PARTE 2: EL CUARTO QUE ALGUIEN HABÍA VACIADO

Rodrigo regresó a la casa poco después de las once de la noche.

La cinta amarilla de la Fiscalía seguía cruzando la entrada.

Uno de los peritos levantó la cabeza al verlo.

—Señor Salgado, terminamos la inspección principal.

Rodrigo asintió.

—Solo necesito cinco minutos.

Entró despacio.

El olor a cloro seguía impregnando cada rincón.

Pero ahora podía distinguir algo más.

Perfume.

Un perfume femenino.

No era el de Camila.

Ella nunca usaba aromas dulces.

Subió las escaleras.

La habitación principal estaba revuelta.

Los cajones abiertos.

La ropa tirada.

Todo parecía un robo.

Demasiado perfecto.

Rodrigo había visto suficientes escenas manipuladas durante años de servicio.

Aquello no era el trabajo de un ladrón.

Era el trabajo de alguien que quería parecer un ladrón.

Abrió el armario.

La caja fuerte seguía allí.

Intacta.

No habían intentado abrirla.

Dentro permanecían relojes, efectivo y documentos importantes.

Ningún delincuente habría dejado todo aquello.

Entonces caminó hasta el cuarto que Camila utilizaba como estudio.

Se detuvo en seco.

Había un espacio vacío junto a la ventana.

Durante años, allí estuvo el escritorio donde ella trabajaba.

Ya no estaba.

Solo quedaban las marcas de las ruedas sobre el piso de madera.

Alguien se había llevado únicamente el escritorio.

Nada más.

Rodrigo recordó una conversación ocurrida apenas dos semanas antes.

Camila había sonreído mientras cerraba la computadora portátil.

—Cuando vuelvas quiero enseñarte algo.

—¿Qué cosa?

—Todavía no.

Primero necesito terminar de ordenar toda la información.

Él había bromeado.

—¿Es una sorpresa?

Ella le dio un beso.

—Sí.

Y creo que va a cambiar muchas cosas.

Rodrigo apretó los puños.

Alguien había venido específicamente por aquello que Camila estaba preparando.

No por dinero.

No por joyas.

Por información.

En ese momento sonó su teléfono.

Era el detective Ignacio Herrera.

—Encontramos algo.

—Voy para allá.

—No.

Mire primero debajo del escritorio.

Rodrigo frunció el ceño.

—El escritorio ya no está.

Hubo unos segundos de silencio.

—Entonces revise el piso.

Justo donde estaba apoyado.

Rodrigo iluminó la zona con la linterna del celular.

Se arrodilló.

Entre dos tablones había un pequeño corte rectangular.

Metió cuidadosamente la punta de una navaja.

La madera cedió.

Debajo apareció un compartimiento oculto.

Dentro había una memoria USB negra.

Y un sobre.

En el frente, escrito con la letra de Camila, solo podía leerse:

“Para Rodrigo. Abrir únicamente si algo me ocurre.”

Sintió un vacío en el pecho.

Abrió el sobre con manos temblorosas.

La carta era breve.

“Si estás leyendo esto, significa que llegaron antes que yo.

No confíes en las apariencias.

Lo que descubrí no empezó conmigo.

Y tampoco termina en mi familia.”

Rodrigo cerró los ojos un instante.

Conectó la memoria USB a su computadora portátil.

La pantalla mostró una carpeta protegida.

Contraseña requerida.

Pensó unos segundos.

Escribió la fecha de su aniversario.

Incorrecta.

Probó el cumpleaños de Camila.

Incorrecta.

Entonces recordó la frase que ella repetía siempre que él salía de misión.

“Vuelve conmigo.”

Escribió:

VuelveConmigo

La carpeta se abrió.

Había cientos de archivos.

Contratos.

Transferencias bancarias.

Fotografías.

Y un video titulado:

“Si ya no puedo hablar.”

Rodrigo hizo clic.

Camila apareció frente a la cámara.

Estaba viva.

Serena.

Pero sus ojos reflejaban un miedo que él jamás le había visto.

—Rodrigo…

Si ves este video, significa que tenían razón.

Van a intentar callarme.

No solo por lo que descubrí sobre mi familia…

Sino porque alguien muy poderoso está usando a los Lobo como pantalla.

Rodrigo sintió que la respiración se detenía.

Camila continuó.

—Durante meses seguí el dinero de las empresas de mi padre.

Pensé que era evasión fiscal.

Me equivoqué.

Las transferencias terminan siempre en el mismo lugar.

Levantó lentamente una carpeta hacia la cámara.

En la portada había un solo nombre.

Secretaría de Seguridad del Estado.

Rodrigo dejó de respirar.

Porque comprendió que el enemigo ya no era únicamente la familia Lobo.

Y si Camila decía la verdad…

La persona que ordenó destruir su vida podía estar mucho más cerca de lo que cualquiera imaginaba.

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