PARTE 2: EL NOMBRE QUE YA NO EXISTÍA

El tren avanzaba bajo la lluvia mientras Harbor City desaparecía detrás de la ventana.

Por primera vez en años, nadie sabía dónde estaba.

O eso creía.

Apoyé la cabeza contra el cristal.

El traqueteo constante de los rieles comenzó a calmar un miedo que llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de mí.

Entonces sonó un golpe suave en la puerta.

Tres toques.

—Señorita Hayes.

Era la misma empleada que me había acompañado hasta la cabina.

Entró apenas unos centímetros.

—Le ruego que mantenga las cortinas cerradas durante el resto del viaje.

Fruncí el ceño.

—¿Ocurre algo?

Ella dudó un instante.

—Hace unos minutos recibimos varias llamadas preguntando por una pasajera con sus características.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Dijeron quién era?

Negó con discreción.

—No.

Pero ofrecieron una recompensa muy alta por cualquier información.

La puerta volvió a cerrarse.

Y comprendí que Adrian ya había empezado a buscarme.


A cientos de kilómetros de allí, Adrian regresaba a Harbor City en su jet privado.

Nadie se atrevía a hablarle.

Su asistente sostenía una carpeta llena de informes.

—Señor Blackwood…

El divorcio ya fue inscrito oficialmente.

Ella ya no aparece como su cónyuge en los registros civiles.

Adrian permaneció mirando por la ventanilla.

—Eso cambia un papel.

No cambia la realidad.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

Quienes trabajaban con él sabían que aquel tono siempre anunciaba una tormenta.


A las once de la noche llegó a la mansión.

Entró sin quitarse el abrigo.

Esperaba encontrar alguna escena.

Una carta.

Un vestido olvidado.

Algo.

Encontró silencio.

Subió directamente al dormitorio principal.

El enorme vestidor estaba casi vacío.

No faltaban los vestidos caros.

No faltaban las joyas.

No faltaban los bolsos exclusivos que él le había comprado.

Todo seguía exactamente donde estaba.

Solo faltaban tres cosas.

Un sencillo vestido color marfil.

Una horquilla de madera.

Y una vieja maceta de jazmín junto a la ventana.

Adrian permaneció inmóvil.

Durante cinco años había creído que podía medir el amor con regalos.

Aquella habitación demostraba lo contrario.

Ella se había marchado sin llevarse prácticamente nada de él.


—¿Dónde está la señora?

Preguntó finalmente al mayordomo.

El anciano respondió con serenidad.

—Se fue esta tarde.

Como usted había solicitado.

Adrian giró lentamente.

—¿Dijo algo?

El mayordomo recordó aquellas últimas palabras.

—Sí, señor.

Me pidió decirle que sus caminos no volverían a cruzarse.

Y que lo que se enterró…

Entregado debía quedarse.

El rostro de Adrian se endureció.

No por rabia.

Por algo mucho más extraño.

Incertidumbre.


Entró al antiguo estudio de su esposa.

Nunca había prestado demasiada atención a aquella habitación.

Ahora la recorrió lentamente.

Sobre el escritorio encontró un cuaderno.

Lo abrió.

Esperaba leer reproches.

Solo había listas.

“Libros que quiero leer.”

“Lugares donde me gustaría ver amanecer.”

“Aprender a pintar acuarelas.”

“Volver al mar.”

Cada deseo estaba tachado.

Al lado de algunos había una fecha.

El año en que se casaron.

El año siguiente.

El siguiente.

Hasta que las listas desaparecían.

Como si ella hubiera dejado de hacer planes para sí misma.

Adrian cerró el cuaderno despacio.

Por primera vez comprendió que no solo había perdido a una esposa.

Había ido apagando, poco a poco, a la mujer que ella era antes de conocerlo.


Mientras tanto, el tren hizo una breve parada en una estación secundaria.

No era Rosehaven.

Solo una escala técnica.

Miré por la ventana.

Dos hombres caminaban por el andén mostrando una fotografía.

Mi fotografía.

Uno de los revisores negó con la cabeza.

Ellos siguieron buscando.

Esperé hasta que el tren volvió a ponerse en marcha para respirar otra vez.

La empleada regresó unos minutos después.

Esta vez llevaba un sobre.

—Una persona pidió que le entregáramos esto solo si alguien intentaba localizarla.

Dentro había una única tarjeta.

Sin firma.

Solo una frase escrita a mano.

“Si de verdad quiere desaparecer, no baje en Rosehaven. Allí la estarán esperando.”

Levanté la vista.

—¿Quién envió esto?

Ella respondió con honestidad.

—No lo sé.

Pagó en efectivo y se marchó antes de que pudiera preguntarle su nombre.

Apreté la tarjeta entre los dedos.

El tren seguía avanzando.

Pero comprendí que el destino que había elegido ya no era seguro.

Y, por primera vez desde que abandoné la mansión Blackwood, entendí que escapar de Adrian no consistía únicamente en cambiar de ciudad.

Consistía en convertirse en alguien que él jamás pudiera volver a encontrar.

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