PARTE 2: LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ A SUS MANOS

Mauricio no pudo moverse durante varios segundos.

Los dos niños.

La forma de caminar.

La manera en que uno protegía al otro.

Y aquellos ojos.

Eran demasiado parecidos a los suyos para que todo fuera una coincidencia.

Dejó el camote sobre el puesto y caminó tras Elena.

—¡Espera!

Ella no aceleró el paso.

Solo siguió avanzando entre los vendedores.

—No quiero hablar contigo.

—Necesito una explicación.

Elena se detuvo.

Se giró lentamente.

—¿Una explicación?

Su voz era serena, pero sus ojos estaban llenos de un cansancio que Mauricio nunca le había visto.

—Hace cinco años firmaste un divorcio sin hacer una sola pregunta. Hoy llegas al mercado y, por primera vez, quieres escuchar respuestas.

Los gemelos permanecían abrazados a su falda, observando al desconocido.


—¿Son… mis hijos?

Preguntó Mauricio casi sin voz.

Elena guardó silencio.

Después abrió la vieja bolsa de tela donde llevaba el dinero del mercado.

Sacó un sobre amarillo, muy doblado por el tiempo.

En una esquina todavía podía verse el sello de una empresa de mensajería.

Era una carta certificada.

Nunca abierta.

Nunca devuelta.

Solo conservada.

Se la extendió.

—Léela.

Mauricio reconoció inmediatamente la dirección.

Era la casa donde vivía con su madre después del divorcio.

La fecha era de cinco años atrás.

La remitente era Elena.

Con manos temblorosas abrió el sobre.

Dentro encontró una copia de un informe médico.

Y una carta escrita a mano.

“Mauricio:”

“Hoy recibimos una noticia que jamás pensamos escuchar.”

“Estoy embarazada.”

“Son dos bebés.”

“No quiero que vuelvas por obligación. Solo creo que tienes derecho a saberlo.”

“Si después de leer esto decides mantenerte lejos, respetaré tu decisión.”

“Pero no quiero que algún día nuestros hijos crean que su padre nunca tuvo la oportunidad de elegir.”

La carta terminaba con una fecha.

Cinco años atrás.

Mucho antes del nacimiento de los niños.

Mauricio levantó la vista.

—Yo nunca recibí esto.

Elena asintió lentamente.

—Lo sé.


En ese momento una voz conocida sonó detrás de ellos.

—Porque nunca llegó a sus manos.

Los dos se giraron.

Era don Ernesto.

El antiguo cartero del pueblo, ya jubilado.

Había viajado aquella semana para visitar a su hija.

Reconoció de inmediato a Mauricio.

—Recuerdo perfectamente ese envío.

La firma de recepción no era la tuya.

La hizo otra persona en tu domicilio.

Mauricio sintió un escalofrío.

Solo había una persona que permanecía siempre en aquella casa.

Su madre.

Rebeca.


—Cuando llamé para preguntar por la carta…

Continuó Elena.

—Tu madre respondió.

Me dijo que la habías leído y que habías contestado una sola cosa.

“No vuelvas a buscar a mi hijo.”

Mauricio cerró los ojos.

Aquellas palabras no eran suyas.

Jamás las había pronunciado.

—Ella me mintió.

Susurró.

Elena no respondió.

Porque esa verdad ya no cambiaba los cinco años que habían pasado.


Mauricio volvió a mirar la carta.

En la parte inferior había una pequeña anotación escrita con otra tinta.

Nunca la había visto.

Era la última línea.

“Si algún día descubres que esta carta no llegó a ti, no culpes a nuestros hijos por el tiempo perdido. Ellos nunca tuvieron la oportunidad de decidir.”

La vista comenzó a nublársele.

No por el papel.

Sino por los cinco cumpleaños.

Las primeras palabras.

Los primeros pasos.

Las noches de fiebre.

Todo aquello que jamás había vivido.


Uno de los gemelos tiró suavemente de la mano de Elena.

—Mamá…

¿Quién es ese señor?

Ella acarició su cabello.

Miró a Mauricio durante un largo instante.

Y respondió con una sinceridad que le rompió el corazón.

—Es alguien que acaba de descubrir cuánto puede cambiar una vida por una carta que nunca llegó a su destino.

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