PARTE 2 — LA LLAMADA QUE NUNCA LLEGÓ

Alejandro siguió abrazando al niño.

No apartó la mirada de Verónica.

La lluvia empapaba a los tres, pero nadie parecía notarlo.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó con una calma que resultaba más inquietante que un grito.

Verónica cerró la puerta del automóvil.

Respiró hondo.

—Dije que ese niño llamó varias veces.

Mateo levantó lentamente la cabeza.

—Sí llamé.

Muchas veces.

Miró directamente a Alejandro.

—Siempre me decían que mi papá no quería hablar conmigo.

El corazón de Alejandro dio un vuelco.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Verónica dio un paso hacia ellos.

—Porque esas llamadas nunca llegaron hasta ti.

El silencio del cementerio se volvió insoportable.

Alejandro se puso de pie lentamente.

—Explícate.

Ella evitó mirar a Mateo.

—Durante los primeros días después del accidente, el hospital recibió decenas de llamadas de familias desesperadas. Hubo errores. Confusiones.

Mateo negó con fuerza.

—No fue un error.

Todos la miraron.

—Llamé desde tres teléfonos distintos.

A la casa.

A la oficina.

Al celular de papá.

Nadie quiso pasarme con él.

Alejandro sintió que algo empezaba a romperse dentro de él.

Sacó su teléfono.

Buscó los registros de aquellos días.

No había una sola llamada desconocida.

Nada.

Verónica habló antes de que pudiera decir algo.

—Porque las llamadas se filtraban antes de llegar.

Él levantó lentamente la vista.

—¿Quién dio esa orden?

Verónica tardó varios segundos en responder.

Cuando lo hizo, apenas se le escuchó.

—Yo.

Mateo dio un paso atrás.

Alejandro permaneció inmóvil.

—¿Tú… qué?

—Pedí que cualquier persona que afirmara ser Mateo fuera derivada primero al departamento jurídico de la empresa.

—¿Estás loca?

Ella negó.

—Escúchame primero.

—¡No!

La voz de Alejandro resonó entre las lápidas.

—Mi hijo pasó meses viviendo en la calle.

¡Meses!

Verónica bajó la cabeza.

—Porque pensé que era una estafa.

Aquellas palabras dejaron a todos en silencio.

—El accidente fue un caos.

Los cuerpos estaban irreconocibles.

Había periodistas.

Personas intentando sacar dinero.

Supuestos sobrevivientes.

Recibíamos amenazas todos los días.

Cuando apareció el primer niño diciendo que era Mateo…

Pensé que era otro intento de extorsión.

Alejandro respiraba cada vez más rápido.

—¿Y nunca me preguntaste?

—No.

—¿Nunca investigaste?

Ella cerró los ojos.

—Sí investigué.

La respuesta hizo que todo volviera a detenerse.

—¿Qué encontraste?

Verónica sacó lentamente una carpeta del automóvil.

Estaba completamente protegida dentro de una funda plástica.

—Encontré un expediente.

Lo abrió.

Había fotografías.

Informes médicos.

Resultados de ADN preliminares.

Registros del hospital.

Todo fechado cuatro meses atrás.

Alejandro comenzó a pasar las hojas.

Su pulso se aceleró.

—¿Tenías esto?

Ella asintió.

—Desde hace cuatro meses.

Él levantó la mirada con los ojos completamente llenos de incredulidad.

—¿Y no me dijiste nada?

Verónica respondió con la voz quebrada.

—Porque el último informe nunca llegó.

Frunció el ceño.

—¿Qué informe?

Ella señaló la última página.

El documento terminaba abruptamente.

Faltaba el resultado definitivo de identificación genética.

—Cuando pedimos el ADN…

El laboratorio informó que alguien retiró la muestra original antes de terminar el análisis.

Mateo y Alejandro intercambiaron una mirada.

Ninguno entendía.

Verónica continuó.

—Pensé que alguien estaba manipulando todo el caso.

Por eso seguí investigando en secreto.

—¿Quién?

Ella respiró profundamente.

—Todavía no lo sé.

Pero esta mañana encontré algo.

Sacó un sobre pequeño.

Lo entregó a Alejandro.

Dentro había una copia de un registro de acceso al hospital.

Solo aparecía un nombre.

La persona que había retirado personalmente la muestra de ADN de Mateo.

Cuando Alejandro leyó la firma, sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

No era un desconocido.

No era un funcionario.

No era un delincuente.

Era Mariana.

La madre de Mateo.

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