Parte 2:El Video Que Destruyó A La Familia Villaseñor

El salón quedó paralizado.

Nadie respiraba.

Nadie se movía.

La única voz que existía era la de Martín saliendo de aquella pantalla gigante.

Yo tenía las manos temblando sobre mi vientre.

Porque estaba viendo a mi esposo.

Escuchando su voz.

Observando cada gesto que conocía de memoria.

Y, al mismo tiempo, viendo cómo el rostro de doña Rebeca se descomponía segundo a segundo.

Martín miró directamente a la cámara.

Como si pudiera verme.

Como si supiera exactamente dónde estaría yo cuando aquel video apareciera.

—Si estás viendo esto, Clara, significa que ya no pude protegerte personalmente.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

Pero él continuó.

—Y significa que mi madre ha empezado a hacer exactamente lo que sabía que haría.

Doña Rebeca dio un paso hacia la pantalla.

—Apaguen eso.

Nadie obedeció.

Porque todos querían escuchar.

Todos.

Socios.

Familiares.

Periodistas.

Abogados.

Incluso Valeria parecía incapaz de apartar la vista.

Martín respiró profundamente.

—Durante años pensé que podía controlar la situación.

Pensé que podía impedir que ciertas verdades salieran a la luz.

Me equivoqué.

El silencio se volvió insoportable.

Entonces sacó una carpeta.

La misma carpeta que Clara reconoció inmediatamente.

La carpeta roja.

La que Martín escondía en una caja fuerte privada.

La que desapareció tres semanas antes de su muerte.

Doña Rebeca palideció.

Completamente.

—No…

La palabra escapó de sus labios sin darse cuenta.

Martín abrió la carpeta.

Y mostró varios documentos.

—Si este video está reproduciéndose, también se han enviado automáticamente copias de estos archivos a mi abogado, a tres periodistas y a varias autoridades.

Un murmullo recorrió el salón.

Los periodistas presentes comenzaron a revisar sus teléfonos.

Y entonces ocurrió.

Uno de ellos abrió un correo.

Luego otro.

Después otro más.

Las pruebas acababan de llegar.

En tiempo real.

Delante de todos.

Doña Rebeca retrocedió.

Valeria comenzó a temblar.

Martín continuó hablando.

—Mi muerte no debe investigarse solo como un accidente.

El aire desapareció de la habitación.

Yo sentí que las piernas me fallaban.

Porque aquella era exactamente la sospecha que me había perseguido desde el primer día.

La carretera mojada.

Los frenos.

Las contradicciones.

El miedo que vi en sus ojos la última vez que hablamos.

Martín bajó la mirada unos segundos.

Y después volvió a levantarla.

—Meses antes de morir descubrí movimientos financieros ocultos dentro del grupo empresarial Villaseñor.

La pantalla mostró documentos.

Transferencias.

Empresas fantasma.

Firmas.

Contratos.

Millones desapareciendo de las cuentas corporativas.

Los invitados comenzaron a susurrar.

Algunos socios ya no miraban a Martín.

Miraban a doña Rebeca.

Porque los nombres que aparecían en los documentos conducían siempre a la misma persona.

Ella.

—Mientes —susurró Rebeca.

Pero su voz ya no tenía fuerza.

Martín continuó.

—Intenté denunciarlo internamente.

Intenté resolverlo sin destruir a mi familia.

Pero cuando me negué a firmar ciertos documentos, comenzaron las amenazas.

La respiración de todos se detuvo.

—Y esas amenazas vinieron de personas que llevaban mi mismo apellido.

Valeria dejó caer el pañuelo.

Uno de los socios abandonó su asiento.

Otro tomó el teléfono.

El salón empezaba a derrumbarse.

Pero aún faltaba lo peor.

Porque Martín sacó una pequeña memoria USB.

La levantó frente a la cámara.

Y dijo:

—Aquí está la grabación de la última reunión que tuve antes de morir.

Doña Rebeca soltó un grito.

Un grito real.

Desesperado.

El primero de toda la tarde.

Porque sabía exactamente qué contenía aquella grabación.

Y porque entendió que ya era imposible detenerla.

La pantalla cambió.

Apareció una sala de juntas.

Varias personas sentadas.

Una discusión.

Voces elevadas.

Y entonces se escuchó claramente una frase que hizo que todo el salón quedara petrificado.

—Si Martín sigue negándose a firmar, tendremos que buscar otra solución.

La voz pertenecía a alguien que estaba presente en el funeral.

Alguien que todos conocían.

Alguien que, en ese preciso instante, acababa de intentar salir discretamente por la puerta trasera.

Y cuyo nombre apareció en la pantalla segundos después.

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