Rebeca volvió a leer la primera página con el ceño fruncido.
—Esto es una tontería.
Le lanzó el documento a Daniela.
—Diles que lo revisen. Mariana solo quiere asustarnos.
Daniela tomó el sobre con manos temblorosas.
Las siguientes páginas no eran amenazas.
Eran copias certificadas.
Escrituras.
Registros notariales.
Constancias del Registro Público de la Propiedad.
Y una cláusula resaltada en amarillo.
La propietaria legal del inmueble era Mariana Salazar desde hacía nueve años.
Ernesto sintió un vacío en el estómago.
—Rebeca…
Ella negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
Pero no lo era.
Nueve años antes.
Cuando el padre de Mariana murió de un infarto, dejó dos bienes importantes.
Un pequeño despacho jurídico.
Y aquella casa de Jardines del Bosque.
En el testamento escribió una condición muy clara.
“La vivienda será exclusivamente para mi hija Mariana y cualquier hijo que ella tenga. Nadie podrá venderla, hipotecarla ni apropiarse de ella mientras ella viva.”
Rebeca nunca aceptó aquella decisión.
Durante años les dijo a todos que la casa era suya porque era la viuda.
Mariana nunca la contradijo.
Prefería evitar conflictos.
Incluso siguió pagando el predial, el mantenimiento, el seguro, las reparaciones y todos los servicios.
Rebeca jamás puso un solo peso.
Sin embargo, actuaba como si fuera la dueña absoluta.
Hasta que decidió cambiar las cerraduras para dejar fuera a su propia nieta.
Ese fue el día en que Mariana dejó de guardar silencio.
Dos días después de recibir la notificación, Rebeca llegó furiosa al despacho de Mariana.
Entró sin anunciarse.
—¡¿Cómo te atreves a querer echarme de mi casa?!
Mariana siguió revisando un expediente.
Ni siquiera levantó la vista.
—No es tu casa.
—¡Soy tu madre!
—Y Camila es tu nieta.
El silencio cayó entre las dos.
Rebeca respiró hondo.
—Solo quería darte una lección.
Mariana cerró lentamente la carpeta.
—¿Cinco horas bajo la lluvia?
Ninguna respuesta.
—¿Con once años?
Rebeca desvió la mirada.
—No pensé que tardarías tanto.
—Sabías perfectamente que estaba trabajando.
Otra vez, silencio.
Mariana abrió un cajón.
Sacó varias fotografías impresas.
La primera mostraba a Camila completamente empapada, tomada por la cámara de seguridad de la casa vecina.
La segunda registraba la hora exacta.
La tercera mostraba a Rebeca abriendo la puerta mientras la niña seguía afuera.
—Doña Teresa entregó estas imágenes a la Fiscalía.
El color abandonó el rostro de Rebeca.
—¿Fiscalía?
—Sí.
Mariana deslizó otro documento.
—También existe un reporte médico.
Hipotermia leve.
Crisis respiratoria.
Y una anotación del neumólogo indicando que la falta de acceso al inhalador pudo haber tenido consecuencias graves.
Ernesto, que acababa de entrar detrás de Rebeca, se quedó inmóvil.
No sabía nada de aquello.
—Rebeca… ¿Camila no tenía su inhalador?
Ella comenzó a llorar por primera vez.
—Yo… no lo recordé.
Mariana la observó con una serenidad absoluta.
—Camila sí lo recordó.
Por eso golpeó la puerta varias veces.
Y nadie abrió.
Esa misma tarde, Daniela buscó a Mariana a solas.
—Yo no participé en esto.
Mariana la miró fijamente.
—Pero estabas ahí.
Daniela bajó la cabeza.
—Tenía miedo de enfrentar a mamá.
—Mi hija también tenía miedo.
La diferencia…
Mariana hizo una pausa.
—…es que ella tenía once años.
Daniela rompió a llorar.
No encontró una sola palabra para defenderse.

Porque no existía ninguna.
Mientras abandonaba el edificio, comprendió que el desalojo era apenas el comienzo.
La demanda civil seguía su curso.
Y la investigación por abandono de una menor acababa de abrirse oficialmente.