Mi padre sonrió al ver mi firma.
Verónica besó los documentos.
Renata dejó de grabar unos segundos para aplaudir.
—¿Ves? —dijo mi padre—. Al final siempre haces lo que te ordeno.
Bajé lentamente la pluma.
Mi brazo derecho seguía latiendo con un dolor insoportable.
Pero el reloj de mi teléfono vibró una vez más dentro del bolsillo.
Nueve minutos.
No había cancelado la alerta.
Exactamente como estaba previsto.
Verónica revisó cada hoja con ansiedad.
—Está perfecto.
Todo ya es nuestro.
Mi padre tomó la carpeta.
—Mañana mismo iremos al Registro Público.
Entonces hablé con la voz más débil que pude fingir.
—¿Ya… ya me van a dejar ir al hospital?
Los tres se rieron.
Renata fue la primera.
—Primero firmaste.
Ahora toca limpiar el desastre.
Mi padre señaló el piso.
—Vamos a practicar la historia.
Te caíste por las escaleras.
¿Entendido?
Asentí lentamente.
—Sí.
—¿Quién te golpeó?
—Nadie.
—¿Cómo te rompiste el brazo?
—Me caí.
Sonrió satisfecho.
—Ahora sí pareces mi hija.
Verónica guardó los documentos dentro de un portafolio.
—Héctor, llama a tu amigo el doctor.
Que prepare el informe.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Ocho minutos.
Respiré despacio.
Solo necesitaba ganar un poco más de tiempo.
Miré a Renata.
—¿De verdad grabaste todo?
Ella levantó orgullosa el teléfono.
—Claro.
Quiero recordar el día en que dejaste de sentirte la favorita de la abuela.
Mi padre soltó una carcajada.
—Guárdalo.
Nadie fuera de esta casa verá ese video.
No sabía que cada palabra seguía transmitiéndose en directo.
El pequeño broche negro de mi blusa continuaba enviando imagen y sonido.
No a una nube cualquiera.
Sino al despacho de Sofía Cárdenas.
Y, si la transmisión seguía activa al cumplirse el tiempo programado…
También a la Fiscalía.
Siete minutos.
Mi padre comenzó a recoger los papeles.
—Vámonos.
Tenemos mucho trabajo.
En ese momento sonó el timbre.
Los tres se quedaron inmóviles.
Verónica frunció el ceño.
—¿Esperas a alguien?
Negué con la cabeza.
Mi padre caminó hacia la puerta.
Miró por la mirilla.
Su expresión cambió apenas un instante.
—Es un mensajero.
Abrió apenas unos centímetros.
Un hombre con uniforme sostuvo una carpeta.
—¿Señor Héctor Salgado?
—Sí.
—Necesito una firma de recibido.
Mi padre firmó con impaciencia.
Cerró la puerta.
—Publicidad.
Arrojó el sobre sobre una silla sin abrirlo.
Cinco minutos.
Sentí un pequeño alivio.
Mientras él perdía el tiempo con aquel mensajero, el reloj seguía avanzando.
Verónica volvió a insistir.
—Llama al doctor.
Mi padre sacó el teléfono.
Pero antes de marcar…
Se escuchó otro sonido.
Esta vez no era el timbre.
Era el ruido de varios vehículos frenando frente a la casa.
Uno.
Dos.
Tres.
Renata corrió hacia la ventana.
Su sonrisa desapareció.
—Papá…
Él levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Hay… hay muchas patrullas.
El silencio cayó sobre la sala.
Mi padre dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
Verónica comenzó a ponerse pálida.
—No pueden venir por nosotros.

No saben nada.
Yo bajé la mirada para ocultar la sonrisa.
En ese preciso instante, mi celular vibró por última vez.
La alerta automática acababa de cumplirse.
Y el mensaje que apareció en la pantalla bloqueada decía exactamente lo que mi abuela había previsto meses antes:
“Transmisión finalizada. Evidencia enviada correctamente a la Fiscalía y al juzgado de guardia.”