PARTE 2: LA CÁMARA DEL DESCANSO

La ambulancia llegó ocho minutos después.

Recuerdo el sonido de la sirena.

Las luces blancas sobre mi rostro.

Y la voz de Ofelia repitiendo una y otra vez:

—Resista, Mariela… ya casi llegamos.

Después todo se volvió borroso.


Cuando desperté, lo primero que vi fue el techo blanco del hospital.

Sentía el cuerpo pesado.

El vientre vendado.

Una máquina marcaba el ritmo de mi corazón.

Una enfermera se acercó inmediatamente.

—Señora Mariela, por favor no intente levantarse.

La miré desesperada.

—¿Mi bebé?

Ella guardó silencio unos segundos.

—Su hijo sigue con vida.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—Está en terapia neonatal. Los médicos lograron practicar una cesárea de emergencia.

Cerré los ojos.

Gracias a Dios.

—¿Y…?

—Está delicado, pero luchando.

Respiré por primera vez desde que desperté.

Luego recordé.

Renata.

La escalera.

La patada.

Abrí los ojos de golpe.

—Mi teléfono.

La enfermera dudó.

—Debe descansar.

—Por favor.

No quiero hablar con nadie.

Solo tráigame mi teléfono.

Cinco minutos después lo tenía entre las manos.

Había más de cuarenta llamadas perdidas.

Mis hijas.

Mi hermana.

Ofelia.

Y una de Julián Cárdenas.

No respondí ninguna.

Busqué directamente el número de Ofelia.

Contestó al primer tono.

—¡Mariela!

—¿Cómo está Gael?

—Los doctores dicen que es fuerte como tú.

Comencé a llorar.

—Escúchame…

Necesito que hagas una cosa.

—Lo que sea.

Respiré hondo.

—Ve al cuarto de descanso del personal.

Ofelia guardó silencio.

—¿Para qué?

—Sobre el casillero número doce hay una caja azul.

Dentro hay una memoria USB.

Ella parecía confundida.

—¿Qué tiene eso?

Miré hacia la puerta del cuarto.

Me aseguré de que nadie escuchara.

—Hace dos meses instalaron cámaras nuevas en la casa.

Pero no todas pertenecen al sistema principal.

Ofelia tardó unos segundos en comprender.

—¿Qué quieres decir?

—El técnico descubrió que había puntos ciegos en la escalera.

Julián le pidió colocar una cámara adicional mientras reparaban el sistema.

Todavía no la conectaban a la central.

Grababa directamente en esa memoria.

El silencio al otro lado de la línea fue absoluto.

—¿Estás diciendo…?

—Sí.

Todo quedó grabado.

Ofelia respiró agitadamente.

—Renata nunca lo supo.

—Porque la cámara estaba escondida dentro del detector de humo del descanso de la escalera.

Ella comenzó a llorar.

—Voy para allá.


Una hora después volvió a llamarme.

Su voz temblaba.

—La encontré.

—¿Y?

—Vi el video.

Sentí que el corazón golpeaba mi pecho.

—Dime.

Ofelia apenas podía hablar.

—No solo se ve cómo te empuja.

No solo se ve la patada.

También…

Se detuvo unos segundos.

—También se ve que ella misma sacó la pulsera de su bolso antes de empezar a acusarte.

Cerré los ojos.

Exactamente lo que imaginaba.

Renata nunca había perdido aquella joya.

Necesitaba un culpable.

—¿Hay alguien contigo?

—Sí.

El técnico de seguridad.

Él también vio la grabación.

Dice que la copia original sigue intacta y tiene fecha, hora y registro automático.

Una prueba imposible de alterar.

Respiré lentamente.

Por primera vez desde la caída sentí que el miedo comenzaba a desaparecer.

Entonces sonó otro teléfono dentro de la habitación.

Era el mío.

En la pantalla aparecía un nombre.

Julián Cárdenas.

Contesté.

No habló durante varios segundos.

Finalmente dijo:

—Mariela…

Acabo de ver las cámaras principales.

Renata dice que fue un accidente.

Miré hacia la incubadora que podía verse a través del cristal del pasillo.

Pensé en Gael.

En mis hijas.

En toda la sangre que quedó sobre aquel piso de mármol.

Respondí con una calma que ni yo misma conocía.

—Las cámaras que usted vio no muestran todo.

Hubo un largo silencio.

—¿Qué quieres decir?

Apreté el teléfono con fuerza.

—Quiero decir que existe otra grabación.

Una que su prometida jamás imaginó.

Y en ella no aparece una empleada resbalando.

Aparece una mujer embarazada suplicando por la vida de su hijo…

…mientras la persona con la que usted pensaba casarse decide levantar el pie una vez más.

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