PARTE 2: EL MUERTO QUE COBRABA MI VIDA

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Volví a mirar la fotografía.

No podía ser.

La fecha impresa en la esquina inferior coincidía exactamente con el día en que, según el acta de defunción, yo había muerto durante un supuesto accidente de traslado.

En la imagen aparecía acostado sobre una camilla dentro de una ambulancia. Tenía una mascarilla de oxígeno y una venda alrededor de la frente. Parecía inconsciente.

Pero lo que realmente me heló la sangre fue el hombre inclinado sobre mí.

Llevaba uniforme de paramédico.

Sonreía levemente mientras observaba mi rostro dormido.

Y yo conocía perfectamente esa cara.

—Imposible… —murmuré.

Recordaba haber asistido a su funeral cuando era adolescente.

Todo el pueblo había ido.

Hubo misa.

Ataúd cerrado.

Flores blancas.

Llantos.

Quince años atrás todos despedimos a Rafael Barrera, el antiguo jefe de Protección Civil del municipio.

Un hombre respetado.

Un hombre que, según los registros oficiales, llevaba más de una década bajo tierra.

Sin embargo, allí estaba.

Más viejo.

Con algunas canas.

Pero era él.

No había duda.

Un golpe seco contra la puerta del taller me hizo volver a la realidad.

—¡Esteban! ¡Sabemos que estás ahí!

No reconocí la voz.

Guardé rápidamente la fotografía y los documentos dentro de mi mochila.

Después apagué la luz.

Otro golpe.

Esta vez más fuerte.

—¡Abra la puerta!

Me acerqué despacio a una de las pequeñas ventanas laterales.

Afuera había tres camionetas.

Sin logotipos.

Sin placas delanteras.

Seis hombres descendían de ellas.

Ninguno llevaba uniforme.

Pero todos tenían el mismo auricular transparente en la oreja.

No venían a hablar.

Venían a recuperar algo.

O a impedir que yo saliera de allí.

Uno de ellos levantó una barra metálica.

La puerta comenzó a ceder.

Miré desesperadamente alrededor del taller.

Recordé entonces algo que mi padre solía decir cuando yo era niño.

“Ningún taller viejo tiene una sola salida.”

Corrí hasta el fondo.

Detrás de un viejo estante lleno de llantas encontré una trampilla cubierta por polvo.

La levanté.

Una escalera descendía hacia un estrecho túnel de drenaje que comunicaba con el arroyo seco detrás del terreno.

Mi padre lo había construido décadas atrás para proteger herramientas durante las inundaciones.

Nunca imaginé que algún día salvaría una vida.

La puerta principal terminó de romperse justo cuando descendía.

Escuché gritos.

—¡Está aquí!

Linternas iluminaron el interior.

Contuve la respiración mientras bajaba los últimos escalones.

Después cerré la trampilla desde abajo.

Los hombres comenzaron a registrar el taller.

Podía escuchar sus pasos encima de mi cabeza.

Uno de ellos habló por teléfono.

—No encontramos los expedientes.

Silencio.

Luego respondió alguien al otro lado.

La voz sonaba distorsionada por el altavoz, pero hubo una frase que jamás olvidaré.

—Entonces búsquenlo a él.

Porque si Esteban Murillo sigue vivo…

…todo el proyecto se viene abajo.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Aquello ya no era un simple fraude para quedarse con una pensión.

Había algo mucho más grande.

Esperé casi veinte minutos antes de atreverme a salir del túnel.

La lluvia había comenzado a caer con fuerza.

El arroyo estaba completamente desierto.

Saqué nuevamente la fotografía.

La observé con más atención.

Entonces descubrí un detalle que antes había pasado por alto.

En el bolsillo del supuesto paramédico sobresalía una credencial.

Estaba parcialmente doblada.

Solo podía leerse una palabra.

“Renacer”.

No sabía si era el nombre de una ambulancia.

De una empresa.

O de una organización.

Pero era la primera pista real que tenía.

Guardé la imagen.

Necesitaba hablar con Clara.

Aunque una pregunta no dejaba de atormentarme.

Si mi esposa realmente creyó que yo había muerto…

¿Por qué jamás denunció las extrañas irregularidades?

Y si nunca lo creyó…

¿Por qué permitió que alguien levantara una tumba con mi nombre mientras cobraban cada mes el dinero de mi muerte?

Empapado por la lluvia, comencé a caminar hacia el pueblo.

No sabía en quién podía confiar.

Solo tenía una certeza.

Alguien llevaba meses preparando mi desaparición.

Y el hecho de que yo hubiera regresado con vida significaba que, desde ese momento, el verdadero objetivo ya no era robar mi identidad.

Era terminar el trabajo que habían dejado inconcluso.

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