Los dos agentes entraron primero.
Después el actuario.
Claudia Rivas fue la última en cruzar el umbral.
Cerró la puerta con absoluta tranquilidad.
La sonrisa de Ricardo desapareció.
—¿Qué significa esto?
El actuario abrió la carpeta azul.
—¿Señor Ricardo Mendoza?
—Sí.
—Queda usted formalmente notificado de una medida cautelar sobre diversos bienes y cuentas relacionados con el expediente 417/26.
Ricardo soltó una risa incrédula.
—Debe haber un error.
Miró a Mariana.
—¿Qué hiciste?
Ella permaneció inmóvil.
—Nada que no debiera haber hecho hace meses.
Leticia dejó caer el portarretratos sobre el sofá.
—¡Esto es ridículo!
Claudia dio un paso al frente.
—Ridículo fue utilizar recursos que no le pertenecían para sostener una doble vida.
Fernanda cruzó los brazos.
—No entiendo de qué hablan.
Claudia abrió la carpeta.
Sacó varias hojas.
—Ayer, a las 21:02 horas, la señora Mariana autorizó una transferencia por dos millones novecientos ochenta mil pesos.
Ricardo sonrió nuevamente.
—¿Ven?
Ella pagó mi deuda.
Claudia negó lentamente.
—No exactamente.
El silencio volvió a llenar la cocina.
—La transferencia no fue dirigida a su acreedor.
Ahora sí, Ricardo dejó de respirar por un instante.
—¿Qué?
—Fue depositada en una cuenta de consignación judicial autorizada por el juzgado mercantil.
El dinero nunca llegó a usted.
Nunca liquidó su obligación.
Simplemente quedó inmovilizado por orden judicial.
Fernanda miró a Ricardo.
—¿Qué está diciendo?
Él empezó a ponerse pálido.
—Eso… eso no puede ser.
Mariana lo observó con una serenidad que lo desconcertó.
—Creíste que te había salvado otra vez.
Nunca revisaste el comprobante completo.
Solo viste el monto.
Y decidiste traer a tu amante a mi casa.
Leticia dio un paso hacia Claudia.
—¡Ese dinero era de mi hijo!
—No.
Respondió Claudia con firmeza.
—Era de mi clienta.
Y precisamente porque era suyo, ella tenía derecho a decidir cómo protegerlo.
El actuario intervino.
—Además, existe otra diligencia pendiente.
Sacó un segundo documento.
—Respecto al inmueble ubicado en esta dirección.
Ricardo levantó la voz.
—¡Esta es mi casa!
Mariana sonrió apenas.
—No.
Es la casa donde vivías.
No la que te pertenece.
Claudia colocó sobre la barra una copia del fideicomiso.
—La propiedad forma parte del patrimonio protegido creado por el señor Alejandro Ortega.
Única beneficiaria:
Mariana Ortega.
El señor Ricardo Mendoza nunca fue propietario.
Solo tuvo autorización de residencia mientras existiera el matrimonio.
Fernanda retrocedió lentamente.
Miró alrededor.
La cocina.
La sala.
Las escaleras.
Todo aquello que ya imaginaba suyo.
—Ricardo…
Su voz empezó a temblar.
—¿Tú me dijiste que esta casa era tuya?
Él no respondió.
No podía.
Porque era verdad.
Durante años había repetido esa mentira.
Claudia volvió a abrir la carpeta azul.
—Y todavía falta un punto.
Ricardo levantó lentamente la cabeza.
—¿Cuál?
La abogada dejó sobre la mesa una serie de fotografías.
Estados de cuenta.
Facturas de hoteles.
Transferencias.
Y una lista de pagos realizados desde la cuenta de la empresa.
—Tenemos evidencia de que recursos corporativos fueron utilizados para financiar gastos personales relacionados con la relación extramarital del señor Mendoza.
Los agentes intercambiaron una mirada.
Fernanda sintió un vacío en el estómago.
—Ricardo…
¿Eso también es cierto?
Él dio un paso hacia ella.
—Déjame explicarte…
Pero ella ya había empezado a quitarse la bata de seda.
La dejó cuidadosamente sobre una silla.
Como si de pronto quemara.
Cinco minutos antes había entrado en aquella cocina creyéndose la nueva dueña de la casa.
Ahora miraba a Ricardo como si nunca lo hubiera conocido.
Y antes de que alguien pudiera decir una palabra más…
Fernanda lanzó un grito.

No era de enojo.
Era de pánico.
Porque acababa de entender que el hombre por el que había apostado todo no solo seguía casado.
También estaba a punto de perder la empresa, la casa… y probablemente su libertad.