La lluvia golpeaba el techo de lámina con tanta fuerza que por un instante nadie escuchó la respiración agitada de Jacinta.
Mateo permaneció frente a ella, empapado, con los ojos clavados en el aviso de desalojo.
Luego miró a Rogelio.
—Repite lo que acabas de decir.
Rogelio levantó la carpeta como si fuera un escudo.
—La casa me pertenece. Tu querida madre firmó la cesión hace seis meses.
Mateo dio un paso hacia él.
—Ella no sabe leer documentos legales.
—Eso no invalida su firma.
—Depende de cómo la obtuviste.
Los hombres que habían bajado de las otras camionetas se acercaron. No eran guardaespaldas. Había dos abogados, una notaria, un ingeniero y una mujer de traje oscuro que sostenía una tableta protegida de la lluvia.
Jacinta observaba todo sin comprender.
—Mijo… ¿de verdad eres tú?
Mateo dejó de mirar a Rogelio.
Se volvió hacia ella y, sin importar el barro, se arrodilló frente a sus pies.
—Soy yo, mamá.
La anciana tocó su rostro con ambas manos.
Buscó en él al muchacho flaco que había subido a un autobús con una mochila prestada y una computadora usada.
—Pensé que te habías olvidado de mí.
Mateo cerró los ojos.
—Nunca.
—Pero dejaste de llamar.
—Porque alguien se encargó de que mis llamadas no llegaran.
Jacinta miró a Rogelio.
Él apretó la carpeta contra el pecho.
—No metas mi nombre en tus problemas.
Mateo se puso de pie lentamente.
—Durante dieciocho años envié dinero todos los meses.
El silencio cayó sobre la calle.
Incluso los vecinos que observaban desde los corredores dejaron de murmurar.
Jacinta negó con la cabeza.
—Yo nunca recibí nada.
—Lo sé.
Mateo hizo una señal a la mujer de la tableta.
Ella abrió un archivo y mostró una lista de transferencias.
—Desde hace diecisiete años y ocho meses —explicó— se enviaron depósitos mensuales a una cuenta abierta a nombre de Jacinta Hernández.
Rogelio tragó saliva.
—Eso no demuestra nada.
—La cuenta fue abierta con una copia de la credencial de doña Jacinta —continuó la mujer—, pero el número telefónico, el correo electrónico y la dirección de notificación pertenecen a Rogelio Hernández.
Los vecinos comenzaron a hablar al mismo tiempo.
Jacinta se llevó una mano al pecho.
—¿Tú recibías el dinero de Mateo?
Rogelio soltó una risa nerviosa.
—Yo administraba lo poco que mandaba.
—¿Poco? —preguntó Mateo.
La mujer deslizó el dedo sobre la pantalla.
—La cantidad acumulada supera los cuatro millones de pesos.
Jacinta retrocedió.
—No puede ser.
Mateo la sostuvo antes de que cayera.
—Los primeros años mandaba lo que podía. Después, cuando la empresa comenzó a crecer, aumenté los depósitos.
—¿Qué empresa? —preguntó doña Ofelia desde la multitud.
Mateo miró a su madre.
—La beca me llevó a Monterrey, pero el proyecto de riego que desarrollamos se convirtió en una compañía. Ahora instalamos sistemas de agua en comunidades rurales de todo el país.
Jacinta apenas lo escuchaba.
Seguía mirando a Rogelio.
—Yo pasé días sin comer.
El sobrino levantó las manos.
—Tía, yo pagaba tus medicinas.
—Con el dinero de Mateo —respondió ella.
—También tenía gastos.
Mateo dio un paso hacia él.
—Compraste una camioneta, dos terrenos y un local en Tlaxiaco.
Rogelio palideció.
—Eso es mentira.
Uno de los abogados abrió una carpeta.
—Todo fue adquirido pocos días después de retirar dinero de la cuenta de doña Jacinta.
—Yo puedo explicarlo.
—Hazlo ante la Fiscalía —respondió Mateo.
Dos agentes descendieron de la última camioneta.
Rogelio retrocedió.
—No pueden detenerme por ayudar a mi familia.
—No te investigan solo por las transferencias —dijo la notaria—. También por falsificación, abuso de confianza y despojo.
Rogelio levantó el documento de cesión.
—¡Esta firma es válida!
La notaria se acercó.
—Permítame verla.
Él dudó.
—Es una copia certificada.
—Entonces no tendrá problema en entregarla.
Rogelio intentó guardar la carpeta bajo su camisa, pero uno de los agentes se la quitó.
La notaria revisó las páginas.
—El sello es falso.
—No.
—Y el número de instrumento pertenece a una compraventa realizada en Puebla hace tres años.
Los vecinos soltaron exclamaciones.
Rogelio comenzó a caminar hacia atrás.
—Fue un error del gestor.
—¿Qué gestor? —preguntó Mateo.
—No recuerdo su nombre.
—Yo sí.
La mujer de la tableta mostró una fotografía.
Era un empleado del ayuntamiento que aparecía estrechando la mano de Rogelio frente a una cantina.
—Él modificó el registro de la propiedad —dijo—. Confesó esta mañana.
Rogelio miró a los agentes.
—Todo esto es una trampa.
—No —respondió Jacinta con una serenidad que hizo callar a todos—. La trampa fue hacerme creer que te importaba.
Su sobrino la observó.
Durante años había contado con su miedo, su dependencia y su vergüenza.
Pero aquella anciana cansada ya no bajaba la mirada.
—Tía, somos familia.
—Familia fue el niño que todos despreciaron y que compartía conmigo el último tamal.
Mateo apretó los labios para no llorar.
Rogelio señaló hacia él.
—¡Ni siquiera es tu hijo verdadero!
Jacinta se volvió hacia los vecinos.
—¿Y cuál de ustedes vino cuando tuve fiebre? ¿Quién me acompañó cuando enterré a mi esposo? ¿Quién dormía junto a la puerta para que yo no tuviera miedo?
Nadie respondió.
—Mateo es mi hijo porque yo lo elegí y él me eligió a mí.
Rogelio soltó una risa cruel.
—Entonces pregúntale por qué tardó dieciocho años en volver.
La frase golpeó a Jacinta.
Mateo bajó la mirada.
—Tiene razón en preguntar.
—Mijo, no tienes que explicar nada.
—Sí tengo.
Sacó del interior de su saco un paquete de sobres atados con una cinta.
Las cartas estaban amarillentas, algunas abiertas y otras todavía selladas.
—Estas son las cartas que te envié.
Jacinta tomó la primera.
En la parte frontal aparecía su nombre y la dirección correcta de la casa.
Pero todas llevaban un sello rojo:
DESTINATARIO DESCONOCIDO.
—Yo nunca me fui del pueblo —murmuró ella.
—Alguien decía en la oficina postal que habías vendido la casa y te habías mudado.
Mateo miró a Rogelio.
—El antiguo encargado del correo también declaró esta mañana.
Rogelio dejó de moverse.
Mateo continuó:
—Cuando intentaba llamar, una mujer contestaba y decía que ya no querías saber de mí.
Jacinta abrió los ojos.
—¿Una mujer?
Doña Ofelia bajó la cabeza.
Todos la miraron.
—Fui yo —confesó.
Un murmullo recorrió la calle.
Jacinta pareció recibir otro golpe.
—¿Tú?
Ofelia comenzó a llorar.
—Rogelio me pagaba.
—¿Para decirle a Mateo que yo lo rechazaba?
—Me dijo que el muchacho quería vender la casa y llevarte a un asilo. Dijo que era mejor mantenerlo lejos.
Mateo miró a Rogelio con un odio contenido.
—Me dijiste que ella se avergonzaba de mí.
Rogelio alzó la barbilla.
—Era un huérfano recogido de la calle. ¿Qué esperaba? ¿Convertirse en dueño de todo?
Mateo soltó una risa seca.
—Nunca quise esta casa para mí.
Se acercó a la puerta de adobe y pasó la mano por la madera vieja.
—Quería reconstruirla para ella.
Señaló al ingeniero.
—Los planos están listos desde hace doce años.
El hombre abrió un portafolio y mostró el diseño de una casa sencilla, con muros resistentes, cocina amplia, baño adaptado y un patio cubierto para vender tamales sin exponerse al sol.
Jacinta se tapó la boca.
—La hice como me la describías —dijo Mateo—. Con una habitación donde nunca entre el frío.
Las lágrimas de la anciana se mezclaron con la lluvia.
Rogelio intentó aprovechar el momento para correr.
Los agentes lo sujetaron antes de que llegara a la esquina.
—¡Suéltenme! ¡Esa propiedad es mía!
—No —dijo la notaria—. La propiedad sigue legalmente a nombre de doña Jacinta.
Mateo levantó una segunda carpeta.
—Y desde esta tarde quedará protegida por un fideicomiso. Nadie podrá venderla, hipotecarla ni quitársela sin su consentimiento y el de un representante independiente.
Jacinta lo miró.
—¿Vas a volver a irte?
Mateo guardó silencio un instante.
—No vine solo a salvar la casa.
—¿Entonces?
—Vine a quedarme el tiempo que tú me permitas.
La anciana lo abrazó.
Los vecinos observaron en silencio.
Algunos lloraban.
Otros bajaban la cabeza, avergonzados por haber repetido durante años que Mateo era un desagradecido.
Mientras los agentes subían a Rogelio a la camioneta, él comenzó a gritar:
—¡Pregúntale por qué regresó precisamente hoy! ¡Pregúntale qué encontraron debajo del terreno que vendiste para mandarlo a estudiar!
Mateo se quedó inmóvil.
Jacinta se separó de él.
—¿De qué habla?
Rogelio sonrió desde el vehículo.
—Tu hijo no vino solo por ti. Vino porque la empresa quiere recuperar el terreno del cerro.
Mateo apretó los puños.
—Cállate.
—¿Por qué? ¿No vas a decirle que debajo de esas tierras hay agua suficiente para abastecer a toda la región?
Jacinta miró a Mateo.
—¿Es verdad?
Él respiró profundamente.
—Sí.
—¿Lo sabías cuando llegaste?
—Me enteré hace seis meses.
—¿Y por eso volviste?
—No.
Rogelio soltó una carcajada.
—¡Miente! Su empresa consiguió la concesión para explotar el manantial.
El ingeniero dio un paso al frente.
—Eso no es correcto.
—¡Yo vi los papeles!
—La concesión no es para explotar el agua —respondió Mateo—. Es para impedir que una minera la contamine.
El pueblo quedó en silencio.
Mateo sacó un mapa.
—Una empresa extranjera compró varias parcelas alrededor del cerro. Planeaba abrir una mina a cielo abierto. El manantial pasa exactamente por debajo del terreno que mamá vendió para pagar mis estudios.
Jacinta observó el mapa.
—Ese terreno perteneció a mi esposo.
—Y Rogelio intentó comprarlo usando el dinero que me robó.
Uno de los abogados abrió otra carpeta.
—La compraventa estaba programada para mañana.
Rogelio dejó de sonreír.
Mateo miró a su madre.
—Regresé porque descubrí que tu sobrino estaba colaborando con la empresa minera. Pero también porque nunca dejé de buscarte.
Jacinta tomó su rostro entre las manos.
—Entonces no me abandonaste.
—Ni un solo día.
En ese momento, la mujer de la tableta recibió una llamada.
Su expresión cambió.
—Señor Mateo, tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—La empresa minera adelantó la operación. Hay maquinaria subiendo hacia el manantial.
El ingeniero revisó su teléfono.
—Si comienzan a perforar esta noche, pueden dañar el acuífero antes de que llegue la orden federal.
Mateo miró las camionetas.
—Nos vamos al cerro.
Jacinta lo sujetó del brazo.
—Voy contigo.
—Mamá, está lloviendo y tus rodillas…
—Vendí ese terreno para que tú tuvieras un futuro. No permitiré que ahora destruyan el futuro de todo el pueblo.
Los vecinos comenzaron a acercarse.
Doña Ofelia fue la primera.
—Yo también voy.
Después avanzó la camarera del mercado, dos cafeticultores y varios hombres que momentos antes no se habían atrevido a defender a Jacinta.
En pocos minutos, toda la calle estaba en movimiento.
Pero antes de que Mateo subiera a la camioneta, Rogelio golpeó el cristal del vehículo policial.
—¡No llegarán a tiempo!
Mateo se acercó.
—¿Qué hiciste?
Rogelio sonrió.

—La orden de perforación lleva la firma de Jacinta.
La anciana palideció.
—Yo nunca firmé eso.
—Firmaste muchos papeles, tía.
El abogado revisó la carpeta incautada y encontró un documento doblado en el fondo.
Era una autorización para realizar estudios de extracción en el terreno del manantial.
Abajo aparecía la huella digital de Jacinta.
—Esto puede detener la orden judicial —dijo la notaria—. Al menos hasta demostrar el fraude.
Mateo observó la huella.
Luego miró a su madre.
—¿Alguna vez te tomó la mano para ponerla en tinta?
Jacinta recordó algo.
—Hace dos meses. Dijo que era para recibir una despensa del gobierno.
Mateo cerró los ojos.
Rogelio había preparado la traición mucho antes del desalojo.
Y mientras las camionetas arrancaban rumbo al cerro, una llamada entró en el teléfono de Mateo.
Era un número desconocido.
Al responder, una voz masculina habló desde el otro lado:
—Si quiere volver a ver a la mujer que lo trajo al pueblo cuando era niño, retire la denuncia contra Rogelio y deje que la perforación continúe.
Mateo se quedó sin aliento.
—Mi madre murió.
La voz soltó una risa.
—Jacinta nunca encontró a un niño abandonado por casualidad.
Mateo miró a la anciana.
—¿Quién es usted?
—El hombre que pagó para que ella lo criara.
La llamada terminó.
Segundos después llegó una fotografía.
Mostraba a una mujer anciana atada dentro de una camioneta.
En sus manos sostenía un documento de nacimiento.
El nombre del niño era Mateo.
Y en el espacio reservado para el padre aparecía el apellido del dueño de la empresa minera.