PARTE 2: EL ARCHIVO OCULTO

Daniela tardó apenas un segundo en reaccionar.

—¡Rosa, llama a una ambulancia! ¡Ahora!

Marisol seguía vomitando sobre el piso de mármol, incapaz de sostenerse en pie.

Doña Ofelia respiraba con dificultad.

Tenía la piel grisácea y los labios amoratados.

En cuestión de minutos, el penthouse se llenó de paramédicos.

—¿Quién más comió el pastel? —preguntó uno de ellos mientras conectaba un monitor a Ofelia.

Daniela negó con la cabeza.

—Solo ellas.

El paramédico levantó la vista.

—¿Usted no probó ni un bocado?

—No.

Los dos profesionales intercambiaron una mirada.

—Eso probablemente le salvó la vida.

Aquellas palabras le atravesaron el pecho.

Le salvó…

¿La vida?


A las doce y cuarenta y cinco de la madrugada, el teléfono de Daniela comenzó a sonar sin descanso.

Era Esteban.

Contestó.

—¿Qué pasó? —preguntó él con una ansiedad que resultaba extraña—. ¿Ya comiste el pastel?

Daniela permaneció en silencio unos segundos.

—No.

Del otro lado no hubo respuesta inmediata.

Solo una respiración contenida.

—¿Cómo que no?

—Tu mamá y tu hermana llegaron antes.

Otra pausa.

Mucho más larga.

—¿Ellas… lo comieron?

Daniela cerró lentamente los ojos.

Ahora sí estaba segura.

Esteban no preguntó primero si estaban bien.

Preguntó quién había comido.

—Sí.

La voz de Daniela salió completamente fría.

—Se comieron casi todo.

Durante varios segundos no escuchó absolutamente nada.

Luego Esteban habló con una voz distinta.

Mucho más baja.

—Voy para allá.

Y colgó.


Mientras esperaba noticias del hospital, Daniela volvió a la cocina.

Algo no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

Desde que fundó Altavista Desarrollos había aprendido una regla sencilla:

Cuando alguien insiste demasiado en que hagas exactamente una cosa…

Nunca preguntes solo qué quiere.

Pregúntate por qué.

Miró la caja del pastel.

Seguía allí.

Tomó fotografías desde todos los ángulos.

La etiqueta.

El lote.

El número de pedido.

El nombre del repartidor.

Después guardó cuidadosamente los restos del pastel dentro del refrigerador.

No sabía aún qué ocurría.

Pero no iba a permitir que desapareciera la única evidencia.


Su teléfono vibró otra vez.

Esta vez era un correo.

Remitente:

Sistema de respaldo – Altavista Desarrollos

Asunto:

Archivo recuperado automáticamente.

Daniela frunció el ceño.

No recordaba haber solicitado ningún respaldo.

Abrió el mensaje.

Solo contenía un archivo comprimido.

RESPALDO_PRIVADO_ESTEBAN.zip

Sintió un escalofrío.

Ese nombre no pertenecía a ningún proyecto de la empresa.


Utilizó la computadora del despacho para abrir el contenido.

Había decenas de documentos.

Contratos.

Facturas.

Correos.

Y una carpeta llamada:

PERSONAL

Al abrirla encontró una hoja de cálculo.

Cada pestaña llevaba un nombre.

Bancos.

Propiedades.

Seguros.

Daniela.

El corazón comenzó a acelerarse.

Entró en la última.

La primera fila decía:

“Plan de transición patrimonial.”

Debajo aparecía una lista.

“Actualizar beneficiario del seguro de vida.”

“Transferir acciones antes del aniversario.”

“Liquidación médica cubierta por póliza.”

Daniela dejó de respirar por un instante.

Siguió bajando.

Y entonces encontró una línea resaltada en amarillo.

“Después del incidente, asumir dirección general sin oposición.”

El cursor del ratón tembló bajo su mano.

No entendía todavía todo el contexto.

Pero una palabra le resultaba imposible de ignorar.

Incidente.

Justo esa noche.

La noche del pastel.


Abrió otro documento.

Era un intercambio de correos.

No tenían destinatarios visibles.

Solo un asunto.

“Entrega confirmada.”

El mensaje decía:

“Todo estará listo para el aniversario. Lo importante es que Daniela sea la primera en probarlo.”

Las manos comenzaron a enfriársele.

Siguió leyendo.

“Después nadie podrá cuestionar la sucesión.”

Sintió un fuerte golpe en el pecho.

No sabía quién había escrito aquellos correos.

Pero sí sabía una cosa.

Esteban había repetido cuatro veces durante el día la misma frase.

“Tú primero.”


En ese momento sonó el teléfono.

Era el jefe de urgencias.

—¿Señora Daniela?

—Sí.

—Necesitamos hacerle unas preguntas sobre el pastel.

—¿Por qué?

Hubo un breve silencio.

—Los análisis preliminares indican que las pacientes no sufrieron una intoxicación alimentaria común.

Daniela apretó con fuerza el celular.

—¿Entonces?

—Encontramos indicios de una sustancia que no debería estar presente en ningún alimento.

La sangre se le heló.

—¿Qué clase de sustancia?

El médico respondió con absoluta seriedad:

—Aún no podemos confirmarlo oficialmente… pero todo apunta a que alguien manipuló ese pastel antes de que llegara a su domicilio.

Y, en ese mismo instante, Daniela volvió la vista hacia la pantalla de su computadora.

Porque acababa de abrir el último archivo del respaldo.

Era un documento titulado:

“Nuevo testamento de Esteban”.

Y la primera cláusula comenzaba con una frase que hizo que el mundo se detuviera:

“En caso de fallecimiento de mi esposa Daniela durante el aniversario de matrimonio…”

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