PARTE 2: EL “NO” FRENTE AL ALTAR

Enrique sintió que las manos comenzaban a temblarle.

Volvió a mirar el resultado.

Probabilidad de paternidad: 0.00%.

La fecha era de cuatro días atrás.

El laboratorio era uno de los más reconocidos de la Ciudad de México.

Levantó lentamente la vista.

Jimena seguía sonriendo frente al sacerdote.

No sabía que, en apenas unos segundos, todo había cambiado.

—¿Amor? —susurró ella—. Guarda el teléfono.

Él no respondió.

Abrió el segundo archivo.

Venía acompañado de un mensaje de su madre.

“No quería enviarte esto el día de tu boda. Prefería perder tu cariño antes que destruir tu felicidad. Pero ya no podía permitir que firmaras una mentira.”

Enrique sintió un nudo en la garganta.

El sacerdote continuó la ceremonia sin notar lo que ocurría.

—El matrimonio es un compromiso basado en la verdad…

La palabra verdad pareció golpearlo.

Jimena volvió a apretarle la mano.

—¿Qué pasa?

Él la soltó lentamente.

—¿Cuándo te hiciste la prueba?

Ella parpadeó.

—¿Qué prueba?

—La de ADN.

Por primera vez, el color abandonó su rostro.

—No sé de qué hablas.

Enrique levantó el teléfono.

—Entonces explícame esto.

Jimena apenas alcanzó a ver la pantalla.

Retrocedió un paso.

—Eso… eso está manipulado.

Su madre, Perla, se puso de pie inmediatamente.

—¡Alguien quiere arruinar esta boda!

Pero Enrique ya no la escuchaba.

Abrió nuevamente el video.

Lo reprodujo con el volumen al máximo.

La voz de Jimena llenó la iglesia.

—Después de la boda, Enrique firma. La vieja se queda fuera y el bebé asegura todo.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Después apareció Octavio besándola.

El silencio fue absoluto.

El sacerdote dejó de leer.

Nadie se movía.

Jimena dio un paso hacia Enrique.

—Escúchame…

—¿Es mi hijo?

Ella abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Perla intervino rápidamente.

—¡No tienen derecho a exhibir a mi hija!

Enrique no apartó la mirada de Jimena.

Repitió la pregunta.

—¿Es mi hijo?

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de ella.

Pero seguía sin responder.

Ese silencio bastó.

Enrique respiró hondo.

Luego se volvió hacia el sacerdote.

—Padre…

Lo siento.

No puedo casarme.

La iglesia estalló en murmullos.

Jimena intentó sujetarlo del brazo.

Él se apartó.

—No me toques.

Ella comenzó a llorar.

—Yo puedo explicarlo.

Enrique negó lentamente.

—Lo que necesitaba explicar era antes de pedirme que construyera una vida basada en una mentira.

Tomó entonces el teléfono.

Marcó un número.

Contestaron al segundo tono.

—¿Mamá?

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

La voz de doña Renata sonó tranquila.

—Aquí estoy.

Enrique cerró los ojos.

—Perdóname.

Las lágrimas comenzaron a caerle sin poder contenerlas.

—Debí escucharte.

Doña Renata no respondió de inmediato.

Solo preguntó:

—¿Estás bien?

Él miró el altar.

Las flores.

Los invitados.

El vestido blanco.

Todo aquello que, unos minutos antes, representaba el comienzo de una nueva vida.

—Todavía no.

Respondió con honestidad.

—Pero gracias a ti… todavía tengo la oportunidad de empezar una vida verdadera.

En ese momento, las puertas de la iglesia se abrieron.

Doña Renata entró despacio.

Vestía un traje negro sencillo.

No llevaba joyas.

Ni maquillaje especial.

Solo el mismo bolso que había apretado entre las manos el día que su hijo la expulsó de la boda.

Enrique caminó hasta ella.

Frente a más de doscientas personas, se arrodilló.

—Perdóname por haber preferido las mentiras de alguien más antes que los años de amor con los que me criaste.

Doña Renata lo abrazó sin decir una sola palabra.

Porque comprendía algo que ningún triunfo podía igualar:

No había desenmascarado a la novia para vengarse.

Lo había hecho para evitar que su hijo perdiera, en un solo día, la herencia de su padre, su patrimonio… y la confianza en sí mismo.

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