Serena permaneció en la sala observando las fotografías militares que colgaban de las paredes.
Adrian estaba a su lado, explicándole cada condecoración con una paciencia que nunca había tenido conmigo.
Yo sostenía el acuerdo de divorcio en el pasillo.
Durante unos segundos pensé en entrar, colocarlo sobre la mesa y marcharme sin decir una sola palabra.
Pero entonces Serena tomó entre sus dedos la vieja medalla dañada que Adrian había arriesgado la vida por recuperar.
—No puedo creer que todavía la conserves —dijo ella.
Adrian bajó la mirada hacia la medalla.
—Fue lo único que me quedó de ti.
Su voz sonó extrañamente vulnerable.
Serena sonrió.
—Éramos demasiado jóvenes.
—Yo no lo olvidé.
Mi mano se cerró alrededor de los documentos.
Cinco años de matrimonio.
Cinco años esperándolo después de cada misión.
Cinco años curando sus heridas mientras él dormía llamando el nombre de otra mujer.
Y allí estaba, confesando frente a mí que jamás la había olvidado.
Serena levantó la vista y me descubrió en el pasillo.
—Oh. Debes ser Elena.
Adrian se giró.
Su expresión cambió de inmediato. La suavidad desapareció de su rostro y volvió aquella frialdad que yo conocía demasiado bien.
—¿Necesitas algo?
No “¿estás bien?”.
No “¿desde cuándo estás ahí?”.
Solo eso.
¿Necesitas algo?
Caminé hacia ellos y dejé el acuerdo sobre la mesa.
—Tu firma.
Adrian miró la primera página.
—¿Qué es esto?
—Nuestro divorcio.
Serena se quedó inmóvil.
Adrian soltó una risa breve, como si yo acabara de contarle una broma absurda.
—¿Otra vez con esto?
—Nunca antes te había pedido el divorcio.
—Lo has insinuado cuando estás molesta.
—Esta vez no estoy molesta.
Lo miré directamente.
—Estoy decidida.
Su sonrisa desapareció.
Tomó el documento y leyó las primeras líneas. A medida que avanzaba, su expresión se endureció.
—Renuncias a la casa.
—Sí.
—A los vehículos.
—Sí.
—A cualquier compensación económica.
—No necesito nada tuyo.
Adrian dejó caer el acuerdo sobre la mesa.
—¿Crees que esto es una demostración de orgullo?
—No.
—Entonces, ¿por qué ahora?
Serena bajó la mirada, incómoda.
Yo señalé la medalla que todavía tenía entre las manos.
—Porque finalmente entendí que nunca hubo lugar para mí en este matrimonio.
Adrian frunció el ceño.
—No mezcles a Serena con nuestros problemas.
—Ella no es el problema.
Serena levantó los ojos.
—Adrian, tal vez debería irme.
—No tienes que hacerlo.
Su respuesta llegó demasiado rápido.
Entonces me miró.
—Elena, Serena estará aquí solo unos días. No tienes derecho a incomodarla por tus inseguridades.
Sentí algo parecido a una risa dentro del pecho.
No era felicidad.
Era incredulidad.
—¿Mis inseguridades?
—Escuchaste una conversación privada y sacaste conclusiones.
—Dijiste que jamás habrías elegido a una mujer como yo.
Serena volvió la cabeza hacia Adrian.
Él no pareció avergonzado.
—Estaba hablando con mi asistente.
—Eso no cambia lo que dijiste.
—Las palabras pueden malinterpretarse.
—¿También malinterpreté cuando dijiste que todavía amabas a Serena?
Adrian guardó silencio.
Serena apretó la medalla.
—No sabía que habías dicho eso.
—No importa —respondió él.
Yo sonreí con tristeza.
—Para ti nunca importa lo que me hiere.
Adrian respiró con impaciencia.
—No tengo tiempo para una escena. Mañana debo recibir a una delegación de operaciones especiales y dentro de dos días empieza la conferencia regional.
—Entonces firma.
—No.
La respuesta me sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque no voy a tomar una decisión legal mientras estás emocionalmente alterada.
—Llevo cinco años tomando decisiones mientras tú ni siquiera estabas presente.
—Elena.
—Firma.
—He dicho que no.
Lo observé durante unos segundos.
Durante nuestro matrimonio, Adrian había confundido mi paciencia con obediencia. Creía que podía negarse y que yo volvería a la cocina, doblaría su uniforme y esperaría a que se dignara a hablar conmigo.
Saqué mi teléfono.
—Entonces recibirás la notificación oficial de mi abogado.
—¿Ya hablaste con uno?
—Hace una semana.
Por primera vez, vi algo parecido a desconcierto en sus ojos.
—¿Llevas una semana planeando esto?
—Llevo cinco años aceptándolo.
Tomé una maleta que había dejado junto a la escalera.
Adrian miró el equipaje.
—¿Adónde vas?
—A la base central.
—¿Por qué?
—Trabajo.
Soltó una risa seca.
—¿Tú?
Me detuve.
—Sí. Yo.
—No has trabajado en años.
—Eso es lo que tú crees.
Adrian cruzó los brazos.
—Elena, no conviertas una crisis matrimonial en una fantasía. No tienes rango, unidad ni experiencia actual.
Serena intervino con cuidado:
—Podría solicitar un puesto administrativo. Muchas esposas de oficiales lo hacen.
La miré.
No había maldad evidente en su voz.
Solo condescendencia.
—No busco un puesto administrativo.
Adrian negó con la cabeza.
—No sabes cómo funciona una base de operaciones.
—Sé lo suficiente.
—¿Sabes disparar?
—Sí.
—¿Primeros auxilios de combate?
—Sí.
—¿Estrategia táctica?
—Sí.
Su expresión empezó a mostrar irritación.
—Haber leído manuales no te convierte en soldado.
Tomé la maleta.
—Entonces supongo que pronto descubrirás qué soy.
Salí de la casa sin mirar atrás.
No escuché que me siguiera.
Tampoco esperaba que lo hiciera.
El vehículo de Black Blade estaba estacionado a dos calles. No llevaba insignias visibles, pero reconocí inmediatamente el símbolo negro grabado en la puerta interior.
Cuando me acerqué, cuatro personas bajaron.
El primero fue Ryan Cole.
Había sido mi segundo al mando durante seis años.
Tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda y la misma sonrisa insolente de siempre.
Se cuadró frente a mí.
—Comandante.
Los otros tres hicieron lo mismo.
—Bienvenida a casa, Espectro.
Por primera vez en años, alguien pronunció mi nombre real.
No Elena.
No señora Cross.
No esposa del general.
Espectro.
Ryan tomó mi maleta.
—¿Es todo?
—Es todo lo que necesito.
Me abrió la puerta del vehículo.
—La unidad completa está esperando.
Durante el trayecto hacia la base, me entregó una tableta con los detalles de la operación.
La recompensa por la cabeza de Adrian había aumentado.
Siete mil millones.
La organización responsable era una red paramilitar llamada Cerberus.
Habían infiltrado bases, comprado oficiales y asesinado a tres comandantes en menos de dos años.
—¿Por qué Adrian? —pregunté.
Ryan deslizó varios documentos.
—Hace seis meses capturó a uno de sus intermediarios. Creen que posee información sobre su estructura financiera.
—¿La tiene?
—No.
—Entonces quieren eliminarlo por lo que podría descubrir.
Ryan asintió.
—Hay algo más.
Apareció una fotografía de Serena.
—Serena Cole estuvo destinada durante dos años en una base donde Cerberus tenía actividad.
Lo miré.
—¿Es sospechosa?
Ryan tardó en responder.
—No tenemos pruebas.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Su nombre aparece en dos informes clasificados que fueron alterados.
Sentí que una pieza empezaba a colocarse en su sitio.
El regreso repentino de Serena.
Su asignación a la misma región donde servía Adrian.
Su necesidad de alojarse dentro de nuestra casa.
—Vigílenla —ordené—. Sin contacto directo.
—¿Y el general Cross?
Miré por la ventana.
—Nuestra misión es mantenerlo vivo.
Ryan me estudió.
—Aunque acabe de pedirle el divorcio.
—Especialmente ahora.
—¿Todavía lo ama?
No respondí.
Amar a alguien no significaba permitir que te destruyera.
A veces significaba salvarlo por última vez antes de alejarte para siempre.
La base central parecía no haber cambiado.
Los muros grises.
Los hangares.
El olor a metal, combustible y tierra húmeda.
Pero cuando crucé la puerta principal, más de cien soldados de Black Blade estaban formados en el patio.
Todos vestían uniformes negros sin nombre.
Cuando bajé del vehículo, Ryan gritó:
—¡Atención!
El sonido de las botas golpeando el suelo recorrió el patio como un trueno.
Me detuve frente a ellos.
Algunos eran nuevos.
Otros habían combatido a mi lado años atrás.
Uno de los veteranos tenía lágrimas en los ojos.
—Comandante Espectro —dijo Ryan—, Black Blade espera sus órdenes.
Respiré profundamente.
Durante cinco años había intentado convertirme en la mujer que Adrian consideraba adecuada para una esposa.
Silenciosa.
Dócil.
Disponible.
Pero aquella mujer nunca había sido yo.
—Descansen —ordené.
El patio entero obedeció.
La palabra salió con naturalidad.
Como si no hubieran pasado cinco años.
Esa noche revisé informes hasta el amanecer.
A las seis recibí un mensaje de mi abogado.
“Adrian Cross se niega a firmar. Solicita una reunión de mediación”.
Respondí:
“Continúe sin su consentimiento”.
Minutos después llegó otro mensaje.
Esta vez era de Adrian.
“¿Dónde estás?”
No contesté.
Luego:
“Regresa a casa. Tenemos que hablar”.
Apagué la pantalla.
A las ocho comenzó la conferencia militar.
La delegación de Adrian llegó primero.
Desde una sala de observación vi cómo descendía de un vehículo oficial acompañado por Serena.
Ella llevaba un uniforme impecable.
Él caminaba a su lado con la seguridad de un hombre que todavía creía controlar su vida.
Ryan entró en la sala.
—No sabe que usted dirige la delegación.
—Nadie se lo dijo.
—La identidad de Espectro sigue clasificada para casi todos los mandos regionales.
—Manténgala así hasta la presentación.
Ryan sonrió.
—Esto va a ser interesante.
—No estamos aquí para humillarlo.
—Claro que no.
Su sonrisa decía lo contrario.
En el vestíbulo principal, Adrian esperaba frente a una fila de oficiales.
Se ajustaba los guantes una y otra vez.
Serena parecía más emocionada.
—¿Crees que hablará conmigo? —preguntó.
—Espectro no suele hablar con oficiales subalternos —respondió Adrian—, pero intentaré presentarte.
—¿La conoces personalmente?
—No.
—Pero siempre hablas de ella como si lo supieras todo.
Adrian miró hacia las puertas.
—He estudiado cada una de sus operaciones. La misión de Kandar. El rescate de los rehenes en Halcón Rojo. La infiltración de invierno.
Serena sonrió.
—Dicen que recibió diecinueve heridas y aun así sacó a todo su equipo.
—Veintiuna —corrigió Adrian—. Dos no aparecieron en el informe público.
Yo escuchaba la conversación a través del comunicador.
Era extraño.
Adrian conocía el número exacto de mis heridas como Espectro.
Pero nunca había recordado que yo tenía una cicatriz bajo las costillas porque una vez me desplomé en casa mientras él estaba de misión.
Admiraba mi historia.
Solo nunca se molestó en conocer a la mujer que la había vivido.
Ryan abrió las puertas.
El vestíbulo quedó en silencio.
Entré acompañada por seis miembros de Black Blade.
Llevaba el uniforme negro de comandante, las insignias de operación y la máscara oscura que cubría la mitad superior de mi rostro.
Adrian se cuadró.
Todos los oficiales hicieron lo mismo.
—Comandante Espectro —dijo él—, es un honor recibirla en la Región Este.
Me detuve frente a él.
Su voz estaba llena de respeto.
El mismo respeto que nunca me había mostrado en casa.
—General Cross.
Extendió la mano.
Yo la acepté.
Sus dedos tocaron los míos y se tensaron ligeramente.
Quizá reconoció algo.
La forma de mi mano.
Una pequeña cicatriz sobre el pulgar.
Pero no dijo nada.
Serena dio un paso adelante.
—Comandante, soy la capitana Serena Cole. Usted ha sido mi inspiración desde que entré al servicio.
La observé detrás de la máscara.
—He leído sus informes.
Ella sonrió con orgullo.
—¿De verdad?
—Sí.
Su sonrisa desapareció cuando añadí:
—También los que fueron modificados después de su entrega.
Adrian frunció el ceño.
—¿Existe algún problema con la capitana Cole?
—Todavía lo estamos investigando.
Serena palideció.
—No entiendo.
—Lo hará.
Continué caminando.
Adrian se quedó observándome.
Sentía su mirada sobre mi espalda.
Durante la reunión, ocupé el asiento principal.
Adrian estaba frente a mí.
Serena permanecía a su derecha.
Presentamos el mapa de amenazas, los movimientos de Cerberus y las rutas de infiltración.
Adrian escuchaba con atención, pero varias veces lo sorprendí observando mis manos.
Finalmente levantó la voz.
—Comandante, ¿nos hemos conocido antes?
La sala quedó en silencio.
—Sí.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Dónde?
—En más lugares de los que recuerda.
Ryan bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Adrian continuó observándome.
—Su voz me resulta familiar.
—Quizá porque lleva años hablando de mí.
Algunos oficiales intercambiaron miradas.
Serena sonrió con nerviosismo.
—El general Cross admira mucho su trayectoria.
—Lo sé.
Me levanté.
—Tomaremos un descanso de veinte minutos.
Cuando los demás comenzaron a salir, Adrian se acercó.
—Necesito hablar con usted en privado.
—Tiene cinco minutos.
Entramos en una sala lateral.
Adrian cerró la puerta.
—¿Quién es usted?
—Ya conoce mi código.
—No pregunté eso.
Se acercó un paso.
—¿Por qué sabe tanto sobre mí?
—Porque mi unidad fue asignada a su protección.
—No me refiero a la misión.
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
—Esa cicatriz.
No respondí.
—Mi esposa tiene una igual.
—Muchas personas tienen cicatrices.
—Y su voz…
Levantó la mano hacia mi máscara.
Antes de que pudiera tocarla, le sujeté la muñeca.
Lo inmovilicé contra la pared en menos de un segundo.
Adrian abrió los ojos, sorprendido.
—No vuelva a tocarme sin permiso, general.
Lo solté.
Él se quedó mirándome.
—Elena decía lo mismo.
El uso de mi nombre me atravesó.
—¿Dónde está su esposa?
Su rostro se endureció.
—Eso no le concierne.
—Mi informe dice que abandonó la residencia esta mañana.
—Estamos atravesando un problema privado.
—Pidió el divorcio.
Adrian palideció.
—¿Cómo sabe eso?
—Conozco todo lo relevante sobre la persona a la que debo proteger.
—Mi divorcio no es relevante.
—Las vulnerabilidades emocionales siempre lo son.
Él apartó la mirada.
—No voy a divorciarme.
Aquella respuesta me sorprendió más de lo que debía.
—Su esposa parece haber tomado la decisión.
—Está confundida.
—¿Confundida?
—Escuchó una conversación fuera de contexto.
—¿Dijo que nunca habría elegido a alguien como ella?
Adrian volvió la mirada hacia mí.
—¿Quién le contó eso?
—Responda.
Su mandíbula se tensó.
—Sí.
—¿Dijo que todavía amaba a Serena Cole?
—No debería tener acceso a esa información.
—Responda.
—Sí.
—Entonces su esposa no está confundida.
Adrian cerró los puños.
—No conoce nuestro matrimonio.
—Conozco suficiente.
—Elena no entiende el tipo de vida que llevo.
—Quizá entiende más que usted.
—Ella nunca ha estado en combate.
Casi sonreí.
—¿Está seguro?
—Mi esposa pasó cinco años en casa.
—Eso no responde.
Adrian me observó con mayor atención.
—¿Quién es usted?
Antes de que pudiera contestar, la alarma de seguridad comenzó a sonar.
Ryan abrió la puerta.
—Comandante, tenemos una filtración.
—¿Dónde?
—En el sistema interno. Alguien envió nuestra ubicación a un servidor extranjero.
Adrian salió detrás de mí.
—¿Desde qué terminal?
Ryan mostró la tableta.
—La asignada a la capitana Serena Cole.
El rostro de Adrian se volvió frío.
—Eso es imposible.
Serena apareció al final del pasillo.
—¿Qué ocurre?
Dos agentes de Black Blade se colocaron a sus lados.
—Capitana Cole —dije—, entregue su arma.
—¿Por qué?
—Su terminal transmitió información clasificada.
Ella miró a Adrian.
—Yo no hice nada.
Adrian se interpuso.
—No pueden detenerla basándose únicamente en una señal digital.
—Apártese, general.
—Ella estaba conmigo durante la reunión.
—Su terminal no.
—Alguien pudo usarla.
—Eso será investigado.
Serena tomó el brazo de Adrian.
—Por favor, no dejes que me lleven.
Él la protegió con su cuerpo.
Exactamente como lo había hecho tantas veces en mi imaginación.
Exactamente como nunca había hecho conmigo.
—No permitiré que la traten como una traidora sin pruebas —declaró.
Lo observé durante unos segundos.
—Una amenaza extranjera conoce ahora nuestra ubicación. Si Cerberus ataca, todos en esta base estarán en peligro.
—Serena no lo hizo.
—¿Confía en ella?
—Con mi vida.
Sentí que las palabras cerraban definitivamente una puerta dentro de mí.
—Entonces espero que esté preparado para pagar el precio.
Ordené que la detuvieran.
Adrian intentó impedirlo.
Uno de mis agentes lo inmovilizó.
—¡Espectro! —gritó—. ¡Detenga esto!
Serena comenzó a llorar.
—Adrian, ayúdame.
Él forcejeó con desesperación.
—¡No la toquen!
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Cuando una persona que ama está siendo tratada injustamente, usted sí sabe luchar.
Adrian dejó de moverse.
Mi voz había cambiado.
Ya no usaba el tono grave y controlado de la comandante.
Durante un instante hablé como Elena.
Sus ojos se abrieron.
—No.
Levanté las manos hacia la máscara.
Ryan me miró.
—Comandante…
—Está bien.
Me la quité.
El silencio fue absoluto.
Adrian dejó de respirar.
Serena olvidó sus lágrimas.
Los soldados que no conocían mi identidad permanecieron inmóviles.
El rostro de Adrian perdió todo color.
—Elena.
Nadie en la sala se movió.
Guardé la máscara bajo el brazo.
—Comandante Elena Shaw —dije—. Código Espectro.
Adrian negó lentamente.
—No puede ser.
—Sin embargo, lo es.
—Tú…
Su mirada recorrió mi uniforme, las insignias, las condecoraciones.
—Tú eres Espectro.
—La mujer a la que admirabas.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Solté una risa breve.
—Lo intenté.
—No.
—La noche de nuestro compromiso te dije que había servido en una unidad especial.
—Dijiste que habías trabajado para el ejército.
—Me respondiste que no querías hablar de empleos antiguos durante la cena.
Adrian abrió la boca.
—Después de casarnos, te mostré una caja con mis medallas.
—Pensé que pertenecían a tu padre.
—Porque no miraste los nombres.
Él cerró los ojos.
Probablemente estaba recordando aquella caja guardada durante cinco años en el armario.
Las medallas que nunca se tomó el tiempo de revisar.
Los documentos que jamás leyó.
Las cicatrices que nunca preguntó cómo había conseguido.
—¿Por qué dejaste el servicio? —preguntó.
—Por ti.
Su rostro se quebró.
—No.
—Después de una misión, los médicos dijeron que necesitaba un año de recuperación. Tu abuelo estaba enfermo y tú querías casarte. Creí que podía construir una vida contigo.
—Podrías haber regresado.
—Cada vez que mencionaba el ejército, decías que estabas cansado de vivir rodeado de soldados.
—No sabía que eras tú.
—Ese siempre fue el problema.
Lo miré a los ojos.
—Nunca quisiste saber quién era.
Serena observaba la escena con el rostro desencajado.
—Tú eres mi ídolo —susurró.
Giré hacia ella.
—Y usted entró en mi casa sin preguntarme.
Bajó la mirada.
—Adrian dijo que no habría problema.
—Adrian también creyó que yo no tenía una vida propia.
Él dio un paso hacia mí.
—Elena, tenemos que hablar.
—Ahora soy su oficial superior durante esta operación.
—No me importa.
—Debería importarle.
—Eres mi esposa.
—Hasta que el tribunal finalice el divorcio.
—No voy a permitirlo.
La temperatura del pasillo pareció descender.
—¿Permitirlo?
Adrian comprendió su error.
—No quise decir…
—Durante cinco años decidiste dónde vivíamos, cuándo cenábamos, qué invitados entraban en nuestra casa y qué partes de mi vida merecían tu atención.
Me acerqué.
—No decidirás también cuándo puedo dejarte.
La alarma cambió de tono.
Ryan miró su dispositivo.
—Movimiento en el perímetro norte.
—¿Cuántos?
—Al menos treinta vehículos.
Una explosión sacudió el edificio.
Las luces parpadearon.
El sonido de disparos llegó desde el exterior.
Cerberus había llegado.
—Bloqueen todos los accesos —ordené—. Equipo Alfa conmigo. Bravo protege el centro de mando. Quiero a la capitana Cole bajo custodia.
Adrian tomó su arma.
—Combatiré con ustedes.
—Usted es el objetivo.
—Soy general de esta región.
—Y yo dirijo esta operación.
—No voy a esconderme.
—Entonces siga mis órdenes.
Otra explosión hizo temblar las ventanas.
Corrimos hacia el patio.
El humo cubría la entrada norte. Varios vehículos blindados habían atravesado la primera barrera.
Black Blade abrió fuego desde posiciones elevadas.
Me coloqué detrás de una pared de hormigón y revisé el mapa táctico.
—Están creando una distracción —dije.
Ryan asintió.
—El verdadero equipo entrará por los túneles de mantenimiento.
Adrian me miró.
—Esos túneles fueron sellados hace años.
—No todos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ayudé a diseñar el protocolo de defensa de esta base antes de retirarme.
Su expresión volvió a mostrar incredulidad.
—¿Tú diseñaste la defensa de la Región Este?
—Después hablamos de todas las cosas que nunca preguntaste.
Tomé a seis agentes y descendimos hacia los túneles.
Adrian insistió en acompañarnos.
No tenía tiempo para discutir.
Avanzamos en silencio bajo la base.
A mitad del corredor encontramos al primer grupo enemigo.
El combate fue breve.
Preciso.
Tres hombres cayeron antes de que pudieran disparar.
Adrian me observó moverme entre las sombras.
Yo ya no era la mujer que le servía café por las mañanas.
Era la persona que había sido antes de él.
Cuando el último atacante cayó, Adrian respiró con dificultad.
—Durante cinco años dormí junto a ti.
Recargué el arma.
—Y nunca despertaste.
Seguimos avanzando.
Al llegar a una bifurcación, escuchamos una voz por el comunicador.
Era Serena.
—Adrian, ayúdame.
Él se detuvo.
—¿Serena?
Ryan revisó el canal.
—Su comunicador fue retirado.
La voz volvió a sonar.
—Me llevaron al hangar tres. Dicen que van a matarme.
Adrian giró hacia la salida oeste.
Lo sujeté del brazo.
—Es una trampa.
—Podría ser ella.
—Cerberus accedió a las comunicaciones internas.
—No puedo ignorarla.
—Sí puede.
—Tú no entiendes.
Lo solté lentamente.
—Tiene razón. Nunca entendí por qué siempre estabas dispuesto a correr por ella.
Adrian me miró.
—No es eso.
—Entonces siga la misión.
La voz de Serena volvió a suplicar.
Adrian tomó una decisión.
Corrió hacia el hangar tres.
—¡General! —gritó Ryan.
No se detuvo.
Dos de mis agentes intentaron seguirlo.
—No —ordené—. Nosotros continuamos.
Ryan me miró.
—Es el objetivo de la operación.
—Lo sé.
—Si lo dejamos solo…
Cerré los ojos un instante.
Otra vez.
Incluso después de descubrir quién era yo, Adrian seguía eligiendo la voz de Serena sobre mis órdenes.
—Equipo Alfa, continúe hacia el centro de mando —dije—. Yo iré por él.
Ryan negó.
—No sola.
—Eso es una orden.
Corrí hacia el hangar.
Encontré la puerta abierta.
Dentro había oscuridad.
—Adrian.
No hubo respuesta.
Avancé entre cajas y vehículos.
Entonces escuché el seguro de un arma detrás de mí.
—Suelta la pistola, Espectro.
Reconocí la voz.
Serena.
Estaba de pie sobre una plataforma metálica, apuntándome.
Adrian estaba arrodillado frente a ella con las manos atadas.
Tenía sangre en la frente.
Me miró con una mezcla de vergüenza y horror.
—Elena, no te acerques.
Serena sonrió.
Ya no parecía vulnerable.
—La legendaria Espectro. Admito que esto supera cualquier expectativa.
—Usted filtró la ubicación.
—Sí.
—¿Desde cuándo trabaja para Cerberus?
—Mucho antes de regresar a esta región.
Adrian levantó la cabeza.
—¿Por qué?
Serena lo miró con desprecio.
—Porque los héroes militares pagan muy poco.
—Yo confiaba en ti.
—Lo sé.
—¿Alguna vez me amaste?
Ella soltó una carcajada.
—¿Tú alguna vez amaste a Elena?
La pregunta lo dejó en silencio.
Serena volvió a mirarme.
—Qué ironía. Despreciaste a tu esposa por no parecer una guerrera y adoraste a una traidora porque llevaba uniforme.
Adrian cerró los ojos.
—Déjalo ir —ordené.
—No.
Serena presionó el arma contra su cabeza.
—La recompensa es por él. Pero Cerberus pagará todavía más por usted.
—Entonces me quiere viva.

—Al principio.
Su dedo se tensó sobre el gatillo.
—Suelta el arma.
Dejé mi pistola en el suelo.
Adrian me miró desesperado.
—No.
—Silencio, general.
Serena descendió lentamente.
—Patéala hacia mí.
Obedecí.
—Ahora quítate el comunicador.
Lo hice.
—Sabía que vendrías a salvarlo —dijo—. No importa cuánto te haya humillado. Todavía lo amas.
—No confundas amor con deber.
—¿Arriesgarías tu vida por cualquier objetivo?
—Sí.
—Mientes.
Se acercó demasiado.
Eso era lo que esperaba.
Golpeé su muñeca, desvié el arma y la derribé antes de que pudiera disparar.
Adrian rodó hacia un lado.
Serena sacó un cuchillo.
Me atacó con furia, pero su técnica era inestable.
La desarmé.
Ella retrocedió y presionó un detonador.
—Si me matas, todo el hangar explota.
En las paredes se encendieron pequeñas luces rojas.
Adrian miró alrededor.
—Bombas.
Serena sonrió.
—Quedan dos minutos.
Corrió hacia una salida lateral.
Podía perseguirla.
O liberar a Adrian.
Durante una fracción de segundo, nuestras miradas se encontraron.
Él entendió la decisión que tenía frente a mí.
La misma que él había enfrentado tantas veces.
Elegir a la persona que suplicaba ayuda.
O cumplir la misión.
Corté sus ataduras.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque no soy como tú.
Tomé el comunicador y avisé al equipo.
—Evacúen el ala oeste. Explosivos en el hangar tres.
Ryan respondió:
—¿Dónde está usted?
—Saliendo.
Adrian y yo corrimos.
Las puertas de emergencia comenzaron a cerrarse.
El contador marcaba treinta segundos.
Llegamos al corredor principal cuando una estructura cayó frente a nosotros.
Adrian quedó atrapado bajo una viga.
—¡Sigue! —gritó.
Intentó moverla, pero era demasiado pesada.
—Elena, vete.
Me arrodillé.
—Cállate.
—No hay tiempo.
—He levantado cosas más pesadas.
—Moriremos los dos.
—Entonces deja de hablar y empuja.
Unimos fuerzas.
La viga se movió apenas.
Quince segundos.
Adrian me miró.
—Lo siento.
—No ahora.
—Si no salimos…
—Saldremos.
Diez segundos.
Con un último esfuerzo liberamos su pierna.
Corrimos hacia la salida.
La explosión nos alcanzó cuando cruzábamos la puerta.
El aire nos lanzó varios metros.
Caí sobre el asfalto.
Durante unos segundos no escuché nada.
Cuando abrí los ojos, Adrian estaba inclinado sobre mí.
—Elena.
Me tocó el rostro con manos temblorosas.
—Mírame.
—Estoy bien.
—Estás sangrando.
—No es grave.
Me ayudó a sentarme.
Detrás de nosotros, el hangar ardía.
Adrian comenzó a reír.
Una risa rota, llena de alivio y desesperación.
—Toda mi vida soñé con combatir junto a Espectro.
Lo miré.
—Y cuando la tuviste en casa, la dejaste cenar sola.
Su risa desapareció.
—No sé cómo reparar lo que hice.
—No puedes.
—Déjame intentarlo.
—La misión todavía no ha terminado.
Me puse de pie.
Ryan corrió hacia nosotros.
—Serena escapó por el túnel oeste.
—Cierren el perímetro.
—Hay otra cosa.
Me mostró una transmisión interceptada.
La voz del líder de Cerberus hablaba desde un canal cifrado:
—La fase uno terminó. Espectro reveló su identidad.
—¿Fase uno? —preguntó Adrian.
Ryan amplió el archivo.
—El ataque no tenía como objetivo matarlo.
Lo miré.
—Querían obligarme a salir del anonimato.
La pantalla mostró una imagen tomada minutos antes.
Mi rostro sin máscara.
Mi nombre.
Mi rango.
Ya circulaba por servidores enemigos.
Adrian palideció.
—Ahora la recompensa será por ti.
—Ya lo es.
Ryan abrió otro mensaje.
RECOMPENSA INTERNACIONAL: DIEZ MIL MILLONES DE DÓLARES.
OBJETIVO: COMANDANTE ELENA SHAW, “ESPECTRO”.
Adrian leyó la cifra.
—Todo esto ocurrió por protegerme.
—Ocurrió porque Serena los llevó hasta nosotros.
—Entró en nuestra casa por mi culpa.
No respondí.
Por primera vez, él parecía comprender que sus decisiones no solo habían destruido nuestro matrimonio.
También habían puesto en riesgo mi vida y la de toda la unidad.
Mi teléfono seguro vibró.
Era mi abogado.
“El tribunal aceptó la solicitud de divorcio. La audiencia inicial será mañana”.
Adrian leyó el mensaje sobre la pantalla.
—Después de esto todavía quieres divorciarte.
—Especialmente después de esto.
—Te salvé de la explosión.
—Yo te saqué de debajo de una viga.
—Luchamos juntos.
—Una misión no borra cinco años.
Su rostro se contrajo.
—Ahora sé quién eres.
—Demasiado tarde.
—No tiene que serlo.
—Adrian.
Guardé el teléfono.
—No me perdiste porque no supieras que era Espectro.
Lo miré con calma.
—Me perdiste porque creías que una mujer sin uniforme no merecía tu respeto.
No pudo responder.
Antes de que me alejara, Ryan recibió una llamada.
Su expresión cambió.
—Comandante, encontramos a Serena.
—¿Dónde?
—En la antigua pista aérea.
—Envíe un equipo.
Ryan no se movió.
—No está sola.
—¿Con quién?
Me entregó el teléfono.
La imagen mostraba a Serena junto a un hombre de uniforme negro. Su rostro estaba parcialmente cubierto, pero reconocí la cicatriz que atravesaba su mandíbula.
El comandante de Cerberus.
El hombre al que yo había dado por muerto en mi última misión cinco años atrás.
Kael Mercer.
Mi antiguo prometido.
En la grabación, Kael miró directamente a la cámara.
—Espectro —dijo—, ha pasado demasiado tiempo.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Quién es?
Yo no aparté la mirada de la pantalla.
—El hombre por quien abandoné Black Blade.
Ryan bajó la voz.
—Y la verdadera razón por la que aceptó casarse con usted.