Miré el teléfono sin decir una palabra.
Mi madre seguía llorando.
—Manuel… por favor, di algo.
—¿Qué tengo que ver yo con la boda de Valeria?
Hubo un silencio incómodo.
Después respondió con una naturalidad que me dejó helado.
—Tú ibas a pagar la diferencia.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Perdón?
—Solo son doscientos cincuenta mil pesos. Después tu hermana te los devuelve.
Solté una risa seca.
—¿Cuándo decidieron eso?
Mi madre dudó.
—Bueno… todos lo hablamos.
—¿Todos quiénes?
No respondió.
Ya conocía la respuesta.
Todos.
Menos yo.
Colgué sin despedirme.
Cinco minutos después sonó el timbre.
Era mi padre.
Entró sin esperar invitación.
Traía el rostro cansado.
—Hijo…
—¿También vienes a convencerme?
Se sentó lentamente.
—La situación está complicada.
—¿Qué situación?
Respiró hondo.
—Valeria dio el anticipo del salón usando una tarjeta de crédito.
—¿Y?
—Nunca pudo pagar el resto.
—¿Y eso también es mi problema?
Mi padre bajó la cabeza.
—El salón amenaza con cancelar todo.
Abrí la computadora.
Entré al correo.
Mientras escuchaba a mi padre hablar, encontré un mensaje enviado tres semanas antes.
Remitente:
Gran Salón Los Olivos.
Asunto:
Confirmación de responsable financiero.
Fruncí el ceño.
Abrí el archivo adjunto.
Mi corazón dio un vuelco.
En el contrato aparecía un nombre.
Manuel Herrera.
Mi nombre.
Como responsable solidario del pago.
Jamás había visto aquel documento.
La firma tampoco era mía.
Levanté lentamente la vista.
—Papá…
Él dejó de hablar.
—¿Quién firmó esto?
Le mostré la pantalla.
Su expresión cambió de inmediato.
—Yo… no sabía.
—No te pregunté si sabías.
Mi voz salió mucho más fría de lo que esperaba.
—Te pregunté quién firmó.
En ese momento volvió a sonar mi teléfono.
Era un número desconocido.
Contesté.
—¿Señor Manuel Herrera?
—Sí.
—Habla Verónica Salas, directora administrativa del Salón Los Olivos.
Miré otra vez el contrato.
—La escucho.
—Llamo para confirmar si hoy realizará el pago pendiente.
—Antes quiero hacerle una pregunta.
—Claro.
—¿Quién entregó este contrato?
La mujer revisó algo.
—Lo trajo personalmente la señorita Valeria Herrera junto con la señora Alicia Herrera.
Mi madre.
Cerré los ojos.
—¿Me vio firmarlo?
—No, señor.
—¿Verificaron mi identidad?
Silencio.
—No… porque la documentación ya venía completa.
Colgué.
Mi padre ya estaba completamente pálido.
—Manuel…
Le entregué la computadora.
Leyó el contrato.
Después la firma.
Luego volvió a leerla.
—Esa no es tu letra.
Negué lentamente.
—No.
Dos horas más tarde decidí ir al salón.
No por la boda.
Sino por ese contrato.
La directora me recibió personalmente.
Trajo el expediente completo.
Había presupuestos.
Facturas.
Cotizaciones.
Y una hoja escrita a mano.
Era una lista de invitados.
Al lado de varios nombres aparecía una anotación.
“Mesa pagada por Manuel.”
Otra.
“Luna de miel: Manuel.”
Otra.
“Fotografía premium: Manuel.”
Cada gasto importante tenía la misma nota.
Como si fuera un hecho indiscutible que yo terminaría pagando.
Respiré profundamente.
—¿La señorita Herrera dijo que yo había aceptado todo esto?
La directora asintió con evidente incomodidad.
—Nos comentó que usted siempre se hacía cargo de los gastos familiares y que solo faltaba formalizar el pago.
Mientras revisábamos los documentos, la puerta del salón se abrió.
Entró Valeria.
Se detuvo al verme.
—¿Qué haces aquí?
No respondí.
Solo levanté el contrato.
—¿Quieres explicarme esto?
Ella ni siquiera intentó negarlo.
Rodó los ojos.
—Ay, Manuel.
—¿Sí?
—De todas formas ibas a pagarlo.
La directora nos miró sorprendida.
Valeria continuó hablando como si aquello fuera completamente normal.
—Ganas mucho más que todos nosotros.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es solo dinero.
La observé durante varios segundos.
—¿También fue “solo un pastel”?
Su sonrisa desapareció.
En ese momento llegó mi madre.
Entró apresurada.
—¡Manuel!
Se acercó de inmediato.
—No armes un escándalo aquí.
La directora carraspeó con discreción.
Mi madre bajó la voz.
—Por favor.
—¿Por favor qué?
—Ayuda a tu hermana.
Miré el contrato una última vez.
Después saqué mi teléfono.
Marqué un número.
Valeria frunció el ceño.
—¿A quién llamas?
No respondí.
Esperé.
Al tercer tono contestaron.
—Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales, buenos días.
Toda la sala quedó en silencio.
Mi madre dio un paso hacia mí.
—¿Qué estás haciendo?
Respondí sin apartar la mirada de Valeria.
—Quiero denunciar el uso de una firma que no me pertenece en un contrato donde aparezco como responsable de una deuda de doscientos cincuenta mil pesos.
La directora del salón abrió lentamente otra carpeta.
Su expresión cambió por completo.
—Señor Herrera…
Todos la miramos.
Sostenía una copia ampliada de la identificación que había sido presentada junto con el contrato.

Su voz salió casi en un susurro.
—Creo que esto empeora mucho las cosas.
Le dio la vuelta al documento.
—Porque la credencial utilizada para suplantar su identidad… no era una copia. Era una identificación oficial completamente falsificada con su fotografía y otra firma distinta.