PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

Sandra perdió la sonrisa.

—¿Perdón?

Damián permaneció de pie junto al ventanal.

Aunque no podía verla, su voz encontró exactamente el lugar donde ella estaba.

—Lleva tres semanas diciendo que Marisol busca aprovecharse de mí.

Que entra más tiempo del permitido.

Que manipula al personal.

Hizo una breve pausa.

—Curiosamente, jamás escuché que le preocupara mi bienestar hasta que pedí que ella fuera la única persona autorizada para atender esta suite.

Sandra intentó reír.

—Señor Santoro, solo quería proteger la imagen del hotel.

—No.

Respondió él con absoluta calma.

—Usted quería controlar quién podía acercarse a mí.


Marisol los observaba sin entender.

Sandra llevaba años trabajando allí.

Nunca nadie la enfrentaba.

Mucho menos un huésped.

—Creo que hay un malentendido…

Empezó a decir Sandra.

Damián negó lentamente.

—No existe ningún malentendido.

Desde que perdí la vista aprendí a escuchar cosas que antes ignoraba.

Los silencios.

Los pasos.

Las respiraciones.

Y también las conversaciones de personas que creen que un hombre ciego no puede identificar quién está detrás de una puerta.


Sandra sintió un escalofrío.

—No sé de qué está hablando.

Damián se dirigió entonces hacia el escritorio.

Tomó un pequeño dispositivo negro.

Marisol nunca lo había visto.

—Mi padre instaló este sistema hace años.

Cuando viajo, todas las conversaciones de esta suite quedan registradas por motivos de seguridad.

No por desconfianza.

Por protocolo.

Sandra abrió mucho los ojos.


—Hace once días.

Continuó Damián.

Usted entró aquí creyendo que yo dormía.

Le dijo al señor Esteban Morales…

“…que esa camarera no duraría mucho si seguía viniendo a esta habitación.”

Sandra palideció.

Marisol frunció el ceño.

Esteban Morales.

Era el director general del Hotel Miramar.


La puerta volvió a abrirse.

Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

Entró Esteban.

Traje gris.

Corbata azul.

Sonrisa impecable.

—¿Algún problema, señor Santoro?

Damián giró ligeramente el rostro hacia él.

—Sí.

Varios.


Esteban lanzó una rápida mirada a Sandra.

Ella evitó sus ojos.

—¿En qué puedo ayudar?

Preguntó.

Damián dejó el dispositivo sobre la mesa.

—Tal vez pueda explicarme por qué el presupuesto de remodelación del piso ejecutivo aumentó un cuarenta por ciento mientras las habitaciones siguen exactamente igual.

El silencio fue inmediato.

Marisol sintió que el ambiente cambiaba por completo.

Aquello ya no tenía nada que ver con ella.


Esteban sonrió con rigidez.

—Supongo que el departamento financiero puede aclararlo.

—Ya lo hizo.

Respondió Damián.

—Anoche.

Marisol levantó la vista sorprendida.

Él había estado investigando.

Todo ese tiempo.


Damián apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.

—Durante meses todos asumieron que yo solo venía a descansar.

Pero seguía siendo el principal accionista del grupo.

Y aunque no pudiera revisar personalmente los documentos…

Sí podía escuchar.

Escuchar demasiado.


Sandra dio un paso atrás.

—Yo no sé nada de finanzas.

—Quizá no.

Contestó Damián.

—Pero sí sabe quién entra a las habitaciones.

Quién firma órdenes.

Quién cambia facturas.

Y quién recibe sobres cerrados cada viernes.

La carpeta que Sandra llevaba entre las manos comenzó a temblar.


Marisol observaba la escena completamente desconcertada.

Entonces recordó algo.

Semanas atrás había encontrado varias facturas viejas olvidadas dentro del carrito de limpieza.

Iban dirigidas a habitaciones que jamás habían sido remodeladas.

Pensó que era un simple error administrativo.

Ahora ya no estaba tan segura.


Damián habló nuevamente.

—Marisol.

Ella dio un pequeño paso adelante.

—Sí, señor.

—¿Recuerda aquellas fotografías que le pedí tomar con su teléfono de las habitaciones del piso dieciséis?

Asintió.

—Sí.

Pensé que eran para elegir nuevos muebles.

Él sonrió apenas.

—No.

Eran para comprobar que alguien estaba cobrando obras que nunca existieron.

Marisol sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Sin saberlo…

Había reunido una parte de las pruebas.


En ese instante sonó el teléfono de la suite.

Damián respondió.

Escuchó durante apenas unos segundos.

Después colgó lentamente.

Su expresión cambió.

—Acaba de llegar el auditor externo.

Y trae consigo los estados financieros completos del grupo Santoro.

Giró el rostro hacia Esteban.

—Dentro de una hora sabremos exactamente cuánto dinero desapareció.

Luego hizo una pausa.

—Y quién lleva catorce años aprovechándose de que todos creen que un hombre ciego… también es incapaz de ver la verdad.

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