Parte 2: LA NIÑA RECONOCIÓ UNA FOTO QUE NUNCA DEBIÓ HABER VISTO

Mateo se quedó inmóvil con la mano aún sobre la perilla.

Patricia fue la primera en reaccionar.

—Por fin apareces.

Su voz era seca, autoritaria, la misma con la que durante años había administrado cada aspecto de la empresa familiar desde la muerte de sus padres.

Los tres hombres de traje que la acompañaban cerraron discretamente sus portafolios.

Uno de ellos era el notario de la familia.

Otro, el director financiero de la cementera.

El tercero, un abogado que Mateo conocía demasiado bien.

—¿Qué hacen aquí a estas horas? —preguntó.

—Esperándote.

Patricia apenas miró a la niña.

—Tenemos asuntos urgentes que resolver antes de la junta de accionistas de mañana.

Lupita permanecía escondida detrás de Mateo, abrazando con fuerza a la muñeca sin brazo.

Tenía frío.

Y miedo.

Mateo dejó el maletín sobre una mesa.

—Lo que tenga que ver con la empresa puede esperar.

Primero voy a darle de cenar a la niña.

Patricia frunció el ceño.

—¿Quién es?

—Una niña que encontré sola.

Eso bastó para que el abogado intercambiara una mirada incómoda con Patricia.

Ella sonrió con evidente incomodidad.

—No puedes meter desconocidos a esta casa.

Mateo respondió con una calma que ni él mismo esperaba.

—Es mi casa.

La tensión se rompió cuando Lupita levantó lentamente una fotografía que descansaba sobre un piano.

Era un retrato enmarcado de Sofía.

La pequeña quedó completamente inmóvil.

Sus ojos se abrieron como si hubiera visto un fantasma.

—Ella…

Su voz apenas salió.

—¿La conoces? —preguntó Mateo.

Lupita acercó la foto a su pecho.

—La señora bonita.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Qué dijiste?

—Ella me daba pan.

El silencio inundó toda la sala.

Patricia dio un paso adelante.

—Niña, creo que te estás confundiendo.

Pero Lupita negó con la cabeza.

—No.

Ella siempre traía una mochila amarilla.

Me decía que no aceptara dulces de extraños.

Y que estudiara mucho.

Mateo sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

Sofía nunca le había hablado de ninguna niña.

Jamás.

—¿Dónde la conociste?

Lupita señaló hacia la ventana.

—En el comedor donde daban comida.

Por allá.

Todos los miércoles.

Mateo frunció el ceño.

Sofía siempre le decía que los miércoles asistía a un grupo de lectura.

¿Había estado mintiendo?

No.

No era una mentira.

Simplemente nunca le contó toda la verdad.

Patricia interrumpió.

—Mateo, basta.

La niña seguramente la vio en alguna campaña de beneficencia.

Pero Lupita volvió a negar.

—No.

Ella sabía mi nombre.

También conocía a mi mamá.

La expresión de Patricia cambió apenas un segundo.

Fue casi imperceptible.

Pero Mateo lo vio.

Y algo dentro de él se encendió.

—¿Qué pasa? —preguntó mirándola fijamente.

—Nada.

—Sí pasa algo.

Patricia evitó responder.

Mateo se agachó frente a Lupita.

—¿Dónde está el lugar donde conociste a Sofía?

—Ya no existe.

Lo cerraron.

Mi mamá trabajaba ahí limpiando.

Después se enfermó.

Y luego…

La niña bajó la mirada.

—Se fue al cielo.

Mateo tragó saliva.

La cocinera de la casa apareció desde el fondo.

Al ver a Lupita abrió los ojos con sorpresa.

—¡Pero si es la niña del comedor San Gabriel!

Todos voltearon hacia ella.

—¿La conoces? —preguntó Mateo.

—Claro.

La señora Sofía iba cada semana.

Nunca faltaba.

Pagaba medicinas para varias familias.

Y ayudaba a una mujer llamada Elena…

Creo que era la mamá de esta niña.

Patricia apretó los labios.

Demasiado fuerte.

Mateo lo notó otra vez.

—¿Por qué nunca me lo dijeron?

La cocinera dudó.

—La señora Sofía pidió discreción.

Decía que la ayuda perdía sentido si servía para presumirse.

Mateo sonrió con tristeza.

Eso era exactamente Sofía.

Mientras todos discutían, Lupita seguía observando la fotografía.

Entonces señaló otra imagen colocada junto al retrato principal.

Era una fotografía tomada quince años atrás, durante la boda.

Aparecían Mateo, Sofía…

Y Patricia.

La niña frunció el ceño.

—Ella también estaba.

Toda la habitación quedó en silencio.

Patricia giró lentamente.

—¿Qué acabas de decir?

—Tú fuiste una vez.

Mi mamá lloró mucho cuando te vio salir.

El rostro de Patricia perdió completamente el color.

—Estás inventando.

—No.

Traías un coche negro.

Y discutiste con mi mamá afuera.

Mateo sintió un frío recorrerle la espalda.

Nunca había escuchado el nombre de Elena.

Mucho menos que Patricia la conociera.

—¿De qué está hablando? —preguntó.

Patricia tomó su bolso.

—No pienso permitir que una niña de la calle venga a decir tonterías.

Se dirigió hacia la puerta.

Pero antes de salir, Lupita pronunció una frase que la dejó completamente inmóvil.

—Mi mamá dijo que tú le quitaste algo que pertenecía a la señora Sofía.

Patricia se quedó de espaldas.

Nadie respiraba.

Mateo dio un paso al frente.

—¿Qué le quitó?

Lupita abrazó con fuerza a su muñeca.

—Un bebé.

La palabra cayó como una explosión en medio del silencio.

Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué acabas de decir?

La niña respondió con absoluta inocencia.

—Mi mamá decía que esa señora lloró muchos años porque nunca supo la verdad.

Patricia cerró lentamente los ojos.

Y por primera vez en toda su vida…

Pareció tener miedo.

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