PARTE 2: EL REGISTRO QUE NUNCA DEBIÓ DESAPARECER

El comedor quedó completamente en silencio.

Rodrigo observó el testamento sin ocultar su molestia.

—Ese documento ya no tiene validez.

Don Ernesto sostuvo el sobre con manos temblorosas.

—Lo tiene.

Fue firmado ante notario y nunca fue revocado.


Mariana tomó el documento con cuidado.

Leyó cada página.

Daniel había establecido expresamente que, en caso de su fallecimiento, todas sus acciones permanecerían bajo una administración fiduciaria ejercida únicamente por ella hasta que Mateo alcanzara la mayoría de edad.

Cualquier modificación requería autorización judicial.

No bastaba una firma familiar.


Rodrigo sonrió con aparente tranquilidad.

—Precisamente por eso queremos ayudarte.

Ese convenio solo facilita la administración.

Mariana dejó la pluma sobre la mesa.

—Entonces no existe ninguna urgencia para firmarlo hoy.

Podrá revisarlo mi abogada.


Varias personas evitaron mirarla.

La expresión de Rodrigo cambió apenas unos segundos.

Era suficiente para confirmar que esperaba una respuesta distinta.


Después del desayuno, Mariana llamó discretamente a Laura Méndez, la abogada que había llevado la sucesión de Daniel.

—Necesito que revises un convenio.

Y también quiero confirmar que el testamento sigue plenamente vigente.

Laura respondió casi de inmediato.

—No firmes absolutamente nada.

Estoy consultando el expediente.

Te llamo en cuanto tenga acceso al archivo judicial.


Mientras esperaba, Mariana acompañó a Mateo al jardín.

Don Ernesto salió lentamente con ayuda de un bastón.

—Perdóname.

Nunca imaginé que llegarían tan lejos.

Mariana lo observó.

—¿Qué es exactamente lo que buscan?

El anciano tardó varios segundos en responder.

—No solo las acciones.

También el control del fideicomiso familiar.


Aquellas palabras llamaron la atención de Mariana.

Durante toda la cena nadie había mencionado ningún fideicomiso.

Solo hablaban de la herencia.


Al mediodía sonó el teléfono.

Era Laura.

Su voz sonaba mucho más seria de lo habitual.

—El testamento está vigente.

Pero encontré algo extraño.

Hace tres semanas alguien presentó una solicitud para obtener copias certificadas completas del expediente sucesorio.


Mariana frunció el ceño.

—¿Quién?

—La solicitud aparece firmada por un representante legal.

Todavía estoy verificando su identidad.


Una hora después, Laura volvió a llamar.

—Ya lo confirmé.

El representante trabajó durante años para una empresa vinculada a Rodrigo.


Mariana permaneció en silencio.

—¿Intentaron modificar algo?

—No hay constancia de cambios.

Pero sí pidieron acceso a prácticamente toda la documentación.


Aquella tarde, un notario del pueblo llegó a la casa.

Rodrigo sonrió al verlo.

—Solo necesitamos formalizar unos asuntos administrativos.

El notario pidió revisar primero el testamento.

Leyó cada hoja con atención.

Después cerró la carpeta.

—Mientras este documento permanezca vigente, la señora Mariana Torres conserva la representación legal que aquí se establece.

No puedo autorizar ningún acto que la contradiga.


Rodrigo apretó la mandíbula.

Por primera vez desde que ella había llegado, el plan no avanzaba como esperaba.


Cuando todos abandonaron el comedor, Mariana recordó al hombre del autobús.

Sacó el pañuelo gris del bolso.

Hasta ese momento no había notado que uno de los bordes estaba cosido de forma diferente.

Con cuidado descosió la costura.

Dentro apareció una diminuta memoria USB.

No tenía ninguna etiqueta.

Solo una palabra escrita con marcador negro.

“Terminal.”

Aquella misma noche pidió prestada una computadora portátil.

Al conectar la memoria aparecieron varias carpetas.

No contenían fotografías.

Ni cartas.

Eran copias de registros notariales, movimientos societarios y correos electrónicos impresos.

En uno de ellos, fechado dos meses antes, alguien escribía una frase que hizo que Mariana dejara de respirar por un instante:

“Si el testamento original vuelve a aparecer, activaremos el plan de administración compartida. La viuda firmará sin sospechar el verdadero alcance del documento.”

El remitente no estaba identificado.

Pero el destinatario sí.

El correo había sido enviado directamente a Rodrigo Salgado.

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