Mariana dejó la carta sobre la mesa.
Volvió a observar la firma.
A simple vista era idéntica a la suya.
La inclinación de las letras.
La presión del trazo.
Incluso el pequeño gancho con el que siempre terminaba la última “a”.
Pero había algo que no encajaba.
Tomó una libreta.
Firmó su nombre tres veces.
Después comparó ambas.
Entonces lo vio.
La falsificación era excelente.
Demasiado excelente.
Reproducía un error que ella había dejado de cometer hacía más de cuatro años, cuando renovó su firma al tramitar su pasaporte.
Quien la había copiado utilizó documentos antiguos.
Marcó inmediatamente el número de la financiera.
—Necesito copia completa del expediente.
La ejecutiva respondió con cautela.
—Solo podemos entregarla a los titulares.
—Perfecto.
Soy una de ellos.
Y también necesito saber en qué notaría se formalizó la operación.
Una hora después, Mariana salió con una carpeta bajo el brazo.
No fue a casa.
Fue directamente al despacho de la abogada Laura Castañeda.
Especialista en fraude patrimonial.
Laura revisó las primeras hojas sin interrumpir.
Llegó a la copia de la identificación oficial.
Frunció el ceño.
—¿Cuándo renovaste tu credencial?
—Hace dos años.
Laura colocó junto a ella la copia incluida en el expediente.
—Esta identificación está vencida desde antes de que se firmara el préstamo.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Que, como mínimo, alguien utilizó documentación que no correspondía con la fecha de la operación.
Laura siguió leyendo.
Después levantó otra hoja.
—Aquí hay algo más.
El domicilio de notificaciones no es esta casa.
Es un departamento en Zapopan.
—Nunca he vivido allí.
—Lo sé.
Y precisamente por eso vamos a solicitar inmediatamente el expediente notarial completo y los videos de identificación, si existen.
Mientras tanto, el crucero navegaba frente a las costas del Pacífico.
Gabriel intentaba sonreír durante la cena.
No lo conseguía.
Renata ocupaba el asiento donde siempre se sentaba Mariana.
Teresa parecía encantada.
—¿Ves qué tranquilo se siente todo sin dramas?
Gabriel no respondió.
Miró el teléfono.
Ningún mensaje de Mariana.
Ni una llamada.
Nada.
Aquello lo inquietaba más que cualquier discusión.
Al día siguiente, Laura recibió el primer informe.
Llamó inmediatamente a Mariana.
—Ven al despacho.
Tenemos algo importante.
Mariana llegó veinte minutos después.
Laura giró la pantalla de la computadora.
Aparecía una transferencia bancaria.
Monto: 3,800,000 pesos.
No había ido a una cuenta de Mariana.
Tampoco a una cuenta conjunta con Gabriel.
El dinero había sido dividido en cuatro movimientos realizados durante la misma semana.
Uno llamó inmediatamente su atención.
950,000 pesos — Climas Robles S.A.
Los otros tres correspondían a proveedores distintos.
—¿La empresa de tu esposo tenía problemas financieros?
Preguntó Laura.
Mariana recordó todas las conversaciones de los últimos meses.
Los proveedores.
Las nóminas.
Las urgencias.
Las excusas.
Y, de pronto, todo comenzó a tener sentido.
—Sí.
Llevaban meses diciendo que necesitaban liquidez.
Laura cerró lentamente la carpeta.
—Entonces ya sabemos quién obtuvo el beneficio económico.
Ahora falta demostrar quién autorizó realmente esa operación.
Esa misma tarde, Mariana recibió un mensaje inesperado.
No era de Gabriel.
Era de su cuñada Lorena.
“No hagas tonterías. Lo del préstamo fue por el bien de todos. Cuando Gabriel regrese, podrán arreglarlo.”
Mariana leyó el mensaje dos veces.
No contestó.
Lo reenvió directamente a Laura.
La abogada sonrió levemente.
—Interesante.
—¿Por qué?
—Porque nadie le había informado oficialmente sobre el contenido de esa investigación.
Y, sin embargo, ella ya sabe que estamos hablando del préstamo.
Eso significa que alguien de la familia conoce perfectamente esa operación.
Aquella noche, Gabriel llamó desde el crucero.
Mariana dejó sonar el teléfono.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Después recibió un mensaje.
“¿Por qué no contestas?”
Ella respondió con una única fotografía.
La primera página del crédito hipotecario.
Nada más.
Cinco segundos después, el teléfono comenzó a sonar otra vez.
Esta vez, con insistencia.
Mariana no respondió.

Porque ya no le interesaba escuchar nuevas explicaciones.
Lo que necesitaba eran documentos.
Y por primera vez desde que Teresa decidió que ella no pertenecía a la familia, comprendió que el verdadero problema nunca había sido quedarse fuera de un crucero.
Era descubrir que, mientras la apartaban de la mesa familiar, alguien había utilizado su nombre para poner en riesgo la única casa que realmente le pertenecía.