PARTE 2: La casa que nunca fue de ellos

Doña Elenita seguía de rodillas frente al inodoro vacío.

Sus manos temblaban.

No por la edad.

Por el dolor.

Treinta y seis años de matrimonio.

Miles de recuerdos.

Toda una vida compartida.

Y aquella mujer acababa de arrojar las últimas cenizas de su esposo al drenaje como si fueran basura.

Patricia la ayudó a levantarse.

No lloró.

Ni gritó.

Ni insultó a nadie.

Lo único que hizo fue tomar la fotografía caída de su padre y limpiarle el vidrio roto con la manga de su blusa.

Doña Amparo sonrió satisfecha.

—Ya era hora de terminar con esa obsesión.

Sergio se acomodó la bata.

—¿Ves? No era para tanto.

Patricia levantó lentamente la mirada.

Por primera vez en muchos años, los observó como realmente eran.

No como su familia política.

No como las personas a las que había intentado agradar durante una década.

Los vio como extraños.

Extraños crueles.

Pequeños.

Vacíos.

Y comprendió algo que la dejó extrañamente tranquila.

Ya no les debía nada.

—Mamá, vamos a empacar.

Doña Elenita la miró confundida.

—¿A dónde iremos, hija?

—A cualquier lugar donde haya personas decentes.

Doña Amparo soltó una carcajada.

—Perfecto. Así todos descansamos.

Sergio asintió.

—La verdad sí. Esto ya se estaba poniendo demasiado intenso.

Patricia sonrió.

Aquella sonrisa hizo que ambos dejaran de reír.

Porque no era una sonrisa triste.

Era una sonrisa peligrosa.

—Tienen razón.

Sergio frunció el ceño.

—¿Qué?

—Ya es hora de descansar.

Bajó las escaleras, tomó su teléfono y realizó una llamada.

Solo una.

Menos de tres minutos.

Cuando colgó, volvió a subir por las maletas de su madre.

Nadie entendía nada.

Hasta que cuarenta minutos después sonó el timbre.

Un hombre de traje oscuro esperaba en la entrada acompañado por dos representantes legales.

—Buenas tardes.

Miró directamente a Patricia.

—Ya está listo todo.

Sergio se puso de pie.

—¿Qué significa esto?

El abogado abrió una carpeta.

—Significa que la señora Patricia Méndez ha solicitado la ejecución inmediata de ciertas cláusulas patrimoniales.

Doña Amparo rodó los ojos.

—Hablen español.

El abogado sonrió.

—Con mucho gusto. La propiedad donde ustedes viven pertenece exclusivamente a la señora Méndez.

El silencio fue inmediato.

—¿Perdón?

—La residencia está registrada únicamente a su nombre desde hace seis años.

Sergio soltó una risa nerviosa.

—Eso no importa. Somos marido y mujer.

—Importa bastante.

Respondió el abogado.

—Especialmente porque existe un acuerdo matrimonial de separación total de bienes.

El color desapareció del rostro de Sergio.

Patricia observó cómo finalmente empezaba a entender.

—No…

Murmuró él.

—Sí.

Respondió ella.

—La casa siempre fue mía.

Doña Amparo intentó intervenir.

—Eso es imposible.

—No lo es.

El abogado mostró los documentos.

—Y debido a los hechos ocurridos hoy, mi clienta ha decidido retirar el permiso de residencia a cualquier persona que no figure como propietaria.

Doña Amparo abrió la boca.

Luego volvió a cerrarla.

Luego volvió a abrirla.

Como si el aire ya no quisiera entrar.

—¿Nos estás echando?

Patricia sostuvo su mirada.

—No.

Su voz fue suave.

Serena.

Irreversible.

—Ustedes decidieron irse en el momento en que tiraron a mi padre por el drenaje.

Sergio dio un paso adelante.

—Patricia, estás exagerando.

Ella lo miró.

—Mi padre murió salvando a mi madre.

Tu madre no pudo respetarlo ni muerto.

Y tú la ayudaste.

Por primera vez, Sergio no tuvo respuesta.

Porque no existía ninguna.

Pero todavía ignoraban algo mucho peor.

Algo que Patricia había descubierto apenas esa mañana al revisar los documentos del incendio.

Un informe pericial recién entregado.

Un informe que demostraba que el fuego donde murió don Julián no había sido accidental.

Y uno de los nombres que aparecía relacionado con la investigación era alguien que la familia Valdivia conocía demasiado bien.

Cuando Patricia vio aquel nombre por primera vez, sintió que el mundo entero se detenía.

Porque la tragedia que había destruido a sus padres quizá no había sido una desgracia.

Quizá había sido un crimen.

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