Iván dio un paso hacia ella.
Solo uno.
Pero Regina lo vio.
Y también lo vio el guardia de seguridad que acababa de salir del elevador al escuchar las voces en el pasillo.
—No me obligues a hacer esto más difícil —murmuró Iván.
Regina apretó a Mateo contra su pecho.
El bebé seguía dormido.
Ajeno al desastre que acababa de heredar.
—¿Más difícil para quién? —preguntó ella.
Doña Carmen soltó una carcajada desde el interior.
—Ay, por favor. Siempre haciéndose la víctima.
El operador del 911 contestó.
Regina explicó rápidamente la situación.
Recién salida del hospital.
Propietaria del inmueble.
Cambio de cerradura sin autorización.
Negativa de acceso.
Mientras hablaba, el guardia observaba a Iván y a doña Carmen con una expresión cada vez más seria.
—¿Es verdad que ella es la propietaria? —preguntó.
Iván no respondió.
Doña Carmen sí.
—Somos familia. Eso no importa.
Aquella frase terminó de hundirlos.
Porque precisamente sí importaba.
Y mucho.
Minutos después llegó la administradora de la torre.
Una mujer estricta llamada Patricia que llevaba años gestionando el edificio.
En cuanto vio a Regina con el bebé en brazos y la bata del hospital asomando bajo el abrigo, frunció el ceño.
—¿Qué está pasando aquí?
Regina mostró los documentos que llevaba en la carpeta.
La escritura.
Los comprobantes.
La identificación.
Todo.
Patricia revisó apenas unos segundos.
Y luego levantó la vista.
—La propietaria es ella.
El silencio cayó sobre el pasillo.
Doña Carmen cruzó los brazos.
—Eso es un tecnicismo.
—No —respondió Patricia—. Es un título de propiedad.
La diferencia es enorme.
Iván comenzó a ponerse nervioso.
—Mire, es mi esposa.
Vivimos aquí juntos.
—Vivían aquí juntos —corrigió Patricia—. Pero usted no puede impedir el acceso al propietario legal.
La sangre desapareció del rostro de doña Carmen.
Porque por primera vez alguien estaba hablando en términos que no podía manipular.
Documentos.
Propiedad.
Derechos.
Realidades.
No opiniones.
La policía llegó pocos minutos después.
Escucharon ambas versiones.
Revisaron la documentación.
Y la conclusión fue inmediata.
Regina tenía derecho absoluto a entrar.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Uno de los agentes observó la cerradura.
—¿Quién autorizó el cambio?
Iván guardó silencio.
Doña Carmen también.
El técnico de seguridad del edificio acababa de llegar.

Revisó el sistema.
Y encontró el registro.
Fecha.
Hora.
Código utilizado.
Solicitud electrónica.
Todo.
—La modificación se hizo hace tres días.
Regina sintió un nudo en la garganta.
Tres días.
Mientras ella estaba hospitalizada recuperándose de la cesárea.
Mientras daba a luz al hijo de Iván.
Ellos estaban cambiando las cerraduras.
Preparando su expulsión.
Planeándolo todo.
El agente observó la pantalla.
—¿Quién realizó la solicitud?
El técnico giró lentamente el monitor.
Y mostró el nombre.
Doña Carmen.
El pasillo entero quedó en silencio.
Iván cerró los ojos.
Como si ya supiera que todo había terminado.
Pero aún faltaba lo peor.
Porque Patricia recibió una llamada.
Escuchó unos segundos.
Y después miró directamente a Regina.
—Necesito mostrarte algo.
Sacó una tableta.
Abrió las cámaras de seguridad del edificio.
Y reprodujo una grabación realizada dos días antes.
En la pantalla aparecían Iván y una mujer joven entrando al departamento.
No era doña Carmen.
No era una vecina.
No era una amiga.
Era una desconocida.
Una mujer que llevaba varias maletas.
Y que utilizaba una llave nueva para entrar.
La misma llave que habían usado para impedir el regreso de Regina.
El rostro de Iván perdió todo el color.
Doña Carmen dejó caer su taza de café.
Porque la grabación no solo demostraba que habían intentado echar a Regina de su propia casa.
También demostraba que llevaban días preparando la llegada de alguien más para ocupar su lugar.
Y la mujer de las maletas acababa de aparecer al fondo del pasillo.