La puerta principal se abrió veinte minutos después.
Daniel entró sin aliento.
Todavía llevaba el esmoquin.
La corbata estaba floja.
El cabello, perfectamente peinado al comienzo de la noche, ahora parecía desordenado por la desesperación.
Encendió la luz del vestíbulo.
Me encontró sentada en el sofá, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
No me había movido.
—Isabella…
Caminó hacia mí.
—Escúchame.
Levanté una mano.
Se detuvo.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un director ejecutivo seguro de sí mismo.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que había cometido un error imposible de reparar.
—¿Qué pasó? —preguntó con la voz tensa—. ¿Qué le dijiste al señor Carter?
Lo observé unos segundos antes de responder.
—Nada que no fuera verdad.
Frunció el ceño.
—¿Cómo que nada?
—Solo le informé que no asistiría.
Daniel negó con desesperación.
—¡Después de tu mensaje canceló la firma!
Respiró hondo.
—Los abogados se levantaron de la mesa. Los inversionistas se fueron. Nadie entiende qué ocurrió.
Lo miré con absoluta calma.
—Yo sí.
Daniel comenzó a caminar de un lado a otro.
—Isabella, esto puede destruir la empresa.
No respondí.
—Hay más de trescientos empleados.
Silencio.
—Hay contratos internacionales.
Silencio otra vez.
Finalmente se detuvo frente a mí.
—¿Qué quiere Carter?
Respiré despacio.
—No es Carter quien tiene preguntas.
—¿Entonces quién?
Me puse de pie.
Caminé hasta el estudio.
Abrí un cajón del escritorio.
Saqué una carpeta gris.
La coloqué frente a él.
—Tú.
Daniel miró la carpeta sin tocarla.
—¿Qué es esto?
—El primer contrato que firmaste cuando fundaste Reed Technologies.
Él soltó una risa nerviosa.
—Conozco perfectamente ese contrato.
—¿Seguro?
Abrió la carpeta.
Reconoció inmediatamente las primeras páginas.
Las había firmado cinco años atrás.
Cuando la empresa apenas sobrevivía.
—¿Y?
Pasé lentamente hasta la última sección.
—Lee la cláusula de representación internacional.
Daniel comenzó a leer.
Su expresión fue cambiando poco a poco.
Volvió al inicio.
Leyó otra vez.
Después levantó la vista.
—No…
Su voz apenas salió.
—Eso ya no tiene efecto.
Negué lentamente.
—Nunca fue modificada.
Se quedó completamente inmóvil.
Cinco años atrás, cuando ningún banco quería prestarles dinero, mi familia había abierto puertas que Daniel ni siquiera sabía que existían.
No porque fuera mi esposo.
Sino porque confiaban en mí.
Mi primo Edward Carter, residente en Europa y miembro del consejo del fondo internacional Carter Global Capital, fue quien presentó la empresa a los primeros inversionistas extranjeros.
Todo quedó documentado.
Una de las condiciones era sencilla:
Mientras la familia Carter mantuviera su respaldo estratégico, cualquier ampliación importante del capital debía contar con la validación del representante designado por ellos.
Ese representante siempre fui yo.
Nunca renuncié a ese papel.
Simplemente dejé que Daniel creyera que ya no era importante.
Él dejó lentamente la carpeta sobre la mesa.
—Nunca…
Me miró fijamente.
—Nunca me dijiste esto.
Sonreí con tristeza.
—Nunca me lo preguntaste.
Guardó silencio.
Recordé todas las veces que intenté hablar del crecimiento internacional.
Todas las veces que respondió:
“Déjamelo a mí. Tú no entiendes estos asuntos.”
Su teléfono comenzó a sonar.
Era el director financiero.
Después el presidente del consejo.
Luego tres inversionistas más.
No respondió a ninguno.
Seguía mirándome.
—¿Qué va a pasar ahora?
Caminé hasta la ventana.
La ciudad seguía iluminada.
Como si nada hubiera cambiado.
—Eso ya no depende de mí.
—¿Cómo que no?
—Depende del consejo del fondo.
Él dio un paso hacia mí.
—Habla con ellos.
Respiré lentamente.
—¿Por qué?
—Porque eres mi esposa.
Aquellas palabras llegaron demasiado tarde.
Me giré.
Lo miré directamente a los ojos.
—Hace apenas una hora…
Hice una pausa.
—Frente a todo el mundo dijiste que yo no merecía entrar a tu celebración.
El silencio volvió a llenar la casa.
—Ahora quieres que vuelva a ser lo suficientemente importante como para salvar tu empresa.
Daniel bajó la cabeza.
No encontró ninguna respuesta.
Entonces sonó mi teléfono.
Miré la pantalla.
Edward Carter.
Contesté.
—Buenas noches, Edward.
La voz de mi primo llegó tranquila desde el otro lado.
—¿Estás bien?
—Sí.

—Perfecto.
Hubo un breve silencio.
Después añadió una frase que hizo que el rostro de Daniel perdiera el último resto de color.
—El consejo acaba de convocar una sesión extraordinaria para mañana a las ocho. Y quieren saber si deseas volver a ocupar el puesto que dejaste hace cinco años.