Daniel apenas podía mantenerse sentado cuando llamaron de nuevo a la puerta.
Tenía el pecho agitado, el brazo vendado y la bata manchada por la sangre que había brotado al arrancarse la vía intravenosa.
Una enfermera intentó calmarlo.
—Señor Reed, debe permanecer acostado.
Él no escuchó.
Solo repetía mi nombre.
—Sofía… Sofía no puede hacerme esto…
La puerta se abrió lentamente.
No era yo.
Tampoco era Clara.
Era el director jurídico de la empresa donde Daniel llevaba doce años trabajando.
Entró acompañado por una mujer del departamento de cumplimiento corporativo.
Ninguno sonreía.
—Buenos días, señor Reed.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué hacen aquí?
El hombre dejó un portafolio sobre la mesa.
—Venimos a informarle que la junta directiva ha iniciado una investigación interna.
Daniel soltó una risa nerviosa.
—¿Investigación? ¿Por qué?
La mujer abrió una carpeta.
—Durante los últimos dieciocho meses se detectaron pagos realizados con fondos corporativos destinados al alquiler de un apartamento, gastos médicos, viajes y otros beneficios personales sin autorización.
Daniel sintió que el estómago se le encogía.
—Eso… eso tiene una explicación.
—Esperamos escucharla.
Pasó saliva.
Sabía exactamente de qué estaban hablando.
El apartamento de Clara.
Las transferencias.
Las reservas de hoteles.
Las tarjetas corporativas.
Todo aquello que creyó imposible de rastrear.
—No robé dinero.
—Eso determinará la auditoría.
El silencio resultó insoportable.
En ese momento apareció Clara.
Caminaba despacio, aún recuperándose del trasplante.
Al ver a los visitantes sonrió con inseguridad.
—¿Interrumpo algo?
Los representantes de la empresa la observaron unos segundos.
Luego la mujer preguntó con serenidad:
—¿Usted es Clara White?
Ella asintió.
—Necesitaremos hablar con usted también.
La expresión de Clara cambió de inmediato.
—¿Por qué?
—Porque varios de los pagos fueron realizados directamente a una cuenta bancaria registrada a su nombre.
Daniel intentó incorporarse.
—¡Déjenla fuera de esto!
El esfuerzo le provocó un dolor intenso en el costado.
La enfermera volvió a obligarlo a recostarse.
El director jurídico cerró lentamente la carpeta.
—Señor Reed, hay algo más.
Daniel levantó la vista.
—Mientras usted estaba hospitalizado, se suspendieron todos sus accesos a los sistemas de la empresa.
Sintió un vacío en el pecho.
—¿Qué significa eso?
—Que, hasta que concluya la investigación, queda apartado de sus funciones.
Por primera vez comprendió que el problema ya no era únicamente el divorcio.
Su carrera también comenzaba a derrumbarse.
Clara dio un paso atrás.
—Daniel… tú me dijiste que todo estaba bajo control.
Él la miró desesperado.
—Lo estaba.
Ella bajó la cabeza.
Era la primera vez que dudaba de sus palabras.
Horas más tarde, mientras Daniel permanecía solo en la habitación, tomó el teléfono y marcó mi número.
Contesté después del tercer tono.
No dije una sola palabra.
—Sofía… por favor… podemos hablar.
Guardé silencio.
—Cometí errores. Lo sé. Pero no puedes destruir toda nuestra vida por esto.
Respiré profundamente antes de responder.
—Nuestra vida terminó mucho antes de esa cirugía, Daniel.
Él cerró los ojos.
—Todavía podemos arreglarlo.
—No.
Mi voz sonó tranquila.
Demasiado tranquila.
—Lo único que hice fue dejar de protegerte.
Del otro lado de la línea no se escuchó nada durante varios segundos.
Entonces añadí:
—Y hay algo que aún no sabes.
Daniel abrió los ojos de golpe.
—¿Qué cosa?
Miré el reloj.
Faltaban pocos minutos para el inicio de la reunión extraordinaria del consejo de administración.
Sonreí por primera vez en mucho tiempo.
—Dentro de una hora descubrirás quién presentó todas las pruebas contra ti.
Colgué.
Daniel permaneció inmóvil con el teléfono en la mano.
Porque acababa de comprender que el verdadero enemigo nunca había sido el divorcio.

Era la mujer a la que había subestimado durante siete años.
Y todavía desconocía hasta dónde había llegado ella para asegurarse de que nunca pudiera volver a levantar su imperio.