestra empresa hace negocios con personas confiables.

No con hombres que abandonan a una mujer embarazada para cerrar un contrato.

Cerró su portafolio.

—La negociación termina aquí.

Los otros dos hicieron exactamente lo mismo.

Ramiro sintió que el mundo empezaba a derrumbarse.

El contrato más importante de su vida acababa de desaparecer.

Pero aún no era lo peor.

Mientras todos observaban la escena, Cenizo levantó con dificultad la cabeza.

Lanzó un débil ladrido.

Después caminó cojeando hasta una vieja alacena de madera situada junto a la chimenea.

Empezó a rascar desesperadamente la puerta inferior.

Una.

Dos.

Tres veces.

Tomasa palideció.

—No…

Susurró casi sin voz.

—Todavía sigue ahí.

Don Julián frunció el ceño.

—¿Qué hay dentro?

La anciana miró directamente a Ramiro.

Con lágrimas contenidas respondió:

—La única prueba que demuestra quién provocó realmente la tragedia que destruyó esta familia hace treinta años… y por la que tu padre me obligó a desaparecer.

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