PARTE 2: EL REGALO QUE ARRUINÓ SUS VIDAS

Esa misma noche esperé a que Julian se durmiera.

Cuando empezó a roncar, tomé su teléfono con cuidado.

No intenté adivinar la contraseña.

Ya la conocía.

Seguía siendo la fecha de nacimiento de nuestra hija.

La ironía era perfecta.

Usaba el cumpleaños de la niña que apenas cargaba para proteger las conversaciones con la mujer con la que la engañaba.

Respiré hondo.

No borré nada.

No respondí ningún mensaje.

No hice escenas.

Solo copié.

Fotografías.

Transferencias.

Reservaciones de hoteles.

Boletos de avión.

Correos electrónicos.

Todo fue respaldado en un disco duro y enviado automáticamente a una cuenta de correo que solo yo controlaba.

A la mañana siguiente llamé a Nora.

—Ya tengo suficiente.

Ella guardó silencio unos segundos.

—No.

Todavía no.

—¿Cómo que no?

—Las pruebas sirven para un divorcio.

Pero tú quieres que enfrenten las consecuencias de sus decisiones.

Son cosas distintas.

Tenía razón.

Durante las siguientes semanas seguí fingiendo.

Preparaba el desayuno.

Le preguntaba cómo había estado su día.

Incluso sonreía cuando él inventaba otro supuesto viaje de trabajo.

Mientras tanto, yo investigaba.

Descubrí que Mia no era una simple empleada.

Trabajaba en el área de relaciones institucionales.

Su contrato incluía una cláusula muy clara.

Cualquier relación sentimental no declarada con un superior directo constituía un conflicto de interés que debía ser reportado a la empresa.

No porque fuera inmoral.

Sino porque podía afectar decisiones laborales, promociones o el uso de recursos corporativos.

También encontré otro detalle.

Las reservas de varios hoteles no habían sido pagadas con una tarjeta personal.

Figuraban como gastos de representación de la empresa.

Eso significaba que, si realmente se habían cargado como gastos corporativos sin corresponder a actividades de trabajo, podían convertirse en un problema serio.

No hice ninguna acusación.

Solo reuní la documentación.

Una tarde recibí un mensaje de Mia.

Por error.

—Amor, ya estoy abajo.

Tardó menos de un minuto en borrarlo.

No respondió más.

Yo tampoco.

Simplemente tomé una captura de pantalla.

Dos semanas después llegó el aniversario de la empresa.

Más de doscientos empleados asistieron al hotel donde se celebraba el evento.

Julian subió al escenario.

—Quiero agradecer especialmente a todo mi equipo…

Los aplausos llenaron el salón.

Mia estaba sentada en la primera fila.

Sonriendo.

Como si nadie supiera nada.

Esperé hasta que terminara el discurso.

Luego me acerqué a la directora de Recursos Humanos.

—Buenas noches.

Necesito entregar información relacionada con un posible incumplimiento de políticas internas.

Le tendí una memoria USB.

Ella me miró sorprendida.

—¿Qué contiene?

—Documentación.

Si consideran que no tiene relevancia, pueden ignorarla.

No pedí que despidieran a nadie.

No exigí investigaciones.

Solo entregué información.

Tres días después, Recursos Humanos abrió una revisión interna.

Yo seguía sin decirle una palabra a Julian.

Hasta aquella madrugada.

Hasta la llamada del hospital.

Volví a mirar la factura de veinte mil dólares.

La dejé sobre el mostrador.

—¿No piensa autorizar el depósito?

preguntó la jefa de enfermeras.

La observé con calma.

—Si el paciente recupera la conciencia, puede decidir sobre sus propios recursos.

Si no, contacten a sus padres o a la persona que figure como responsable.

No voy a firmar una obligación económica sin asesorarme primero.

La mujer asintió.

No insistió.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era Nora.

Contesté.

—¿Ya te enteraste?

—Sí.

Está en terapia intensiva.

Hubo unos segundos de silencio.

Luego añadió:

—También salió el resultado de la investigación de su empresa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasó?

—Julian fue suspendido de forma inmediata mientras concluye el proceso.

Y Mia…

Hizo una pausa.

—Acaba de ser despedida.

Miré el pasillo del hospital.

Las puertas de terapia intensiva seguían cerradas.

Respiré lentamente.

No sentí alegría.

Solo el peso de una verdad que llevaba demasiado tiempo esperando.

Pero apenas unos minutos después, un médico salió apresuradamente con una carpeta en la mano.

—¿Familiares del señor Julian Moore?

Me levanté.

—Soy su esposa.

El médico abrió el expediente.

Su expresión cambió.

—Necesitamos aclarar una situación importante.

El paciente recuperó la conciencia durante unos segundos…

Y antes de volver a perderla…

Insistió en que llamáramos primero a Mia.

No a usted.

Y dijo algo más.

Algo que, si resultaba cierto, significaba que la vida que Julian me había contado durante cinco años… nunca había sido la verdadera.

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