PARTE 2 — LA FIRMA QUE LOS HUNDIÓ

Valeria permaneció en silencio varios segundos.

—¿Quieres dejar que usen la firma falsa?

Mariana asintió lentamente.

—Sí.

La abogada la miró como si no hubiera entendido.

—Podemos detenerlos ahora mismo.

—Y ellos dirán que fue un malentendido.

Que Ricardo tenía autorización.

Que alguien confundió los documentos.

Mariana tomó aire con dificultad.

El labio seguía sangrando.

—Pero si hoy presentan una firma falsificada ante el consejo…

Ya no será un malentendido.

Será un delito documentado.

Valeria comprendió inmediatamente.

Sacó el teléfono.

—Entonces solo observamos.

—No.

Observamos…

Y grabamos todo.


A las ocho de la mañana, la sala principal de la constructora Salgado estaba llena.

Representantes de un fondo español.

Auditores.

Miembros del consejo.

Notarios.

Ricardo apareció impecablemente vestido con un traje azul oscuro.

Nadie habría imaginado que, apenas cinco horas antes, había golpeado a su esposa en el dormitorio.

Teresa caminaba a su lado saludando a todos con expresión preocupada.

—Mariana está atravesando una situación emocional muy delicada.

Esperamos que se recupere pronto.

Varios asistentes asintieron con gesto compasivo.

Exactamente la imagen que ellos querían proyectar.


El notario abrió la carpeta.

—Según la documentación presentada, la señora Mariana Salgado ha delegado temporalmente la administración de sus acciones…

Ricardo sonrió discretamente.

Todo marchaba según lo previsto.

Deslizó una carpeta hacia el centro de la mesa.

—Aquí está la autorización firmada.

El notario tomó el documento.

Lo observó durante unos segundos.

Después comenzó a revisar las firmas.

En ese mismo instante, en otro edificio de Monterrey, Mariana seguía la reunión desde la pantalla de una computadora junto a Valeria y dos agentes ministeriales.

Una pequeña cámara instalada semanas antes en la sala de juntas transmitía todo en tiempo real.

Mariana no apartaba la vista de Ricardo.

Esperaba.

Solo esperaba.


El notario terminó de leer.

—Necesito confirmar un detalle.

Ricardo conservó la sonrisa.

—Por supuesto.

—¿La señora Mariana firmó este documento en su presencia?

—Sí.

El hombre respondió sin vacilar.

—¿Y estaba plenamente consciente de su decisión?

—Completamente.

El notario hizo una breve anotación.

—Entendido.

Mariana cerró lentamente los ojos.

Acababa de ocurrir.

No solo habían presentado una firma presuntamente falsificada.

Ricardo acababa de afirmar públicamente que había presenciado esa firma.


Valeria miró a Mariana.

—¿Ahora?

Mariana negó con la cabeza.

—Todavía no.

Falta una pieza.


Cinco minutos después, uno de los inversionistas españoles levantó la mano.

—Disculpen.

Antes de continuar…

¿Podríamos hablar con la señora Mariana?

Ricardo mantuvo la compostura.

—Lamentablemente no es posible.

Su estado de salud…

El hombre lo interrumpió.

—Precisamente por eso.

Nuestra política exige confirmar personalmente cualquier cambio de control cuando el accionista mayoritario posee más del cincuenta por ciento.

Ricardo sintió por primera vez un ligero nudo en el estómago.

—Como expliqué, ella no puede asistir.

Teresa intervino inmediatamente.

—Los médicos sospechan una crisis psicológica importante.

El inversionista intercambió una mirada con su asesor jurídico.

—Entiendo.

Entonces esperaremos.

Sin la confirmación de la accionista mayoritaria, el acuerdo queda suspendido.

La sonrisa de Ricardo desapareció apenas un instante.


En el hospital, el teléfono de Valeria vibró.

Era el perito calígrafo.

Respondió en altavoz.

—Licenciada…

Acabamos de terminar el análisis preliminar.

Mariana levantó la vista.

—¿Resultado?

—La firma del documento no coincide con los patrones originales de la señora Salgado.

Presenta múltiples indicios de falsificación.

Valeria sonrió por primera vez aquella mañana.

Miró a Mariana.

—Ya lo tenemos.

Pero Mariana seguía observando la transmisión.

—Aún no.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué falta?

Mariana señaló la pantalla.

Ricardo acababa de sacar su teléfono para responder una llamada urgente.

Se alejó unos pasos del consejo sin darse cuenta de que el micrófono ambiental de la sala seguía captando perfectamente su voz.

Contestó molesto.

—¿Qué pasa ahora?

La respuesta no se escuchó.

Pero sí se escuchó claramente lo que dijo después.

—¿Cómo que la firma puede ser un problema?

Si Mariana ni siquiera estaba consciente cuando preparamos esos documentos…

Ricardo se quedó inmóvil.

Acababa de comprender demasiado tarde lo que había dicho.

En la sala de juntas se hizo un silencio absoluto.

El notario levantó lentamente la cabeza.

El asesor jurídico español dejó de escribir.

Y los agentes que escuchaban la transmisión desde el hospital intercambiaron una mirada.

Porque aquella llamada acababa de hacer mucho más que poner en duda un documento.

Acababa de convertir una sospecha de fraude en una confesión captada en tiempo real.

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