PARTE 2: LAS CASAS NUNCA FUERON SUYAS

Megan tardó varios segundos en reaccionar.

Sentada en el piso de la oficina del Registro de la Propiedad, miraba la pantalla como si el sistema estuviera equivocado.

—No…

Eso no puede ser.

El funcionario volvió a revisar el expediente.

—No hay ningún error.

Las quince propiedades fueron transferidas legalmente hace tres meses.

Todos los impuestos fueron liquidados.

La documentación está completa.

Megan se levantó apoyándose en el escritorio.

—¿Quién autorizó esa transferencia?

El funcionario deslizó un documento.

—El propio señor Richard Coleman.

Ella quedó inmóvil.

—Imposible.

Él nunca habría…

No terminó la frase.

Porque una voz conocida respondió detrás de ella.

—Claro que la autorizó.

Megan giró de golpe.

Yo acababa de entrar.

Vestía un traje negro sencillo.

Sin joyas.

Sin maquillaje llamativo.

Solo llevaba una carpeta azul entre las manos.

Su rostro se deformó.

—¡Tú!

Me acerqué con calma.

—Buenos días, Megan.

Ella señaló la pantalla.

—¡Las casas eran de Richard!

Negué lentamente.

—Lo fueron.

Hasta hace tres meses.

Abrió los ojos con desesperación.

—¿Lo obligaste?

Sonreí apenas.

—No.

Lo convencí.

El silencio fue absoluto.

Incluso el funcionario dejó de escribir.

Megan respiraba con dificultad.

—Explícate.

Abrí la carpeta.

Saqué una copia certificada.

—Hace cuatro meses el banco inició el proceso para ejecutar las garantías personales de Richard.

Si las propiedades seguían a su nombre cuando muriera…

los acreedores podían iniciar acciones legales para cobrarse con ellas, dependiendo de la situación jurídica y las deudas garantizadas.

Richard lo sabía.

Ella comenzó a negar con la cabeza.

—No…

—Sí.

Él necesitaba sacar las propiedades de su patrimonio antes de que todo explotara.

Megan parecía incapaz de comprender.

—¿Entonces por qué no me las dejó directamente?

La miré fijamente.

—Porque legalmente no podía hacerlo en ese momento sin exponerse a otros problemas.

En cambio…

podía venderlas.

Saqué otro documento.

Contrato de compraventa.

Quince inmuebles.

Compradora:

Clara Coleman.

Precio:

Un dólar por cada propiedad.

Megan soltó una carcajada histérica.

—¡Eso es fraude!

Negué con serenidad.

—No.

Es una operación que fue formalizada con asesoría legal, inscrita y con los requisitos correspondientes.

Si alguien considera que es inválida, tendrá que demostrarlo ante un tribunal.

El funcionario asintió discretamente.

—La inscripción se realizó hace tres meses.

Megan empezó a temblar.

—Richard me prometió…

—Muchas cosas.

La interrumpí.

—A mí también.

Por un instante bajó la mirada hacia su vientre.

Luego volvió a levantarla.

—Él me amaba.

No respondí enseguida.

Solo saqué el último sobre.

—¿Sabes qué fue lo último que Richard firmó antes de morir?

Ella tragó saliva.

Pensó que sería otro documento de propiedades.

No lo era.

Era una carta.

Escrita de su puño y letra.

La abrió con manos temblorosas.

Leyó las primeras líneas.

Su rostro perdió completamente el color.

—No…

Sus labios apenas podían moverse.

Yo conocía cada palabra de memoria.

Richard había escrito:

“Clara, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy. Sé que me equivoqué contigo de todas las formas posibles. También sé que Megan nunca estuvo conmigo por amor. Las pruebas que contraté hace dos meses confirmaron lo que más temía…”

Megan levantó la cabeza de golpe.

Sus ojos estaban llenos de pánico.

—¡No sigas!

Pero ya era tarde.

Continué leyendo.

“Si ella insiste en reclamar mi herencia diciendo que esos trillizos son míos… entrega al juez el sobre negro que dejé en la caja fuerte. Allí está el resultado del ADN prenatal que recibí una semana antes de morir.”

Toda la oficina quedó en silencio.

Megan dio un paso hacia atrás.

Luego otro.

Porque entendió que el mayor secreto de Richard nunca había sido la transferencia de las casas.

Sino que, antes de morir…

ya sabía que aquellos trillizos no eran sus hijos.

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