PARTE 2: EL HOMBRE MUERTO

No dormí.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el anillo girando entre sus dedos.

A las seis de la mañana ya estaba en el restaurante del hotel, desde donde podía observar la entrada principal.

Emiliano desayunaba en silencio.

No era el silencio de un niño.

Era el de alguien que necesitaba respuestas demasiado grandes para su edad.

—Mamá…

Le tomé la mano.

—Todavía no sabemos qué está pasando.

Él negó despacio.

—Sí sabemos.

Bajó la mirada hacia su vaso de jugo.

—Papá está vivo.

No encontré palabras para responder.


A las siete y veinte apareció.

Vestía un pantalón de lino beige, camisa blanca y gafas oscuras.

La mujer rubia caminaba a su lado.

Él llevaba una gorra, pero no suficiente para ocultar su rostro.

Se dirigieron al mostrador de recepción.

Esperé unos segundos.

Luego caminé hasta allí.

La recepcionista sonrió.

—¿En qué puedo ayudarla?

Saqué discretamente una tarjeta del abogado Daniel Rojas.

—Necesito confirmar si un huésped ya hizo el check-out.

Ella observó la tarjeta.

Después bajó la voz.

—Lo siento, no puedo dar información.

En ese momento el hombre dejó caer accidentalmente una carpeta sobre el piso.

Varios documentos quedaron esparcidos.

Me acerqué instintivamente para ayudar.

Él levantó la cabeza.

Nuestros ojos volvieron a encontrarse.

Esta vez no había escapatoria.

Su rostro perdió completamente el color.

—Julia…

Sus labios pronunciaron mi nombre sin emitir sonido.

La mujer rubia frunció el ceño.

—¿La conoces?

Él tardó varios segundos en responder.

—No.

Mentía exactamente igual que antes.

Mirando apenas hacia la derecha.

Lo conocía demasiado bien.

Recogió los documentos con evidente nerviosismo.

Pero uno quedó a mis pies.

Lo levanté.

No era un boleto.

Ni una reserva.

Era una copia de un pasaporte.

Nombre:

Gabriel Ferrer.

Fotografía:

Cristián.

Mi esposo muerto.

Él me arrebató la hoja de inmediato.

—Disculpe.

Su voz era completamente distinta.

Fría.

Desconocida.

La mujer rubia tomó su brazo.

—Gabriel, llegaremos tarde.

Gabriel.

Así lo llamaba.

Como si realmente creyera que ese era su nombre.

Los vi alejarse.

Daniel me llamó justo en ese momento.

—Julia.

—Lo encontré.

—Escúchame con atención.

Su tono era mucho más serio de lo habitual.

—Anoche hice algunas consultas.

Caminé hasta una zona apartada del jardín.

—¿Qué descubriste?

Hubo unos segundos de silencio.

—Ese hombre existe legalmente desde hace tres años.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien construyó una identidad completa.

Pasaporte.

Licencia.

Cuentas bancarias.

Número fiscal.

Todo.

Respiré hondo.

—Entonces Cristián fingió su muerte.

—No necesariamente.

Aquella respuesta me desconcertó.

—¿Cómo?

Daniel habló todavía más despacio.

—Porque el verdadero Gabriel Ferrer murió hace doce años en un accidente de tránsito en Argentina.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué acabas de decir?

—La identidad pertenece a un hombre fallecido.

Apreté el teléfono con fuerza.

—Eso es imposible.

—Hay algo peor.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme con violencia.

—¿Qué?

Daniel respiró profundamente antes de responder.

—Mientras investigaba encontré un expediente reservado de la Fiscalía General.

Bajó aún más la voz.

—Julia… Cristián Navarro no fue la única persona declarada muerta que después apareció usando otra identidad.

Miré hacia la piscina.

Cristián… o Gabriel… acababa de subir a una camioneta negra.

Antes de cerrar la puerta volvió la cabeza.

Me estaba observando.

Como si supiera exactamente con quién acababa de hablar.

Y entonces sonó un mensaje en mi teléfono enviado desde un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Era una imagen tomada esa misma mañana.

Mostraba a Emiliano jugando solo en la playa.

Debajo aparecía una única frase:

“Si quieres seguir creyendo que tu hijo está seguro, deja de seguirme.”

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