PARTE 2: EL ÚLTIMO REGALO

A la mañana siguiente me levanté antes del amanecer.

Adrián seguía dormido.

Su brazo todavía rodeaba mi cintura con la misma ternura de todas las noches.

Lo aparté con cuidado.

Lo observé durante unos segundos.

Aquel hombre había sido el amor de mi vida.

Y también la herida más profunda que había conocido.

Bajé al despacho.

Abrí la caja fuerte.

Dentro seguían todos los documentos de nuestra segunda boda.

El certificado matrimonial.

Las escrituras de la mansión.

Las acciones que Adrián había transferido a mi nombre cuando regresamos a casarnos.

También encontré un sobre lacrado.

Reconocí inmediatamente su letra.

“Para Elena. Solo si vuelvo a decepcionarte.”

Sentí un escalofrío.

Lo abrí.

Había una carta.

“Si estás leyendo esto, significa que fracasé otra vez.”

“No tengo derecho a pedirte perdón.”

“Todo lo que poseo ya está preparado para pasar a tu nombre.”

“No quiero que vuelvas a empezar desde cero por mi culpa.”

Doblé lentamente el papel.

Ya no necesitaba su dinero.

Necesitaba paz.

Saqué un bolígrafo.

Firmé la solicitud de divorcio.

La dejé exactamente sobre el escritorio donde él revisaba todos los días sus contratos.

Esta vez no escondería nada.

Quería que la viera.

Quería que la firmara sabiendo perfectamente lo que hacía.


Durante los siguientes días fingí que todo seguía igual.

Desayunábamos juntos.

Él me preguntaba cómo me sentía.

Yo respondía con una sonrisa.

Cada noche volvía temprano.

Cada noche revisaba el teléfono delante de mí para demostrarme que ya no ocultaba nada.

Pero cada tarde desaparecía durante una hora.

Yo ya sabía adónde iba.

Al hospital.

Con Vanessa.

No necesitaba seguirlo.

Un detective privado ya me enviaba fotografías.

Las imágenes no mostraban besos.

Ni abrazos románticos.

Mostraban algo distinto.

Adrián firmando formularios médicos.

Pagando tratamientos.

Asistiendo a todas las consultas obstétricas.

En todos los documentos aparecía como:

Padre del bebé.

No importaba cuántas explicaciones intentara darme.

Para el mundo, aquel hijo era suyo.

Y él había decidido asumir ese lugar.


Faltaban tres días para mi vuelo a Londres cuando recibí una llamada inesperada.

No era Adrián.

Era Vanessa.

—Necesito verte.

Estuve a punto de colgar.

Pero añadió una frase que me hizo detenerme.

—Hay algo que Adrián nunca tuvo el valor de contarte.

Acepté.

Nos encontramos en una cafetería casi vacía.

Vanessa parecía agotada.

Había perdido peso.

Las ojeras le marcaban el rostro.

Se sentó frente a mí sin levantar la mirada.

—No vine a pedirte que me perdones.

Guardó silencio unos segundos.

—Tampoco quiero quitarte a tu esposo.

La observé sin responder.

Entonces deslizó una carpeta hacia mí.

Dentro había resultados médicos.

Ecografías.

Análisis.

Y un documento firmado por una clínica de fertilidad.

Leí la primera línea.

Sentí que el corazón se detenía.

“Procedimiento de fecundación in vitro con donante identificado.”

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa esto?

Vanessa comenzó a llorar.

—Adrián no es el padre biológico.

La miré incrédula.

—¿Qué acabas de decir?

—El bebé no fue concebido de forma natural.

Sacó otro documento.

—Hace años congelaron muestras de Adrián antes de una cirugía.

Respiró profundamente.

—Su abuela quería ver un bisnieto antes de morir.

—Y… él aceptó donar una de esas muestras.

El mundo comenzó a girar.

—Nunca volvió a tocarme.

—Nunca volvió a acostarse conmigo.

Levantó la cabeza por primera vez.

—Lo único que hizo fue cometer el mismo error de siempre.

Sonrió con amargura.

—Creyó que podía resolver la vida de todos… sin preguntarte qué querías tú.

Sentí un dolor extraño.

No era alivio.

Tampoco consuelo.

Porque la verdad no cambiaba lo esencial.

Adrián seguía tomando las decisiones más importantes de nuestro matrimonio a mis espaldas.

Seguía creyendo que podía sacrificar mi confianza para proteger a otros.

Vanessa secó sus lágrimas.

—Hay otra cosa.

Empujó hacia mí una última hoja.

Era un informe médico reciente.

Lo leí despacio.

Luego volví a leerlo.

Mis manos comenzaron a temblar.

En la esquina superior aparecía mi nombre completo.

ELENA BLACKWOOD.

Debajo, una frase resaltada por el especialista.

“La paciente presenta un embarazo intrauterino de aproximadamente seis semanas.”

Levanté lentamente la vista.

Vanessa sonrió con tristeza.

—Felicidades…

—Tú también vas a ser madre.

Y, sin saberlo, Adrián Blackwood acababa de convertirse en el padre de dos hijos… mientras estaba a punto de perder para siempre a la única mujer con la que realmente quería formar una familia.

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