PARTE 2: LA LLAVE ABRÍA ALGO QUE NADIE DEBÍA VER

Sebastián permaneció de rodillas.

No dijo una palabra.

Solo observó las cicatrices que recorrían las muñecas de Renata como viejas cadenas dibujadas sobre la piel.

Ella bajó lentamente el vestido para cubrirse.

—Ya viste demasiado.

Él negó con la cabeza.

—No. Apenas empiezo a entender.

Renata soltó una risa amarga.

—Eso mismo dijo mi madre antes de morir.

El silencio llenó la habitación.

Afuera seguía escuchándose la música de la boda. Los invitados brindaban, reían y celebraban el supuesto matrimonio perfecto mientras, a pocos metros, la hija del anfitrión temblaba cada vez que alguien pronunciaba el nombre de su padre.

Sebastián respiró hondo.

—Enséñame la llave.

Renata dudó unos segundos.

Después abrió con cuidado el forro interior del corsé.

La pequeña llave de latón seguía cosida entre las telas, manchada con unas gotas de sangre.

Sebastián la tomó entre los dedos.

Era antigua.

Muy antigua.

En uno de sus lados había un grabado casi borrado.

E.V.

—¿Elena Villaseñor? —preguntó.

Renata asintió.

—Mi madre mandó fabricar tres iguales.

—¿Tres?

—Solo encontré una.

Sebastián levantó la vista.

—¿Las otras dos?

—Desaparecieron el mismo día que ella murió.

Aquella respuesta hizo que todo cobrara un significado distinto.

No era una simple llave.

Formaba parte de algo mucho mayor.

En ese momento alguien golpeó la puerta.

Tres golpes secos.

—Señorita Renata.

Era la voz del mayordomo.

—El señor Octavio desea verla inmediatamente.

Renata palideció.

Sebastián respondió antes que ella.

—Mi esposa está descansando.

Del otro lado hubo un breve silencio.

—El señor dice que es urgente.

—Mañana.

—Esta noche.

La insistencia no sonaba a petición.

Sonaba a orden.

Sebastián esperó hasta escuchar los pasos alejarse.

Después cerró el seguro de la puerta.

—Tenemos que salir de aquí.

Renata negó de inmediato.

—No podemos.

—¿Por qué?

—Porque toda la hacienda está llena de gente de mi padre.

Ella caminó hasta la ventana.

Desde allí podían verse camionetas negras estacionadas alrededor de la propiedad.

Hombres vestidos con traje permanecían vigilando discretamente cada acceso.

No eran escoltas para proteger una boda.

Parecían vigilantes impidiendo que alguien escapara.

Sebastián comprendió entonces algo inquietante.

No estaban allí para cuidar a los invitados.

Estaban allí para vigilar a Renata.

Sacó el teléfono del bolsillo.

Marcó un número.

Respondieron al segundo tono.

—Licenciado Ernesto Salazar.

—Soy Sebastián Alcázar.

—Felicidades por la boda.

—Necesito que me escuche con atención.

El abogado percibió inmediatamente el cambio en su voz.

—¿Qué ocurrió?

Sebastián miró a Renata.

—Quiero saber todo lo que exista sobre la muerte de Elena Villaseñor.

Hubo un silencio.

Demasiado largo.

Finalmente el abogado habló.

—Ese expediente desapareció hace doce años.

—Entonces búsquelo otra vez.

—Sebastián…

—Y otra cosa.

Apretó la pequeña llave en la mano.

—Necesito localizar una caja fuerte, un archivo o cualquier propiedad registrada por Elena Villaseñor antes de morir.

Del otro lado volvió el silencio.

Después el abogado hizo una pregunta inesperada.

—¿La llave sigue existiendo?

Sebastián sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabe que hay una llave?

—Porque hace doce años Elena vino a mi despacho.

Renata levantó bruscamente la cabeza.

El abogado continuó hablando con voz baja.

—Me dijo que, si alguna vez su hija aparecía con esa llave, significaba que ella había descubierto la verdad demasiado tarde.

Sebastián y Renata se miraron sin poder hablar.

—¿Qué verdad? —preguntó Sebastián.

La respuesta llegó lentamente.

—Que su muerte nunca fue investigada como homicidio porque alguien compró a todos los testigos.

Renata sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Sebastián la sujetó antes de que cayera.

El abogado añadió una última frase.

—Y escúcheme bien: si Octavio sabe que ustedes tienen esa llave, no intentará recuperarla.

Hizo una pausa.

—Intentará asegurarse de que ninguno de los dos llegue vivo al amanecer.

En ese mismo instante, todas las luces de la habitación se apagaron.

La música de la boda cesó de golpe.

Y desde el otro lado de la puerta se escuchó el inconfundible sonido de una llave girando lentamente en la cerradura.

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